TRANSAHARA. RAID & AFRICA

 

htl. Mercure Marhaba, Nouakchott, Mauritania.

dia 5 de agosto, 2005.

Después de desayunar nos fuimos a visitar el Mercado Central, ¡menudo espectáculo!, revisamos los coches y tramitamos del visado de Malí. Antes en Mauritania el día festivo era el viernes musulmán pero ahora, con este galopante proceso de modernización que estaban viviendo, se habían amoldado a los horarios europeos y últimamente habían decretado cerrar los domingos. De todas formas, a las doce del medio día las calles también se vaciaron y todos se fueron a la mezquita para la oración del viernes, la mas importante de la semana. Para evitar tener que escuchar la retransmisión en directo de "tan amena" melopea, ¡joder, antes solo gritaban por los altavoces la llamada del muecín y ahora te pasaban todos los sermones en directo!, decidimos escapar rumbo este por la "Ruta de La Esperanza". Se trataba de una bonita carretera bien asfaltada que se alejaba perpendicularmente del Atlántico, se metía como una cuña en el interior y cruzaba primero el ondulado mar de dunas de Trarza, donde paramos a comer unos bocadillos, y luego las ocasionalmente verdes planicies de El Abiod donde pacían los cebús, cabras y camellos entre jaimas maures dispersas por todas partes. Esto segundo lo dejamos para el día siguiente y nos dimos por satisfechos haciendo alto en Boutilimit para pasar la noche el sencillo hotel “Complexe Touristique”; ¡no había otra cosa en toda la región…!. Ahora era "época de lluvias" y los monzones del golfo de Guinea habían enviado sucesivas oleadas de aires húmedos barriendo todo África del Oeste.

mercado Central, Nouakchott, Mauritania.

dia 6 de agosto, 2005.

Comenzamos la jornada muy temprano porque hoy debíamos recorrer casi toda la “Ruta de la Esperanza” hasta Ayoum, a casi 800 kms. de distancia, pero incluso así, y sin “acomplejarnos” mucho con eso de los kilómetros, llegados a Aleg decidimos desviaros 60 kms. hasta Bogué para ver el valle del río Senegal. ¡La verdad es que a mi siempre me pasaba lo mismo!; me entraba la impaciencia y recorría todos aquellos kilómetros de “La Esperanza” como una exhalación sin detenerme en sus sugerentes paisajes. ¡Y mira que había motivos!; superado el paso de Djouk aparecían unos impresionantes "erg" a derecha e izquierda sujetos por colinas de arenisca marrón que los contenían como diques, y nosotros pasábamos por en medio como Moisés entre el mar Rojo. Yo siempre me prometía a mi mismo que la próxima vez debería hacer un alto y desviarme para disfrutarlo... ¡Pero esta vez, como siempre, lo deje para otra ocasión y pisé el acelerador!. Llegamos a Ayoum al atardecer y nos alojamos en el muy sencillo “campement” local, una especie de “fonda local” muy sencilla que ofrecía las facilidades mínimas necesarias para pasar la noche; solamente.

pastor maure, Ayoum el Atrous, Mauritania.

dia 7 de agosto, 2005.

