TRANSAHARA. RAID & AFRICA

El día siguiente tambien tocó levantarse al amanecer, otra vez. Queríamos llegar cuanto antes a Nouakchott y no nos apetecía ya a nadie otra noche mas en el desierto. A las siete de la mañana salimos... ¡o por lo menos eso era lo que queriamos hacer!; ¡a pesar de descargarlo completamente, el Mercedes roto no tenia fuerzas ni para moverse un par de metros!. Deshinchamos un poco mas las ruedas y de mala manera, no sé como, conseguimos que cogiera un poco de velocidad. Me dije a mi mismo que mas le valía porque, si no andaba ahora, yo estaba seguro que Joaquin o incluso Alfonso le iban a pegar fuego allí mismo. ¡Pero se volvió a quedar enganchado en el primer "charco" de arena que pillamos!. Paco, Joaquín, Marta y los demás se desesperaban, se les acababa la paciencia. Viendo el panorama, les propuse un ultimo esfuerzo y que, si el coche se volvía a enganchar una vez mas, lo dejaríamos abandonado allí, definitivamente. Karim, el guia, no podía creer lo que oía; ¿seria posible que aquellos turistas dejaran esa joya allí abandonada, a ciento ochenta kilómetros de pista fácil de Nouakchott ?. Fácil para el, claro. Vi como miraba el coche con mas atención todavía...

Los compañeros se pusieron a empujar detrás. El Mercedes salió del arenal mas con la fuerza del motor de arranque que con el motor propiamente dicho, pero no había recorrido mas de cincuenta metros cuando volvió a quedarse enganchado al llegar al siguiente "charco" de arena. Vi a Joaquin sacando el mechero del bolsillo con decisión. Mas que acercarse enfadado, se acercó haciendo ejercicios de dedo, como si quisiera quemar al espíritu de la mala suerte. Parecía que, definitivamente, nuestro glorioso Mercedes alemán se quedaba muerto en aquel desierto mauritano. Se me acercó decidido pero cerré las puertas con llave. Me pidió las llaves y le respondí que tratáramos de arreglar la situación de otra manera. Me volvió a pedir las llaves y se las di. Abrió y, cuando estaba acercando el mechero al asiento, Karim chilló despavorido. Tales fueron aquellos chillidos terribles que incluso Joaquin se le quedó mirando sorprendido. Karim se le acerco y casi se puso de rodillas pidiéndole que le dejara enganchar aquel "platillo volante" de lujo a su Toyota con la eslinga. Él lo remolcaría, no debíamos quemar aquel supercoche. ¡Por lo menos él estaba de acuerdo conmigo!.

Incluso remolcándolo hubo que deshinchar las ruedas porque pesaba mucho. ¿Consecuencia?; ¡en pocos kilómetros se fueron pinchando una tras otra, sin remisión!. Tuvimos un ultimo pinchazo a medio día. No habíamos alcanzado Nouamghar todavía y ya no habia mas ruedas de repuesto. Unas imaginarias campanas tocaron a réquiem en mi cabeza. Los compañeros se pusieron todos de acuerdo definitivamente para pegarle fuego allí mismo y "pasar pagina". Querían salir pitando inmediatamente rumbo a la piscina del hotel en Nouakchott. ¡Estaban hasta el moño!; esa noche querían cenar y dormir bien lavados y peinados. Yo era el único que no quería ese sacrilegio. Antes de ceder definitivamente hice un ultimo esfuerzo para convencerles de que ellos continuaran ruta con los demas coches y me dejaran allí con "mi caprichin" alemán, a ver lo que podía salvar. Le dije a Alfonso, que en definitiva era quien lo habia pagado, que dejara las ruedas pinchadas en el taller que habia en Nouamghar, unos diez kilómetros mas allá, y que encargara al mecánico que me las mandase una vez reparadas con un transporte publico.

