TRANSAHARA. RAID & AFRICA

 

El siete de agosto no nos entró ninguna prisa para marcharnos del cabo Tafarit, en el litoral atlántico mauritano, dentro del magnifico Parque Natural del Banco de Arguin. Nos bañamos, desayunamos, nos bañamos otra vez, recogimos las cosas, nos volvimos a bañar y, solamente cuando el sol empezó a pisarnos la cabeza, a media mañana arrancamos. ¡Y en aquella carretera Nouadhibou – Nouakchott nos pillo el medio día!. El sol subió hasta arriba del todo como para coger carrerilla y lanzarnos sus rayos con mas fuerza, el paisaje se iluminó de tal manera que hizo imposible que lo mirásemos, casi, y la llanura resplandeció. Los amarillos, naranjas y violetas del desierto matinal se convirtieron en blancos y grises ahora; no fue que la arena cambiase sino que tanta luz lo quemó todo, entonces. Llegó un momento en el que el horizonte empezó a hacerse vació, a desaparecer literalmente, y mi hijo Gerardo empezó a ver espejismos muy ilusionado ¡distinguiendo claramente lagos, y oasis, y ciudades con mezquitas de las que distinguía los minaretes, y creía ver también a la gente con sus coches moviéndose por las calles, incluso…!. El termómetro subió a los cuarenta y cinco o cincuenta grados antes de romperse. Cuando por fin llegamos a Nouakchott era media tarde y la canícula empezaba a remitir, gracias a Dios.

al otro lado del Sahara, en el norte de Malí

Pero antes de salir corriendo por “La Ruta de La Esperanza”, sugerente nombre dado a aquella carretera del sur construida a principio de los 90 para desenclavar las regiones sahelianas del interior, las zonas fronterizas con Senegal y Malí, debíamos tomarnos con calma lo de pedir el visado en su Embajada. La mañana siguiente la empezamos con un tranquilo desayuno en la terraza, despacio, y luego fuimos dándole al pedal a la Embajada de Malí, mas despacio todavía, mentalizándonos. Allí saludamos a diestro y siniestro dando la mano a todo bicho viviente como era costumbre en el país, rellenamos impresos, entregamos fotos y pagamos tasas para vernos citados a las doce del medio día con el resultado, luego. Vuelta al hotel a recoger y pagar las habitaciones, cargar equipajes y pagar al aparcacoches, pagar el Seguro Obligatorio de los vehículos, pagar el agua mineral y unas latas en un supermercado, pagar el “llénemelo” de todos los depósitos y bidones en una gasolinera, pagar unos “souvenir” inútiles en el mercado local… Después de tanto pagar, al volver a la Embajada nos regalaron unas amistosas sonrisas espectaculares gratis completamente, por fin, anticipo a las que nos encontraríamos en su tierra, después; ¡como me gustaba Malí!. “La Esperanza” estaba bien asfaltada y podría permitir circular rápidamente, pero había que reconocer que también estaba “bien controlada” y proliferaban tantas barreras de Policía, Gendarmería y Aduana que desesperarían al mismísimo santo Job: Cada Comisario ponía una barrera a la entrada y otra a la salida de “su” ciudad para controlar a los que estaban dentro, como en el “Far West”, y cada Comandante de la Gendarmería hacia lo mismo a la entrada y salida de su “arrondisement”; ¡salías de uno y entrabas en el otro, claro, y las había a parejas!. Y los cruces de carretera eran territorio de la Aduana porque, a falta de poder controlar unas fronteras absolutamente permeables, se suponía que la gente entraba por donde quería pero luego debía circular por allí para ir a las ciudades, lógicamente.

en la Oficina del Seguro, Nouakchott, Mauritania.