Empezamos temprano, con ganas: ¡Prácticamente ya habíamos atravesado el Sahara y hoy llegábamos a la Republica de Malí, África Negra!. En aquella "tierra de nadie" todo era una sabana verde crecida sobre las dunas; la vida volvía al árido Sahel en época de lluvias. Pero a mi lo que me hacía hervir la sangre eran los primeros poblados Negros con casas de barro y techos de paja, como el grande de Goguin: ¡Ya estábamos en África Negra!. A media mañana entramos en Nioro y nos fuimos a la Aduana a ver si querían ocuparse de nosotros.¡A Malí no se podía entrar impunemente un domingo, día festivo como todo el mundo sabe...!. Sin duda Nioro era un pueblo interesante, el primero grande de África Negra al que llegábamos, pero "le teníamos ganas" a aquella maldita pista, a aquel "cuello de botella" de cien kilómetros muy difíciles que había entre Nioro y Diema, un problema que limitaba el transito de trafico rodado entre el Sahara y el África Negra Occidental y que, si caía un chaparrón, tenia dificilísima solución. Queríamos quitárnosla de delante mientras estuviera seca, que era el caso, afortunadamente. El año pasado nos había llevado ocho horas pero la situación podría cambiar en cualquier momento si llovía. ¡Si caía el agua por allí no pasábamos ni con helicóptero...!. El año pasado un amigo lo había intentado una semana después que nosotros, con tormenta, y se había tirado cuatro días detenido por los barrizales!. Pero no; igual que el año pasado la suerte nos sonrió y volvimos a pasar con la pista seca, gracias a Dios. Mejor aun, estaban arreglándola, los malísimos cien kilómetros de antes ahora se habían visto reducidos a la mitad y lo que preveíamos como ocho horas se convirtieron en cuatro de puro tramite. Y si no hubiera sido por una perforación del radiador de mi Mercedes, que perdía agua y nos obligó a remolcarlo los últimos kilómetros para poder dormir junto al pozo de agua de Diema yo creo que podríamos haber llegado a dormir a la carretera asfaltada, en Didjeni, otro centenar de kilómetros mas al sur. ¡Un pequeño esfuerzo mas y llegaríamos a Bamako, capital de Malí!. Esa noche me duche bajo el grifo del pozo mientras Jordi bombeaba pero los mosquitos asistieron dispuestos a atacarme antes de secarme y los muy cabrones se cenaron conmigo. Y no solo los mosquitos; durante la noche no refrescó ni un pelo. El horizonte, al sur, se iluminaba de vez en cuando con algún lejano relámpago que anunciaba tormenta. había un ambiente turbio y un viento de temperatura equívoca que llegaba desde allí y se metía por todas partes. - "No bebáis de este agua. A partir de ahora en ningún caso vamos a beber agua corriente; siempre agua embotellada: El valle del río Níger y sus pantanos del delta interior son muy insanos", les dije a los compañeros.

mujeres toukoleur, Kobenni, Mauritania.

dia 8 de agosto, 2005.