Me quedé solo. Hay que imaginar la estampa; ¡un Mercedes de lujo sin ruedas levantado sobre cuatro piedras levitando entre las dunas y la nada, y un turista dentro con el aire acondicionado y la radio puestos mientras comía un bocadillo de lomo!. Si hubiera pasado algún mauritano por allí en ese momento se hubiera frotado los ojos pensando que veía un espejismo… Me dejaron así a medio día y vi al sol pasearse por encima mío calentándome de oreja a oreja. Pasaron varios vehículos en un sentido y en otro pero nadie se detuvo. Mejor. Al atardecer vi que se acercaba un viejo camión por el sur. Eran mis ruedas. Paró a mi altura y desde lo mas alto de la caja de madera verde me calló una rueda sobre un pié. Me aparté y hubo lluvia de ruedas; calló una segunda, y luego una tercera, una cuarta, una quinta y un chico joven. ¡Había caído de las alturas, desde mas de tres metros!. Antes de que pudiera recogerle ya se había puesto en pié de un bote sonriendo de oreja a oreja. Era un Negro senegalés mal vestido, fornido y chaparro, culibajo y paticorto. El camión arrancó y nos dejó allí mirándonos. No se si se reía de mi porque tenia ese rictus en la cara o porque se alegraba de verme. Sonreía tan ampliamente que parecía reír. Tras un saludo pasamos a coger las ruedas para instalarlas en el coche. Él acercó una y yo fui a coger la segunda. ¡Sorpresa!; ¡estaba pinchada!. La dejé y cogí otra pensando que la primera se habría deshinchado. ¡La otra también estaba deshinchada!. Toqué una tercera y también estaba deshinchada!. No me lo podía creer. Toque la cuarta, desesperado y también estaba sin aire. ¡¡Todas seguían pinchadas!!. ¡Solo una estaba arreglada!.

No sabia que decir. ¿Qué iba a decir ?. Le pregunte al sonriente senegalés porqué me devolvía las mismas ruedas pinchadas y me respondió que "le vieux Blanc", sin duda Alfonso, "ya se las había dado pinchadas esta mañana". Fue como diciendo "yo no he sido". ¿Qué iba a hacer yo en medio del desierto con ese Negro caído de las alturas junto a mis ruedas pinchadas?. Si le hubiera dado la patada en la cabeza que tenia ganas de darle me hubiera roto un pie. ¡Coño, yo mismo me sentía ridículo!. No me lo creía. Le volví a preguntar, cosa de enterarme bien.

Me aseguró que Alfonso se las había dado todas ya pinchadas y que solo había dicho que reparase la primera, definitivamente. Había puesto su pie encima, para señalar cual. Y allí, delante mío, se explicaba el chaval tan sonriente con el pie encima de la única rueda reparada, para que yo le entendiera bien como había sido la cosa... Tardé un rato en reaccionar. Cuando lo hice ya era de noche. Me decidí a montar la única rueda buena y tres ruedas pinchadas, arrancar y lanzarme hacia adelante hasta Nouamghar, a 12 kilómetros. ¿Qué iba a hacer?. Ya me veía como los personajes de Forges, andando por el desierto a rastras... Gracias a Dios, el coche arrancó. Despacio pero arrancó. Me puse a rodar poco a poco. Los neumáticos pinchados quedaron hechos pedazos varios kilómetros mas allá. Como ya estábamos circulando por la costa sobre la arena húmeda de la playa, los jirones de las ruedas rotas lanzaron barro en todas direcciones y el coche quedo rebozado como una croqueta. Cuando llegamos a Nuamghar parecíamos un monstruo de Julio Verne entrando en el poblado. Eramos una bola de barro de la que salían dos luces y tierra disparada en todas direcciones. El Senegalés venia sentado a mi lado. Sonreía. En la oscuridad lo único que se veía eran sus dientes. ¡Juro que sonrió, o rió, desde que cayó a mi lado de las alturas esa tarde hasta que le dejé en la puerta de su taller esa noche!.