El noveno día de ruta empezamos al trote, y luego al galope, pasando el día en los coches para recorrer unos quinientos kilómetros de “La Esperanza”. Hubo tiempo para algunas paradas agradables como, por ejemplo, en el Paso de Djouk, justo donde se salía de las llanuras del Abiod y se subía a las colinas de La Assaba. Unos campesinos Negros nos mostraron un pozo de agua limpia y fresca con la que refrescarnos, y tuvo algo de mágico eso de arrancarle el agua al pozo de un oasis... Y también estuvo bien la parada a comer a la sombra de una acacia espinosa después de Kiffa echando una siesta sobre una duna mientras Gerardo disfrutaba persiguiendo unas cabras con su buggy de radio-control. Lo que ya no estuvo tan bien fue lo de Tintane, al atardecer, porque nos encontramos el pueblo sumergido como La Atlántida en el agua del lago desbordado con las lluvias caídas la noche anterior. Un gran desastre. Por lo visto había habido varios muertos. ¡Eso era el Sahel, y uno se podía morir de sed en la “época seca” o ahogarse en “época de lluvias”!. Precisamente coincidimos con la visita del nuevo Presidente de la Republica a los lugares, Mohamed Abdelallih, elegido democrática y muy correctamente en las ultimas Elecciones Generales del pasado mes de junio, que se iba de allí en esos momentos despegando en un viejo helicóptero militar justo cuando nosotros llegábamos. Pero podríamos decir que tuvimos suerte en ese detalle, casi, porque nada mas marcharse el Presidente también se fueron un montón de vehículos “todo-terreno” con personalidades bordeando la laguna, que también había inundado la carretera completamente, circulando por la ribera derecha. Y no tuvimos mas que seguirles por las dunas para salvar el obstáculo.

al otro lado del Sahara, en el norte de Malí

Desde mi punto de vista, el día diez de agosto fue el día mas bonito del viaje. Amaneció un poco nublado pero luego despejó, el sol vino a saludarnos y nosotros se lo agradecimos recorriendo los últimos cien kilómetros hasta la frontera de Malí alegremente. En Kobeni dijimos adiós a los mauritanos ilusionados por entrar en África Negra, pero hubo unos últimos Gendarmes en el Puesto de salida que no estuvieron de acuerdo con nuestros visados “de entrada” conseguidos en la frontera de Guerguarat cuatro días antes, y validos solo para tres: Hubo que arreglarse con ellos explicándoles que el retraso había sido debido a las inundaciones de Tintane, empezar invitándoles a tomarse un té a nuestra salud y terminar pagándoles la carne de un cordero de veinte euros para la cena… Fueron “comprensivos” y amigables, esa es la verdad, y nos dejaron marchar sin retrasarnos demasiado en la negociación. A medio día y otro centenar de kilómetros de buena carretera mas allá llegamos a Nioro du Sahel, la primera ciudad Negra de nuestra ruta, Republica de Malí. Estaba en un valle extenso y poco pronunciado que apareció en un cambio de rasante con mas vegetación y algunos árboles frondosos que sombreaban las casas construidas con ladrillos, adobe y techos de chapa ondulada. ¡Que ilusión nos hizo a todos inaugurarnos con esos descubrimientos particulares nuestros!; cruzar el Sahara con tu coche y llegar a esas latitudes, al “Sudan” que llamaron los Árabes en el siglo XII, era siempre ilusionante. La cosa siempre producía una extraña sensación difícil de explicar a la que ningún Blanco podía acostumbrarse nunca. Iba con la naturaleza humana. Yo nunca jamás vi a un Blanco que pudiera hurtarse a ella. Lo mas importante eran las sensaciones que despertaban en nosotros aquellas gentes Negras enjutas, secas y fuertes viviendo en poblados de casas de barro con techos de paja, pero también estaba el empezar a ver que el desierto se tornaba en sabana con algunas vaguadas boscosas, o que comenzaban a aparecer campos labrados de maíz, mijo y sorgo, o que las secas acacias espinosas eran sustituidas por árboles frutales, verdes mangos de hoja perenne y frondosa, gigantes kapokes o extraños baobas. ¡Llegar a Nioro du Sahel era cambiar de dimensión, mas que cambiar de país!. La capital estaba a cuatrocientos kilómetros mas al sur, pero la carretera fue buena, rápida, nueva, discurriendo recta y larga por una sabana despejada que a mi me pareció bellísima, con un “in cresccendo” de frondosidad y humedad interesantísimo.

mezquita de Djenne, Malí

¡Desde luego que lo primero era visitar Bamako, el décimo primer día de nuestro viaje!; el Grand Marché, la Maison des Artesans, el río Níger, sus calles, sus gentes… Para allá se fueron paseando los dos matrimonios… ¡mientras Asier, Mikel, José, Gerardo y yo nos quedábamos bañándonos en la piscina!; el agua se torno ligeramente marrón con toda la arena que llevábamos encima. Y por la tarde arrancamos otra vez, rumbo a Segou ahora, la segunda ciudad mas importante del país y a doscientos cincuenta kilómetros al interior. La carretera mereció un cierto aprendizaje porque era diferente de las del norte, mas vieja, mas estrecha, con baches y escalones pronunciados en las cunetas, con chavales que malguiaban carros de madera tan tranquilos por en medio de la calzada y con un trafico relativamente abundante.