Por la mañana desmontamos el radiador y lo reparamos, recorrimos la "pista-fruyere" hasta Didjeni, desesperante con sus mas de 150 kms. de "nidos de gallina" que nos obligaban a ir por las cunetas muy despacito, probamos unas chuletas de cordero en los chiringuitos africanos de Didjeni y llegamos a Bamako a medio día. Una luz inmensa, amarilla, espesa, lo abrasaba todo y, aunque la vegetación estaba verde, el calor era muy fuerte. A la entrada de la ciudad había un puesto de control compuesto por tres gendarmes durmiendo la siesta en unas tumbonas a la sombra. Como tenían la carretera cortada con tres grandes bidones y unas maderas tuvimos que detenernos, bajar e ir a despertarles dando unas fuertes voces a medio metro de sus catres. Yo diría que me conocían porque uno de ello, al tiempo que examinaba nuestra documentación, me saludó en dioulá y se rió mi forma de pronunciar;
  - "Ani su, ¿I ka ke-ne?, ¿So mogo do?, ¿So mogo I ka ke-ne?, Any bara..."
había que reconocer que impresionaban por su aspecto pero luego, al charlar con ellos, enseguida te dabas cuenta que era gente agradable de tratar. No nos pidieron ningún dinero pero cuando nos marchamos les repartí cuatro mil francos CFA., unos 6 euros, "para comprar la carne y el té de la cena". Yo diría que se despidieron casi con afecto; la próxima vez que volviésemos a pasar seriamos bien recibidos. Celebramos la comida en la terraza del "Relax", un típico café "de Blancos" con litronas de cerveza fría, hamburguesas, pizzas y porquerías de esas repletas de colesterol que nos hicieron sentirnos como en casa. En la barra el jefe libanés nos aseguró que lavaban sus lechugas con permanganato sin que le preguntásemos nada, no se porqué, pero la cosa es que nos animó y nos merendamos unas ensaladas y unos "chawarma". En aquella terraza había una doble subordinación entre la clientela de la que se captaba la existencia pero no el alcance; los Negros estaban subordinados a los Blancos y los africanos estaban subordinados a los europeos: Esa era mi impresión… La moneda local en Malí era el franco CFA, que mantenía un tipo de cambio constante respecto al euro de seiscientos cincuenta a uno y que se podía cambiar en los Bancos pero también en las gasolineras o restaurantes como este, acostumbrados a los Blancos. Era el día de San Lorenzo, al que asaron por ambos lados, y en Bamako unos cuarenta grados muy húmedos y soleados amenazaban también con asarnos a nosotros por delante y por detrás. Sin embargo, muy poseídos por la ilusión del descubrimiento de nuestra primera capital Negra, a primeras horas de la tarde nos lanzamos a pié al centro, al barrio del Río, para visitar el Mercado Central, la Casa de los Artesanos, sus calles y sus gentes. Al atardecer, cansados, terminamos por volver todos al "Relax". Cuando el sol empezaba a esconderse en el horizonte arrancamos y nos fuimos hasta Segou, a unos doscientos cincuenta kilómetros de buena carretera viajando hacia el interior. Antes de llegar a aquella capital provinciana, umbría y tranquila, la segunda ciudad del país, en ruta hicimos un agradable alto en un pequeño poblado Bambara. En un cartel ponía Segoukoro, estaba en las riveras del Níger y desde la carretera se veía el minarete de su curiosa mezquita. Entramos y tuvimos suerte porque a la luz tenue del ocaso, poniéndose el sol por la otra orilla del río, encontramos dos mezquitas y varias casas familiares de estilo sudanés, construcciones grandes y señoriales de varios cuerpos superpuestos. Tenían muros de carga muy gruesos cuando se trataba de hacer cerramientos o pilastras para espacios abiertos como el portal o el establo. Entre cada dos columnas o muros se tendían sencillamente ramas desordenadas, amontonadas, siempre a lo largo. Si había que subir un piso se hacia pilar sobre pilar o muro sobre muro. Los suelos y las cubiertas eran de un barro impermeable que allí llamaban "banco". La terraza era el último de los forjados y allí hacían ellos su vida diaria. Al haber recibido sucesivas remozadas de "banco" después de cada época de lluvias, es decir una vez al año, y al ser estas construcciones muy antiguas, tal vez de hace dos o tres siglos, los ángulos se habían ido suavizando, las formas redondeándose y los muros aplomándose. Esa arquitectura estaba viva, modificada con el paso de los años, y se distinguían perfectamente los edificios nuevos y rectos habitados por matrimonios jóvenes de los viejos y curvos que cobijaban ancianos arrugados.

niñas peul, Segoukoro, Malí.

dia 9 de agosto, 2005.

