TRANSAHARA. RAID & AFRICA

Iº RAID TURISTICO "MARRUECOS, MAURITANIA Y SENEGAL '2000".   ( octubre de 2000 )

En octubre del 2000 reunimos una caravana para ir hasta Senegal. Queríamos llegar hasta el territorio Bassari, en la frontera con Guinea Conakry. En aquella ocasión viajamos con dos grandes "limusinas" de lujo, dos Mercedes;  "¡Tiene que ser estupendo cruzar el Sahara en estas...", pensamos.  ¡Así que surgió la ocasión y nos fuimos con ellas!. Eran dos impresionantes Mercedes 280 clase S, los más grandes de esa marca, “como los que usa el Rey” decía Alfonso Arias, compañero de LA TRIBU. En " COMERCIAL MERCEDES BENZ ", en la calle Alcalá de Madrid, los coches habían costado unas trescientas mil pesetas cada uno porque tenían cerca de veinte años, pero estaban como nuevos; ¡que bien envejecen estos Mercedes...!. Teníamos pensado venderlos al llegar a Dakar, al otro lado del desierto, y recuperar la inversión pero tuvimos mala suerte y a uno de los dos coches se le estropeo la bomba de inyección de gasolina. ¡Al final tuvimos que atravesar el desierto del Sahara mauritano circulando siempre con el motor a ralentí, sin poder tocar el acelerador!. En cuanto "lo subía de vueltas", la gasolina no llegaba y el motor se paraba. "Liquidamos" los dos putos cacharros en Nouakchott…

Salimos de Algeciras a principios de noviembre y cruzamos la frontera con Mauritania en convoy militar, como se hacia en aquellos años. En Nouadhibou cumplimentamos los tramites administrativos de entrada en Mauritania y pagamos las tasas obligatorias para atravesar el Parque Nacional Arguin. Nosotros no queríamos entretenernos allí pero, ya que habíamos pagado, pensamos que seria bueno hacer una visita. Nos desviamos un poco y nos fuimos hasta el poblado de Louik, o Iwik, un poblado de pescadores Iraguem perdido en la costa. La mañana estuvo muy bien, paseando por el mar en una de las barcas a vela de los pescadores locales. Pero luego, para salir, era medio día y el sol caía como una losa. La arena recalentada estaba como polvos de talco. Al pasar delante de la caseta de los Guardias Forestales les saludamos a voces, y nos hicieron señas para que nos detuviéramos; querían advertirnos que tuviéramos cuidado con "los arenales" que había a cuarenta kilómetros más al sur. Nos dijeron, literalmente, que "incluso los todo-terreno se enganchaban en aquellas dunas". Les hicimos unas fotos a ellos y al enorme esqueleto de ballena que tienen puesto como adorno en la puerta, les agradecimos la atención y continuamos.

Cuando llegamos a "los arenales" nos quedamos sorprendidos por la enormidad de una duna gigante cruzada transversalmente. ¿Sería posible que nuestros Mercedes de dos ruedas motrices cruzaran aquellas montañas amarillas? Incluso al Mercedes roto parecían darle miedo y, nada más poner dos ruedas en la primera arena, se paró de golpe. Ni tirones, ni aviso, ni petardeo de motor como tenia costumbre;. ¡parón inmediato!: Él también parecía haberse impresionado. Deshinchamos de nuevo las ruedas, una enésima vez mas, y empujamos hacia atrás para sacarlo de las primeras arenas. La idea era tomar carrerilla y lanzarse contra la pendiente al máximo de velocidad posible. Quedamos en que primero iría Alfonso con el Mercedes bueno así que él subió la primera pendiente bufando el motor, saltando arena por todos lados y destrozando los yerbajos, desapareció por arriba dejando un surco y nos pareció que la cosa se podía hacer también con el otro. Reculó más todavía, arrancó suavemente y enfiló la arena de lejos, en tercera velocidad porque si aceleraba en segunda cogería aire y se pararía; ya os he comentado que estaba roto. Más por la inercia que por sus propios medios, subió la pendiente pero se detuvo arriba.

Desde allí se veía una pequeña llanura de arena violeta plagada de yerbajos, con trazadas de ruedas que serpenteaban por todos lados. Al fondo había una segunda duna más alta todavía, si cabe. Sorprendidos por el espectáculo, y como el coche se hundía, los compañeros de la tribu que estaban por allí se acercaron para empujar. Yo diría que estaban fastidiados, hartos de tanto empujar. La perspectiva de llegar a Nouakchott les hacia impacientarse. Visto el panorama, nos decidimos "por el plan B": le echamos un chorro de gasolina al filtro del aire. Cerramos el capot, el coche arrancó y aquello salió disparado hacia delante como un avión. Subió la segunda duna como en una alfombra mágica mientras los compañeros seguían al “ovni” sorprendidos y dando chillidos de alegría.

