TRANSAHARA. RAID & AFRICA

 

CARAVANA TRANSAHARIANA DE JULIO 1987:
DOS  SEMANAS  POR  ARGELIA  Y  MALI.

 

        La caravana transahariana que reunimos durante las vacaciones del 87 fue "una clásica" viajando en viejos vehículos Peugeot 504 por carreteras y pistas generales. Este tipo de coches eran muy habituales en Africa en aquellos años. Uno de los compañeros de viaje fue mi fabuloso tío José Ramón, que realizó el siguiente relato del viaje, mas o menos:

 

 

JOSE RAMON ORTEGA SERRADA  
SANTA CRUZ DE TENERIFE  
JULIO DE 1987.  

dia 2 de julio, 1987.

A las nueve de la noche de aquel viernes caluroso de Madrid mis sobrinos Antonio, José y Maricarmen me esperaban en el aeropuerto de Barajas. Yo creía que ya estarían allí con los coches y los equipajes preparados para salir inmediatamente rumbo a África, pues eso era lo acordado, pero no: Primero fuimos al centro, a casa de mi hermano, y allí cenamos, tomamos café e hicimos tertulia entre los seis compañeros de viaje y toda la familia. Y solamente luego, muy tarde por la noche, se cargaron los coches para la travesía de África. Todo ello con una despreocupación que no dejó de sorprenderme... Yo solo tenia que conducir, no era mi cometido controlar horarios ni inventariar o no inventariar, me dije, pero... ¡al parecer no era cometido de nadie!. Entre las cosas que se cargaron tranquilamente llamó mi atención unas cajas de provisiones que tenían más aspecto de golosinas que de viático para una aventura como aquella.

Al fin arrancamos. Cuando nos pusimos en marcha eran altas horas de la madruga. Una extraña caravana de cinco viejísimos coches Peugeot con matriculas alemanas iluminó las aceras desiertas. Fuimos hasta las afueras circulando solos por las calles vacías. A mi me dio la impresión de ser una salida furtiva. Primero iba mi sobrino Antonio con su viejo Peugeot modelo 505 de color caqui muy degradado. Segundo marchaba Pepe, que estaba casado con mi sobrina Cristina y era funcionario como yo, en un también muy antiguo Peugeot beige pero del todavía mas viejo modelo 504, de principios de los 70. El tercero, el cuarto y el quinto eran otros ya muy rodados 504; el verde oliva era del joven Rafa, único miembro de la expedición que no pertenecía a la familia pero que estaba relacionado con ella por una estrecha amistad, el de apagado color naranja dando la sensación de ser el mas entero de todos era para mi, y otro viejísimo de color blanco tirando a negro que era para Maricarmen y José, los dos hermanos pequeños de Antonio, de dieciséis y dieciocho años respectivamente.

A Maricarmen era a quien se habia encomendado la responsabilidad de las provisiones con más cariño que prudencia. ¿Y que decir de José, el hermano pequeño?. ¿Cómo explicar este otro elemento de la naturaleza?; hace dos meses, cuando llamé a Antonio para aceptar su oferta y aclarar los últimos detalles José acababa de cumplir los 18 años y presentaba el inconveniente de no tener permiso de conducir. ¡Pero eso no importaba!; ¡tomada la decisión, el permiso se sacaba, y a otra cosa!. Ni por un momento pensaron que les pudiera caer un suspenso en esa lotería. Afortunadamente aprobó a la primera. Pero ahora toda su experiencia al volante consistía en haber recorrido media Europa conduciendo esos Peugeot, abuelos de todos los que rodaban por el viejo continente, desde Francfort hasta Madrid en compañía de Antonio...

    - "¡Y quieren irse a cruzar el desierto del Sahara...! Vaya tres sobrinos. ¿Hasta donde llegaremos?", me preguntaba yo... ¡cuando todavía no sabia lo que me esperaba!.

Yo iba a cumplir dentro de poco los 60 años y, como era el mas mayor de todos con diferencia, cuando nos pusimos en marcha casi me sentía con la obligación de imponer responsabilidad y tomar el mando. Pero como no conocía el arte de circular por Madrid salí en pos de los demás. Nos dirigimos a la famosa "M-30", que parecía conferir a los madrileños una iniciación de la que los demás carecíamos, y nos encontramos en la N-IV rumbo a Bailén pasando a través de muchos desvíos en los que yo irremisiblemente me hubiera perdido. Desde allí enfilamos hacia Almería.