Por la noche había caído un chaparrón y amaneció todo muy húmedo por lo que llegados al desvío de Say, en Zinzana, decidimos no aventurarnos por aquella embarrada pista y asegurar primero "las cosas importantes" que eran visitar Djenne, Mopti y los Dogon siguiendo por carretera. A media mañana hicimos una parada en San porque era día de mercado y había que ver la mezquita. Nueva sorpresa; por su tamaño esta mezquita debía ser importante aunque su aspecto general se me antojaba a medio camino entre una catedral de juguete y un castillo de arena. En uno de los lados del edificio dos torres que debían ser minaretes emergían naturalmente, sin altanería. Como simpático detalle se veía que cada torre estaba rematada por una varilla en la que se ensartaba un huevo de avestruz; ¡la fe islámica había levantado esta mezquita pero las creencias animistas ancestrales la habían asegurado con sus amuletos, no fuera que aquella resultara insuficiente y la mezquita se cayese...!. Después de San hicimos doscientos kilómetros mas hasta Djenne y a medio día nos encontramos llegando a un embarcadero. había que cruzar el río Bani en una barcaza. Contemplamos el río sin prisas, sin agobios, todo largas líneas, todo grandes superficies, todo grandes manchas de color nacarado y enigmático, y vimos mucha gente bañándose o pescando en sus riberas a pesar de que las aguas bajaban revueltas por la crecida. La travesía no fue inmediata porque el capitán de la barcaza estaba rezando. Ya digo, sin atolondramientos, allí no se buscaba "una vida mejor", solamente se sobrevivía. A media mañana cruzamos el río y llegamos a Djenne, un gran poblado de Peuls, Bozos y Bambara con casas de estilo sudanés de dos y hasta tres pisos que se levantaban sobre una isla fluvial en el delta formado por la desembocadura en el Níger. Tras pasear un poco y comer en el "campement" local, otro remarcable edificio, seguimos ruta hasta Mopti. Estaba a un centenar de kilómetros pero para llegar allí decidimos salirnos de la carretera y meternos por el dedalo de pistas que se extendían por los diques que cuadrillaban los pantanos. Los habían levantado los americanos en la llamada "Operación Arroz" de los años setenta con el animo de echar una mano para el desarrollo y autosuficiencia alimentaría del valle pero la política y las famosas "zonas de influencia" que las potencias mundiales habían seguido practicando en África desde el tratado de Berlín, a finales del siglo XIX, hasta "la guerra fría" de finales del siglo XX llevó el empeño al fracaso zancadilleado o, por lo menos, no apoyado convenientemente por la potencia extranjera "dominante" en el país, la francesa. Esos diques y esas compuertas tal vez ya no sirvieran para ir regulando las crecidas del Níger pero sí para ir accediendo en cualquier época del año, incluida la actual época de lluvias, a los poblados indígenas mas perdidos en los pantanos.

