TRANSAHARA. RAID & AFRICA

A VECES SE PASABA MAL. MALÍ.   ( febrero' 91 )

En febrero del 91 y después de las vacaciones de Navidad ya estábamos de nuevo en ruta con una caravana de media docena de todo-terrenos españoles y portugueses rumbo sur a través del desierto del Sahara argelino. Habíamos llegado a Tessalit, en la frontera de la Rep. de Malí, después de una magnifica travesía del Tanesrouf. Todos bien equipados, como reyes. ¡Íbamos como faraones...!.

Habitualmente pasaba eso: Tras cruzar el desierto y llegar a África Negra uno se sentía embriagado de libertad con esos horizontes infinitos y despejados del Sahel. Se abría delante nuestro todo un inmenso mundo de paisajes imponentes, gentes exóticas y aventuras. ¡África estaba a nuestro alcance ahora!: Desde allí se podía elegir entre “tirar para” Mauritania, Senegal, Malí, la República de Níger, Burkina Faso, Costa de Marfil, Ghana, Benin, Togo...

La cosa era tan impresionante que hacia aflorar sentimientos variados en el alma del viajero. Había compañeros que se volvían como locos. Yo siempre he pensado que va en la naturaleza humana; el respeto que nos había causado el Sahara al desafiarlo se convertía en desenfreno al vencerlo. Se era temeroso del Sahara como de un Dios porque era omnipotente, todopoderoso, y cuando uno se veía liberado de esa carga expandía su espíritu por todo África Negra.

¡En aquella ocasión “nos pasamos”!: ¡Saliendo de Tessalit rumbo sur enfilamos directamente hacia el sur-oeste “campo a través”. La culpa la tuve yo, esa es la verdad; ¡les dije a los compañeros que “nos íbamos a abrir una nueva ruta directamente hasta Tombouctú”!. Ahí es nada. “Pensé” que, conociendo el rectángulo de pistas que iban desde Tessalit hasta Gao y Tombouctu o hasta El Guetara y Tombouctu... ¡podría trazar una diagonal e ir directamente desde Tessalit a Tombouctu!. En teoría me pareció posible.

Los compañeros de los otros cinco coches no dijeron nada. Ni que si ni que no. ¿Que iban a decir?. Se fiaban de mi. Yo era el único que conocía todo aquello. Ellos iban por primera vez.

Lo que empezó pasando fue que llegamos a una zona con mucho “fech-fech” a media mañana; fue una sabana arenosa traicionera con hierbajos que nos hacían saltar en los coches golpeándonos contra los techos. A mi se me arrancó un amortiguador de cuajo. Luego llegamos a una zona de arena por donde hubo que ir avanzando cansinamente, despacio, en segunda velocidad y los motores a máximas revoluciones. Por allí se nos hizo de noche la primera vez.

El segundo día no mejoramos. Las vimos de todos los colores; “fech-fech”, arena blanda, llanuras secas con el suelo cuarteado e,incluso, una pequeña falla del terreno que no nos dejaba pasar. A medida que fueron pasando las horas y los kilómetros, y veíamos como avanzábamos difícilmente, los ánimos se fueron perdiendo, las preguntas surgieron y los primeros nervios afloraron. Terminó por caer la noche sobre el Sahel otra vez.

La noche no nos permitió descansar tranquilos. Y el amanecer del tercer día nos despertó por sorpresa. Después de dos días viajando en absoluta soledad por el desierto, sin ver un alma, durante el desayuno yo estaba absorto en mis pensamiento. Casi rezaba para que encontrásemos la gran pista que sabia bajaba desde Araouane a Tombouctú. Sabia que no debía estar muy lejos, según mis cálculos. La buscaba hacia las dunas de “foum el Alba”, “las Gargantas de la Arena”... Arrancamos y enfilé mas hacia el oeste.

Al declinar la tarde de aquel tercer día fue cuando terminé por escuchar la inevitable pregunta fatal recortandonos el alma a todos los de la caravana:

-”¿No nos habremos pasado esa pista que buscamos?”, dijo alguien. Fue como una cerilla en un barril de pólvora.

Tuve que agachar las orejas y reconocer que seguíamos hacia el oeste buscando una pista perdida. Una pista con rodadas que en algunos sitios se desperdigaban y se hacían difíciles de seguir a veces. Y que cogiéndolas transversalmente eran mas difíciles de ver, todavía. Tuve que admitir que no sabia donde estaba, exactamente. También que “cortar” hacia el sur podría ser peor, ya que el río Níger estaba a unos 500 kilómetros y no sabia como era el terreno que nos encontraríamos por no haberlo hecho nunca antes. ¡Tuve que admitir que volver era lo mas seguro!. ¡Que desastre!. Calcular otros tres días de regreso a Tessalit. ¡Que papelón el mio!.

Dormí... sin pegar ojo. No sé porqué aquella noche se empeñó en ser tan larga, precisamente. Al amanecer estábamos todos recogiendo el campamento para empezar el camino de regreso volviendo sobre nuestras propias huellas cuando decidí ir a dar una vuelta antes de cargar. Dije que era “para ir al servicio” pero mas que nada supongo que fue para no tener que soportar aquellas miradas de reproche de los compañeros. Cualquier cosa era mejor que quedarse allí a servir de diana.

Me fui con el coche unos kilómetros hacia el oeste para subirme a una pequeña colina que se veía en el horizonte. Y desde lo alto eché una mirada hacia el desierto, hacia el oeste, para despedirme de él. Pensé que probablemente esa iba a ser la primera y ultima caravana con compañeros portugueses. Cuando vi algo. Afiné la vista apretando los ojos... ¡Y vi un punto negro en la lejanía, hacia el sur-oeste!. El corazón me dio un vuelco. Salté al techo del Nissan y miré con ansia. ¡Sorpresa!. ¡Se veía una baliza!.

Era un viejo neumático. No me lo podía creer. Bajé, arranqué, salí en tromba hacia allí y me encontré la gran pista a unos pocos kilómetros. ¡Lo que es la vida!. ¡Nunca se me olvidará el susto!. Regresé al campamento, se lo conté a los compañeros y salimos todos contentos dando botes de alegría. Esa misma tarde llegamos a Tombouctú entrando con los ojos como platos. ¡¡Aquello fue la releche!!. Que mal lo pasé...

FIN

 

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