Era muy tarde. Estaba cansado pero luché con éxito contra el sueño. A base de cafés terminé por hacer vanos mis temores a esta primera noche. Creo que no dejamos pasar un solo bar con luces encendidas sin hacerle una visita. Cada parada era una divertida sucesión de bromas entre todos los miembros del grupo. ¡Allí no habia nadie preocupado!. Empezaba a relajarme. Al pasar por Despeñaperros habia un intenso olor a pinos, al pasar por Bailén olía a aceite. Más adelante atravesamos rastrojos y olía a mies en la oscuridad de la noche. El paisaje estuvo constituido por olores en ese trayecto nocturno y poco tenso.

Reconozco aquí y ahora que las ultimas dos semanas habían sido de puro nervio pensando en la perspectiva que se me presentaba delante: ¡Atravesar Marruecos, Argelia y todo el desierto del Sahara hasta la República subsahariana de Malí!. A mi, que nunca jamás habia puesto un pie en África, aquello me parecía una enormidad. Pero ahora me confortaba la tranquilidad con que todos se tomaban la cosa, y sus continuas bromas. Al fin y al cabo mi sobrino Antonio ya lo habia hecho muchas veces antes, y todos le seguíamos.

Pasamos por Jaén a las cuatro de la madrugada y nos detuvimos a descabezar un sueñecito. Abatí el respaldo de mi asiento e intenté dormir, sin lograrlo... ¡Pero en un momento de descuido amaneció, lo que me demostraba que sí habia dormido!.

dia 3 de julio, 1987.

El sábado 3 de julio zarpamos desde Almería rumbo a Melilla a medio día. El ferry era sucio, incómodo y tenia la pintura descuidada. La estiba de los coches denotaba que la improvisación y la incompetencia eran la norma. La travesía duró 8 horas, que pasé en una butaca dormitando complaciéndome en dejar que mis miembros se entumecieran. Al atardecer atracamos en un contramuelle de Melilla que cerraba un amplio puerto por el oeste. Tenia un faro sobre una torre plantada en mitad del morro. El espadón era alto, de sillares hexagonales y almenado. Todo con un aspecto muy militar.

Nos alojamos en un 2 estrellas y salimos a cenar. No tuvimos dificultad para encontrar una tasca. Tenia carteles pegados en las paredes que anunciaban una academia de equitación. Eran carteles artesanos que no ocultaban la modestia de la academia que anunciaban. Después tomamos un café en una terraza de la plaza de España; ¡mas ración de tranquilidad!. Melilla era una ciudad provinciana que invitaba a un grato vivir.

Antes de acostarnos fui con Rafa a dar una vuelta. Nos dirigimos a la fortaleza, que era un amasijo de construcciones militares. Los muros tenían paramentos en talud y estaban reforzados por otros muros. Se veía que se habían ido engordando las defensas al tiempo que se habían engordado los proyectiles. Copié la inscripción que habia en un paramento:

"En primero de febrero del año 1571 se cerraron estos aljibes siendo alcalde de esta ciudad por su majestad Francisco Sánchez de Córdoba", leí; quizá la gramática ponga algún reparo, pero era así como se escribía la historia. Lo dejé para quien supiera, que yo no sabia...

dia 4 de julio, 1987.

El amanecer del domingo cuatro de julio desayunamos en la terraza del hotel divisando la fortaleza, las casas y las ruinas de las casas que hacían juego con ella. Parecían piedra sobre piedra. Al salir con las maletas para cargar los coches nos rodeó un enjambre de jóvenes ofreciéndose para cambiarnos dinero; dirham para Marruecos y dinares para Argelia. El cambio de moneda era ocupación de buscones en África.

Arrancamos y salimos hacia la frontera. Un puente de unos cincuenta metros separaba el puesto español del marroquí. Habia muchos ociosos al acecho. Pasó un hombre viejo con traje de color irreconocible tocado con un fez verde y montado en una bicicleta de color azul cobalto pintada a brocha gorda. En el manillar llevaba un clavel artificial muy grande, muy rojo y muy viejo. Se veía que era un hombre descolorido pero amigo del color. También pasaban mujeres ataviadas de trajes largos y tocas blancas con las palmas de las manos pintadas de rojo oscuro como sangre renegrida. Hombres y mujeres pasaban de una aduana a otra con grandes bolsos en las manos, muy cargados bajo aquel sol de justicia.