en el delta interior del rio Niger, Malí

En ellos vivían gentes olvidadas de toda modernidad; pescadores Bozos, Sorkos y Somones, pastores Peuls Full-fulbés, Sonrais y Sarakoles, agricultores Dogon, comerciantes Bambara y otras etnias a cual mas exótica. Finalmente llegamos a Mopti al atardecer y nos fuimos hasta el puerto fluvial para detenernos en la estupenda terraza del bar "Bozo", como decía Carlos Saenz
- "Uno de los puntos mágicos del RAID"; no sé de quien surgió la idea, pero despertó rápidamente la adhesión del grupo todo entero!.
En el río se veían muchos bañistas, los hombres completamente desnudos, las mujeres bañándose aparte también desnudas pero solo de cintura para arriba, todos enjabonándose concienzudamente. había un sitio para lavar los coches y sus dueños los bajaban hasta la orilla, les metían las ruedas en el agua y los lavaban como si de un familiar impedido se tratara. Antes de que se hiciera completamente de noche nos quisimos dar un paseo en pinaza saliendo del puerto y nos asombramos con el espectáculo. Se veían muchas embarcaciones, había bastante trafico, todas estaban fabricadas artesanalmente con muy poco calado, el fondo plano, la proa y la popa levantadas. Las pequeñas se movían a pértiga, otras medianas habían desplegado unas velas cuadradas sobre un pequeño mástil y las mas grandes llevaban motor. Transportaban cerámica, vasijas de color ocre, unos curiosos ladrillos mal cocidos, muy rojos por fuera y grises por dentro, pescado, leña, etcétera. En la rivera izquierda se alineaban embarcaciones de madera con muy buen porte, de unos veinte metros de eslora con las maderas embadurnadas de aceite brillando a la luz del ocaso y decoradas con pinturas geométricas de luminosos colores, las cubiertas guarnecidas con bóvedas hechas de haces vegetales. había muchas, atracadas borda con borda con orden, amarradas de frente a la rivera para que cupieran mas. En estas había lonjas que tenían apiladas gran cantidad de mercancías, almacenes, tinglados y astilleros. Se veían Sorkos habitando cabañas de juncos bastante precarias, las cambiaban de sitio varias veces al año según subía o bajaba el nivel del agua en época de lluvia y sequía, trabajando de carpinteros, hiladores, astilleros, limpiadores, etcétera. Estos aseguraban el avituallamiento a los Somones. Los Somones eran "primos hermanos" suyos pero se dedicaban mas bien al comercio y se aventuraban lejos del río para vender pescado o sus derivados. Los Bozos, en cambio, quedaban como pescadores mas habituados a la navegación fluvial. Usaban pinazas a pértiga y pescaban con red. ¡A mi me parecía fascinante ver a esta gente viviendo con esas costumbres tan antiguas!. Las hogueras se empezaban a encender. En cuanto contemplaban nuestros ojos había un perfecto acorde entre barro, bálago y madera roja. En el ambiente había una invitación a comunicarse todo con todos. Yo diría que se respiraba buen humor. Allí no había miseria sino dignidad. ¡Y mucha humanidad!. Desde el río noté que la puerta del cosmos se había hecho más grande y sentí que me abandonaba lo que mi carácter tenia de taciturno y mi físico de cansado. Creo que fue allí, en aquel "punto mágico" donde empezó a surgir la idea;
- "Como vamos tan bien, incluso adelantados sobre lo previsto, podríamos intentar hacer un esfuerzo y acercarnos hasta Tombuctú…". ¡No sé de quien surgió la idea, pero despertó rápidamente la adhesión del grupo todo entero!.
- "Podemos…", respondí balbuceante. “Claro que hay que apretar “un poco” la marcha y saltarnos alguno de los días de descanso que tenemos previsto en Nouakchott, al regresar". había que quitar descansos, meter kilómetros y hacer un esfuerzo. ¡Llevábamos dos semanas “haciendo un esfuerzo”, pero allí “había gula” y se quería MASSS!. Todo el mundo estuvo de acuerdo, llegaron a la conclusión de que ya descansaríamos cuando llegásemos a casa, y decidimos allí mismo, sobre aquella mesa llena de cascos vacíos de litronas de cerveza, que había que ir a Tombuctú.
- “¿Será posible, estos tíos…?. ¿No son los mismos que no querian meterse en el Parque Arguin porque preferian ir con tranquilidad por la carretera?... ¡¡Ahora a Tombouctu!!” me decía yo para mis adentros.

mezquita de Djenne, Malí.

dia 10 de agosto, 2005.

Este fue el día de los Dogon. Empezamos visitando Songho, a 60 kms. de carretera y 10 de pista mala, un espectacular poblado "de la meseta" donde había una gruta sagrada repleta de pinturas iniciaticas en la que se practicaban las ceremonias de la circuncisión a los niños de la región. Luego seguimos otros 40 kms. de pista mala hasta la falla de Bandiagara. Los Dogon eran de origen Mandinga, de las montañas del Mandé, en la actual Guinea Conakry, y habían llegado aquí en el siglo XI para esconderse de aquellos primeros esclavistas árabes musulmanes del siglo X, de los colonos franceses después, de la modernidad y ahora, últimamente, también de los turistas. Actualmente el Gobierno tenia los ciento cincuenta kilómetros de largo de la falla protegidos como una Reserva Natural y no se podían recorrer sin la compañía de un guía oficial autorizado, que solo permitía circular por determinados senderos muy concretos. Allí todo era sagrado y había que andar con cuidado para no molestar. Nosotros pedimos la preceptiva autorización y pudimos bajar los vehículos por la empinada pista de Banani hasta la parte baja y luego alejarnos en dirección sur por "la llanura" Dogon. Visitamos Ibi, Boromó, Nomblosogou, yo creo que el poblado mas bonito de por allí, y Mandougou. Como “había que ir” a Tombuctú, por la tarde nos fuimos hasta Douentza, unos 200 kms. al norte circulando un poco campo a través, un poco por senderos y un poco por bonitas cañadas entre sabanas y campos de sorgo y mijo. La jornada fue redonda, todo muy, muy bonito. Finalmente plantamos nuestro campamento en medio de la sabana a unos kilómetros de Duentza y encendimos la hoguera iluminando un neré, el árbol de la nuez de carité, el único que había por allí, bajo el que se nos ocurrió parar.

toguna Dogon de Boromó, Malí.

dia 11 de agosto, 2005.