Casi ninguno de los vehículos que encontrábamos era lo que podríamos llamar “normales”; los autobuses iban descuadrados rodando de lado, los camiones eran mas altos que largos, las furgonetas echaban tanto humo que no dejaban ver al otro lado… El desierto ya era un lejano recuerdo solamente. El paisaje seguía siendo horizontal pero muy verde ahora, con bosques frondosos en algunas partes y lleno de campos de cultivo en otras. Se veía a mucha gente trabajando en sembrados de algodón, de tabaco, de maíz, sorgo y mijo, pero nadie tenia maquinas. Todo estaba muy húmedo, yo diría que se respiraba abundancia por todos lados; ¡aquello era un autentico vergel!. Pero yo me daba cuenta que toda esa abundancia solo la iban a poder disfrutar durante tres o cuatro meses al año, en la época de lluvias, desgraciadamente, precisamente cuando nosotros habíamos venido a visitarles... Nos fuimos a dormir en el agradable htl. 3* "L'Auberge" oyendo rayos y truenos, con una tormenta monzonica impresionante que estuvo descargando toda la noche torrencialmente.

Gerardo con Mikel y Asier

Cuando empecé a viajar por África a principios de los años ochenta no lo sospechaba. Pero luego comencé a darme cuanta de que les molestaba... Lo noté mejor después, cuando fui conociendo a los africanos, su forma de ser y de pensar, al ir pasando el tiempo. Luego me instalé en África para trabajar y me casé con una Negra burkinabé, sentí sus sensaciones, ahondé en sus pensamientos, y terminé por convencerme de que no podía ser; ¡yo no podía pasearme por África disfrutando de mi buena vida mientras ellos se fastidiaban sufriendo la mala suya!. Por ejemplo, una de las cuestiones mas evidentes, y mas fáciles de evitar al mismo tiempo, eran los alardes de riqueza que hacíamos los Blancos por allí utilizando esos tipicos vehiculos "todo-terreno" nuestros modernos, de muchos miles de euros, tan visibles allí. Circulamos por entre sus míseros poblados de casas de barro y techos de paja, sus rebaños de cebús famélicos, por sus sabanas inundadas en verano y eriales en invierno, en aquellas ciudades con unas pocas casas modernas en el centro de arrabales infinitos de chavolas de lata... ¡Y ellos solo consiguen ir con viejos cacharros baratos, mientras!: Y se desesperan. Y les fastidia muchísimo, generalmente. Y como a mi nunca me gustó ir a casa de nadie a molestar, desde que me di cuenta de esto he ido siempre rodando en coches mas sencillos, mucho mejor y mas tranquilo, últimamente. ¡Nunca me hizo falta tanto, realmente!; uno se podría ir hasta Sudáfrica en un buen Peugeot 505 bien entretenido o en un viejo Mercedes… Siempre me ha sido difícil hacer comprender esta cuestión a mis compañeros de viaje Blancos, pero nunca me he cansado de repetirlo, desde entonces; “¡No debemos ir a África Negra a molestar con nuestros alardes inútiles de riqueza, a evidenciares sus miserias, a mostrarles tan evidentemente lo bien que nosotros vivimos y lo mal que lo hacen ellos!. Es mucho mejor viajar por África Negra con discreción, con sencillez, sin alardes...". Antes viajaba siempre en todo-terrenos Nissan Patrol o Ranger Rover, y ahora lo hago en modestos Peugeot 505 y viejos turismos Mercedes. Tal vez este día del pasado doce de agosto hubiera sido diferente si hubiera seguido con mis antiguas costumbres automovilisticas. Tal vez ahora me deberia arrepentir... ¡Pero no me arrepiento!: La cosa fue que, ese día, nos levantamos arremangándonos y muy dispuestos a meternos en faena porque nos íbamos a Djenne. Teníamos dos posibilidades; si había mucho agua debíamos ir por la carretera asfaltada que circulaba por “tierra firme” y entraba en los pantanos levantada sobre un dique, luego: O, si veíamos que no la había, estábamos decididos a meternos por las pistas de tierra que serpenteaban por el interior del pantano para alcanzar Djenne “a la antigua”, como en los años ochenta, a través de las regiones pantanosas del delta, haciendo vadeos y saltando puentes casi sumergidos. Con todo el agua que nos encontramos… ¿qué debíamos haber hecho?; ir por la carretera asfaltada. Pero con lo bonito que era todo aquello… ¿qué hicimos?; nos metimos por las pistas del interior, difíciles pero mucho mas bonitas. Debíamos recorrer unos doscientos cincuenta kilómetros de pistas. Al principio empezamos bien porque fuimos bajo un cielo muy azul, sin nubes, rodando sobre un dique durante unos cien kilómetros. A derecha e izquierda fueron apareciendo coquetos poblados Bambara de barro. La gente vivía para los campos de arroz y mijo que les rodeaban. De vez en cuando también pasábamos por otros pueblos diferentes de “peul”, o pastores, Ful Fulbé con casas y mezquitas también muy antiguas pero rodeadas de grandes cercados para animales, cebús, cabras y ovejas, y espacios diáfanos en vez de sembrados. Al principio todo fueron extensas llanuras sembradas con mijo o arroz. ¡Pero luego, recorridos unos cien kilómetros, llegamos a una zona en la que el agua lo inundaba todo, ya, y por donde tuvimos que ir vadeando charcos dignos del mismísimo capitán Nemo!. Yo no puedo decir que la cosa me disgustara... ¡pero lo que me quitó la sonrisa de la cara fue que, tras muchos charcos y arroyos, y siendo ya mas tarde del medio día, y muy distraídos todos mirando el paisaje y la multitud de poblados que íbamos pasando, en uno de esos charcos gigantes me despisté vadeándolo en segunda velocidad muy deprisa en vez de pasarlo en primera marcha despacito, hice una ola delante y el agua pasó por encima del capot metiéndose en el motor e inundando el coche!. Quedé parado, metido en el agua en medio del arroyo, finalmente. Desastre total. Al sacar el coche del agua, limpiarlo un poco y volver a arrancar oí un clac, clac, clac, vi una humareda de humo blanco, sentí un tirón y... ¡el motor se desmoronó como un castillo de naipes!; fue como cuando se te cae al suelo un cajón lleno de tornillos y herramientas. Al abrir el capot vi el bloque y la carcasa de la caja de cambios abiertos como una lata de sardinas dejando ver todas las espinas de dentro. Por allí se veía hasta el esternon de mi Peugeot. ¡Desastre total, ya os lo he dicho!. Así se acabó el recorrido con mi viejo Peugeot 505. Trasladamos el equipaje al Peugeot 205 de Mikel y Asier, nos subimos con ellos Gerardo y yo, José “el cantabro” se pasó con Fernando y su mujer al Land Rover, y dimos por acabado nuestro viaje a Tombouctú allí mismo volviendo grupas de regreso a casa.