Antonio discutió largamente con los gendarmes marroquíes. Desconfiaban de que una sola persona fuera propietaria de cinco coches, le tomaban por comerciante y no le querían dejar pasar como turista. Estaban en esas cuando un agente descubrió entre su equipaje un viejo mapa Michelín "África Norte & Oeste" en el que todavía aparecían las fronteras de antes de la descolonización de la provincia española del Sahara Occidental. Aunque, prevenido, mi sobrino habia tachado previamente el rótulo "Sahara Español", los gendarmes decidieron confiscarle el plano. El detalle y las exageradas protestas de Antonio les distrajo y pasamos. La revisión de equipajes por parte de un viejo aduanero resultó superficial contrariamente a lo que nos temíamos. Cuando por fin pasamos a Marruecos ya era media mañana.

Teníamos delante una jornada de 140 kilómetros hasta la frontera argelina. Ese mismo día queríamos pasar al otro lado y presentarnos en Tlencem, República de Argelia. La carretera era estrecha, revirada y peligrosa. Habia muchos Peugeot similares a los nuestros; viejos, cochambrosos y despintados. Allí empezábamos a entonar en ese ambiente. Circulamos por un terreno árido, agreste, con continuas cuestas arriba y abajo. Primero se veían salinas junto al mar, luego unas obras pública ejecutadas con medios modestísimos. En las montañas habia preciosos olivares de árboles jóvenes. Atravesamos Oued Muluya y otros pequeños pueblos que a mí me sonaban remotamente de la geografía y también de la historia.

Se nos echó encima el medio día con un aire espeso y un calor agobiante así que nos detuvimos a comer en un modesto restaurante de Berkane. Tenia una umbría terraza adornada con unas parras. El menú fue a base de ensalada, tortillas francesas y carne de cordero. Nos pareció excelente por ser la primera vez pero... ¡no sabíamos todavía que lo íbamos a repetir hasta mucho más allá de la saciedad!.

El puesto marroquí de salida, Oujda, me produjo una cierta sensación de hostilidad. Pero fijándome bien me di cuenta de que no era hostilidad al viajero sino... ¡hostilidad al puesto fronterizo Argelino!. Los tramites de salida de Marruecos me parecieron sencillos.

El puesto de entrada en Argelia fue otra cosa. Para empezar nos pidieron rellenar varios impresos diferentes. Habia una "Declaración de Divisas" a la que Antonio nos pidió prestar mucha atención. También hubo que cambiar dinero con un mínimo de 150 euros, obligatoriamente; ¡no se podía entrar en Argelia en plan pobre!. Esto, que pudiera considerarse a la ligera como un maternal cuidado, tenia sus bemoles; el poder adquisitivo de dos euros era realmente el de dos dinares argelinos pero en la Aduana nos daban solamente dos dinares por seis euros. ¡El cambio oficial era un robo importante!. La revisión de los coches y de los equipajes empezó después de "perpetrados" los cambios. Unos aduaneros malcarados revisaron concienzudamente las ruedas, las tapicerías, las puertas, los guardabarros y todo. Golpeaban la chapa y se consultaban entre sí mientras abrían los portaequipajes y los equipajes. Antonio dijo que buscaban droga, alcohol o material publicitario contra-revolucionario, que era lo mismo que decir antigubernamental. Revisar los cinco vehículos les llevo unas horas que terminaron por permitir situarnos convenientemente y adquirir confianza.

Cuando por fin entramos en Argelia eran las siete de la tarde y el sol ya estaba bajando.

Rodamos un poco para alejarnos de allí y nos detuvimos en la cuneta para celebrarlo. ¡Tubimos suerte!: ¡En un terreno vago junto a la carretera coincidimos con seis jinetes elegantemente ataviados montando caballos de pura raza árabe!. Estaban ensayando una "fantasía" tradicional. Iban engalanados con la gallardía de seis califas y hacían un ejercicio casi militar; primero las monturas caracoleaban y los jinetes se enorgullecían de pié en sus estribos sujetando las riendas y apretando con la mano derecha unas espigardas bien verticales. Luego levantaban las cabezas y, con la mano izquierda, tensaban las riendas hasta que todos a la vez arrancaban al galope hacia el fondo del terreno con toda la sangre de sus monturas a presión. El sol no se habia puesto todavía al otro lado de la explanada y el contraluz producía un efecto cinematográfico en el que el polvo del galope hacia de pantalla reflejando sombras alargadas. ¡Maravilloso!. Sin saber cómo ni porqué yo sentí que descendía sobre mí una gran emoción. ¡Gracias, África!. ¡Eso era mas que un espectáculo!.

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¡DE PRONTO NOS ENCONTRAMOS CON UNOS JINETES ENTRENANDO UNA "FANTASIA"!.

 

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