El día siguiente era "El día" de Tombuctú. Reconozco que yo tenia mis dudas. La ultima vez que había estado allí había sido en el 99 y recordaba la pista con angustia. A partir de Douentza, donde se compraba el ultimo gasoil, había que atacar la travesía del inquietante desierto del Gourma, duro y engañino como pocas regiones del Sahara. Recuerdo que esa etapa solía llevar doce horas de cansino recorrido, desde el amanecer hasta el ocaso, para pasar por Bambara Maudé y llegar a Korioumé, un poblado de pescadores bozo en el río Níger a la altura de Tombouctu. Allí había que "negociar" la travesía con el capitán pirata de una destartalada barcaza que a veces no podía hacer la travesía por culpa del viento o la falta de gasolina para su pequeño motor fueraborda. Lo malo de todo eso era cuando llovía ya que había uno o dos vadeos que te detenían durante varias horas. Yo les hice el relato de todas estas penalidades a los compañeros de viaje y les expliqué que mi Mercedes tenia la admisión de aire a muy baja altura. Seguramente podríamos ir porque el día había amanecido azul y despejado pero nada nos decía que no pudiera nublarse por la tarde y caer un chaparrón al anochecer, cosa habitual en estas regiones y en esta época del año, y si así fuera yo podría verme bloqueado para volver y con problemas de retraso. Con la presentación del problema llegó la solución; Carlos propuso bajar todas las cosas del Nissan Terrano y meterlas en el mío para liberar el sitio de sus tres plazas traseras. Dejaríamos mi Mercedes aparcado en Douentza y nos marcharíamos con él en su coche. A media mañana ya estábamos en marcha con destino Tombuctú. Pero... ¡sorpresa!; ¡allí donde antes estaba aquella infame pista, aquellas trazadas zigzagueantes y esquivas, aquellos vadeos y barrizales, ahora nos encontramos con una magnifica pista roja, de "banco", esa arcilla local impermeable, que enfilaba todo derecho hacia el norte decidida y evidentemente!. Por allí no se perdía nadie ahora, ni se quedaba atascado. Había algunos baches espectaculares y una "tolle ondulee", o suelo rizado, que le desmontaban las lentillas a Isabel, pero yo creo que esa era una cuestión ocasional seguramente debida al transito por la pista mojada. Pensé que en noviembre o diciembre le pasarían una maquina niveladora que la arreglaría, que era lo habitual. Entonces aquellos doscientos kilómetros que a nosotros nos ocuparon cinco horas deberían poder hacerse en dos y media, o tres. Nada mas.
¡Adiós la mágica Tombuctú, adiós al encanto de lo prohibido, lo inalcanzable...!. Antes, cada vez que a mi me preguntaban si merecía la pena la visita a Tombuctú yo siempre respondía que su interés no estaba solo en la ciudad, que lo tenia, sino también en el camino para llegar a ella. Hace unos años ir a Tombuctú era toda una experiencia inolvidable... ¡Ahora deberé responder que es una ciudad mas del Sahel!. Creo que es mucho menos "sahariana" que antes, con menos Tuaregs cabalgando sus camellos por las calles, desaparecidos los Shonrais con las cabras, ni rastro de Velas guiando ráelas de cebúes y filas de burritos grises. Ahora era mucho mas "Negra" con sus taxis verdes destartalados llenos de adhesivos de Kung Fu y Bob Marley, sus bacerias de productos "Made in Hong Kong", su suciedad de plástico en las calles y sobre todo su bullicio diario, su "moderno" frenesí comercial impensable hace solamente media docena de años, cuando aquella era la capital mundial del silencio. En el embarcadero de Korioumé antes habitado solo por "djenous", espíritus solitarios del desierto, ahora éramos ocho los vehículos esperando. En las riveras había extrañas palmeras que parecían dragos pero espinosos y mas enclenques que los soberbios y copudos ejemplares de Canarias. La herrumbrosa barcaza impulsada a pértiga del viejo capitán pirata había sido ahora sustituida por dos modernas barcazas con potentes motores diesel que iban y venían a toda velocidad. Las antiguas construcciones de la vieja ciudad, ubicadas desde siempre a media docena de kilómetros de las riveras del río porque los hombres del desierto le tenían miedo, se habían convertido ahora en una de esas típicas "kashbas" antiguas rodeadas por "modernas" construcciones recientemente levantadas todo alrededor y a lo largo de la carretera que pasaba por el aeropuerto camino del Níger. Al famoso hotel "Azalai", nombre de las caravanas de camellos que comerciaban con la sal de Taudeni en lengua Tuareg, el único establecimiento de la ciudad digno de ese nombre, le han surgido ahora la competencia de otros tres con mucho menos encanto, menos "saborcillo"; el "Colombé", "La Maison Blanche"... Ya no se pueden visitar los interiores de las mezquitas de Djinguereber, Sidi Yaya o Sankoré. Ya no... ¡¡Ya no es lo mismo, joder!!. "A plus jamais, misterieuse Tombuctú", la ultima ciudad perdida del Sahara.