Lo que hiperbólicamente pudiera considerarse el casco urbano de Nuamghar no se diferenciaba mucho del desierto. Se trataba de otro pueblo medieval de pescadores construido en madera, adobe y piedras acurrucado entre la arena de la playa. En el centro habia una pequeña plaza con unos cobertizos vacíos que, tal vez, podrían servir como lonja de pescado o como secadero. No puedo decir que hubiera una bonita plaza arbolada adornada con un pozo de agua; ¡allí no habia nada de eso!. Allí no habia sitio para descansar aunque estaba evidentemente habitado. Se veía gente en los callejones alumbrándose con la luna, se oían ruidos de morteros pilando, se olía el humo de los hogares y el hedor del pescado sacándose al aire libre. Dejé a los "ingenieros" arreglando lo que quedaba de las ruedas y me acerque a la caseta de los Guardias Forestales del Parque. Me habían visto y me estaban esperando tumbados en el suelo del pórtico tomándose un té. Pidieron que me sentara con ellos. Siempre me he entendido bien con los funcionarios uniformados africanos fueran Aduaneros, Gendarmes o Guardias Forestales. Era cuestión de pensar que no estaban allí solo para "sacarme el dinero". Les gustaba charlar un rato, cumplir con su trabajo y sacarme el dinero; por ese orden.

Charlamos tranquilamente. Uno de ellos empezó preguntándome cual era su coche;
       - "¿Tu coche?", le respondí con otra pregunta.
       - "El que me ha regalado le vieux blanc", dijo muy serio. Ese "vieux blanc" debía seguir siendo Alfonso, siempre tan generoso...
       - "Le vieux blanc no ha podido regalarte mi coche. Es mío. Te lo tendría que regalar yo", dije poniéndome en guardia. Habia que tener cuidado. Uno nunca sabia lo que podía pasar por aquellas latitudes; yo ya habia visto antes en el desierto cosas raras de esas, coches abandonados que cambiaban de propietario...
       - "Déjame ver la documentación", me dijo sin perder la esperanza, ¡y pensé que ya se habia hecho a la idea...!.
Yo la llevaba en la mano porque sabía que allí siempre la pedían. Gracias a Dios, en España Alfonso habia preferido poner este coche a mi nombre en un rapido reparto que nos habiamos hecho al ir a la Direccion General de Trafico, en Madrid, para cambiar la documentacion del nombre de los antiguos propietarios a los nuestros. ¡Igual podia haberme tocado el otro, y entonces el Aduanero mauritano tendria ahora un Mercedes 280 S "gran lujo" regalado por Alfonso. Pero no; casualmente, este era el que estaba a mi nombre. Después de unas risas con el "regalo" de Alfonso y de invitarles a cenar algo de carne con un billete de 1000 ouguiyas, unos 3 euros, me despedí.
       - "Toi aussi, tu est un grand patrón, mon ami"; se despidieron sonrientes.
       - "¡No tanto como "le Vieux", que va regalando Mercedes por ahí!", les respondí en español.

Me llevó todo el día siguiente alcanzar Nouakchott porque el coche no andaba, o andaba de milagro. Tuve que recorrer los ciento ochenta kilómetros de playa que habia entre Nouamghar y la capital rodando en primera velocidad; en aquellos años todavia no estaba construida la carretera que hay ahora entre Nouadhibou y Nouakchott, y habia que ir por la playa obligatoriamente... De vez en cuando las olas del mar no aterrizaban tranquilamente sobre la arena sino que rompían en unas inoportunas rocas que se empeñaban en aparecer por sorpresa cerrandome el camino. Entonces debía calcular el vaivén del mar para poder pasar. Pero como mi coche no tenia ningún repris el mar siempre ganaba, las olas rompían contra él y "me lo limpiaba"; ¡no andaba, pero parecia que todo el mundo se lo quisiera quedar...!. La etapa fue una lucha agotadora para alcanzar Noaukchott antes de que el Atlántico "guardase" mi Mercedes para él.

Al anochecer pude llegar a la capital y me dirigí directamente al taller de Hicham, un amigo argelino. Se lo dejé allí para que lo arreglara, lo vendiera y me enviara el dinero, o lo guardaran hasta la siguiente caravana. Si digo que me dió pena, miento, finalmente: ¡El puto cacharro me terminó por cansar!. No volvería a repetir la experiencia por nada del mundo; "¡donde halla un buen Peugeot de los viejos, de los 504 o 505, o un clasico Mercedes de los tipo taxi, que se quiten estos lujos!", le dije a Alfonso mientras liquidabamos unas langostas a la brasa con patatas fritas en la terraza de nuestro hotel 4* frente al mar...

FIN

 

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