Arrancamos, le seguimos y, llegados arriba de la segunda duna, nos quedamos en silencio de golpe; ¡delante había una serie sucesiva de dunas infranqueables!. Karim, el guía local que habíamos contratado en Nouadhibou, nos tranquilizó diciendo que ya habíamos subido lo más difícil y que ahora íbamos a bajar esa duna, giraríamos a la derecha y pasaríamos por el pasillo que quedaba entre esta y la siguiente; un kilómetro más allá terminaban esos arenales. De nuevo Alfonso se lanzó primero hacia delante con el Mercedes bueno “para dar ejemplo” al malo. Ahora veíamos sus maniobras y nos pareció realmente espectacular; el tío aprovechó la velocidad de la bajada para subirse un poco a la siguiente, y utilizó la pendiente de aquella para ir bajando poco a poco hacia acá mientras avanzaba por el corredor de arena. Se paró a la salida, cuando ya solo se le adivinaba como un punto verde al final de las dos dunas amarillas, pero se les veía a él y a su mujer, Marisa, bajar del Mercedes dando saltos de contento.

Decidimos que era buen ejemplo y que había que hacer lo mismo. Volvimos a echar otro chorrito mágico, de gasolina, claro, al filtro y el coche salió lanzado hacia abajo. Cogió velocidad, bajó como un kamikaze y pudo subir unos cincuenta metros a la otra duna de enfrente. Cuando me iba a enganchar giró a la derecha y se dejó rodar de lado cediendo altura poco a poco pero avanzando. Recorrido así un kilómetro y cuando faltaba poco para salir de allí, la suerte se nos acabó: ¡el motor debió consumir la gasolina del filtro y no quedaba más pendiente porque estaba miserablemente abajo, en el fondo, entre las dos dunas gigantes!. Así que se hundió en la arena a unos cincuenta metros del final del pasillo de arena. Aquello tenía mala pinta, con el coche hundido hasta la puerta…

Entonces pasó eso que yo llamaría "un golpe de suerte"; Jesús empezó a chillar tirando fotos como un loco hacia la izquierda: Se veía un rebaño de camellos y dos auténticos Tuaregs vestidos de azul, con sus turbantes, sus espadas y lanzas. Era muy raro, pero a veces venían desde Malí hasta Nouakchott a vender sus camellos. Estos eran jóvenes y viajaban sin equipaje a penas. Eran bien parecidos y la idílica estampa tenía todos los alicientes porque el sol se estaba poniendo por detrás, dándole a las dunas, a los camellos y a los Tuaregs unos colores amarillos y naranjas fascinantes. Durante muchos años recordaré aquella estampa. Desgraciadamente el espectáculo fue breve. Los chicos salieron corriendo con sus camellos hacia el norte.

De vuelta a la cruda realidad, miramos el Mercedes; ¡estaba realmente "bien plantado"! Ni siquiera se podía meter una mano debajo para escarbar. Y todavía quedaban cincuenta metros de arena muy blanda sobre la que era difícil andar a pié, incluso. Por segunda vez en este viaje, lo de ayer había sido "una mala idea", vi a Alfonso buscar un mechero en sus bolsillos para prenderle fuego al coche; ¡gracias a Dios que se lo había olvidado en la caja de comida…!. Antes de que tuviera tiempo de pedir otro, a toda velocidad abrí la maleta, saque el "gato" y un taco de madera, lo metí en su sitio y empecé a girar la manivela, levantando el coche. Karim ya había acercado las planchas metálicas desde el otro Mercedes.

Con rapidez conseguimos levantar el coche en volandas. Todo el mundo se puso a arrancar hierbajos e hicimos un camino de unos diez metros por delante. Bajamos el coche despacito sobre las planchas y los arrancamos con mucho cuidado al mismo tiempo que empujábamos. De todas formas, no se podía hacerlo de otra manera. Fuimos haciendo avanzar el coche lentamente. Cuando una plancha quedaba libre detrás, alguien la cogía y la ponía delante, corriendo. Me imagino a aquellos chinos del ferrocarril del "far west" haciendo lo mismo. ¡Desde luego, nosotros trabajamos como "chinos" esa tarde!. Nos llevó una "animada" hora recorrer aquellos cincuenta metros hasta salir del "corredor de la muerte", como quedó bautizado. Ya era casi de noche, y fue una pena perder la ocasión de disfrutar del bonito atardecer en el desierto. Pero para nosotros, atravesar aquellas dunas había sido, en cierta manera, magnifico. Solo vosotros, los que sois de esta tribu de locos transaharianos, podéis entendernos al Goyo, a Alfonso, a mi... y comprender porqué guardamos un buen recuerdo de aquello.

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cordon de dunas al sur de Luik, Mauritania

 

TRANSAHARA: RAID MOTO & AFRICA

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