pueblo Dogon de Shongo, Malí.

dia 12 de agosto, 2005.

El canto del muecín nos despertó a todos al amanecer, a las seis y media de la mañana, pero nos levantamos sin prisas. No había una sola calle asfaltada en toda la ciudad. La arena del desierto era omnipresente. Visitamos el mercado y callejeamos un rato hasta la mezquita de Djinguereber. En un rincón, como rellenando el último hueco, había un hombre copiando el Corán. Le vimos sentado junto a varios libros antiguos. ¿Eran antiguos?: ¡No!; ¡los estaba escribiendo a plumilla!, ¡y también los encuadernaba allí mismo!. Me sorprendió aquella visión medieval, realmente. La disfruté. Llevábamos dos semanas disfrutando. ¡Pero había que pensar en volver grupas y terminar con aquella progresión hacia el corazón de África!. había que decidir acabar con ese "cresccendo" allí mismo. ¡Tocaba volver a casa!. Estábamos muy lejos y varios teníamos que estar en casa el veintiuno para ponernos a trabajar la ultima semana de agosto. Todavía debíamos contar con otra jornada mas para volver a salir de Tombuctú y ganar tendríamos una semana para subir a España. La cosa estaba mas que apretada teniendo en cuenta que había que arriesgarse con el "cuello de botella" de la frontera entre Malí y Mauritania. Si llovía nos retrasaríamos...

pastor Sarakollé, Bambara Maoudé, Malí.

 

Gracias a Dios no llovió y llegamos a "La Ruta de La Esperanza" mauritana en dos días sin mayor inconveniente. En el sur de Mauritania el grupo se separó, cada miembro del mismo volviendo a casa a su propio ritmo particular, unos visitando el Parque Nacional del Banco de Arguim y otros no. Nosotros llegamos a Madrid en una semana disfrutando por el camino de otras dos excelentes noches saharianas, creo que mejor que las que tuvimos al bajar porque había luna llena y ni una brizna de viento. Isabel dijo que no volvería porque "se la había quedado el culo cuadrado de tanto coche", cosa en la que yo no podía estar de acuerdo, y Jordi dijo que empezaría inmediatamente a buscar un coche 4x4 para volver el año próximo. Yo, por mi parte, también quedé satisfecho y... ¡prometiéndome volver con toda LA TRIBU en cuanto fuera posible!. Otra vez, claro que si.

FIN

la Ruta de la Esperanza mauritana

 

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