el Peugeot 205 de Mikel y Asier con el cambio roto en Djenne, Malí

Si digo que me volví con las orejas gachas miento, porque me lo pasé bien con los vascos, luego. Aunque yo me quería volver ya mismo, fastidiado, ellos quisieron insistir y no perderse la visita de Djenne. ¡Y había que estar de acuerdo en que era una ciudad maravillosa, imperdonable!. Imposible hurtarse una vez allí.

Cuando llegamos al dia siguiente, el trece de agosto, nos encontramos una decoración absolutamente medieval, un centenar de viejas casas de adobe grandes, yo diría que señoriales, del mas puro estilo sudanés, todas apretadas contra una enorme mezquita de arcilla también, la mas grande que yo hubiera visto nunca en África, el conjunto levantado sobre una isla fluvial en medio de los pantanos que se formaban en el delta de la desembocadura del río Bani en el Níger.

¡Y el catorce de agosto tampoco quisieron perderse Mopti, luego, claro!; allí el viajero se iba animando solo… Mopti era otra de esas ciudades mágicas de Malí construidas en islas fluviales, otra maravilla de África.

¡Incluso quisieron insistir mas todavía llegando a la falla de Bandiagara el dia quince de agosto para ver los interesantes poblados Dogon!. Pero en el hotel 4* “Kanagá” de Mopti, donde nos alojamos, nos encontramos unos viajeros que nos advirtieron de la caída de un puente en la ruta. Como la carretera estaba cortada, y como eso nos obligaba a dar un rodeo de mas de cien kilómetros por una pista muy mala circulando por las mesetas rocosas del sur, desistimos. ¡Y para ir a Tombouctú, otros turistas que acababan de volver también nos informaron de que había que vadear dos arroyos desbordados...!.

el Peugeot 205 de Mikel y Asier en Malí

Así que, al final, el día quince de agosto decidimos dejar Bandiagara y el mítico oasis para otra ocasión, cambiar de rumbo y regresar hacia el norte. Nos volvimos a España a toda velocidad saltándonos las etapas de dos en dos, en una semana rápida y sin mucho que contar, así que me despido de vosotros hasta la próxima. Un saludo.

puesta de sol en Segou, Malí

FIN

un maure con su hijo, cerca de Nouakchott, Mauritania

 

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