TRANSAHARA. RAID & AFRICA

 

Seguimos hacia Tamrit. Estaba anocheciendo cuando nos detuvimos para repostar en una gasolinera. Antonio entabló rápidamente unas sorprendentes negociaciones con el dueño para pagar en especies: güisqui o radio-casetes; ¡ibamos de novedad en novedad!.

Cuando llegamos a Tlemcén, 50 kilómetros mas allá, acababa de caer la noche. Nos dirigimos al hotel "Zianides" atravesando el casco antiguo. Se trataba de un 4 estrellas venido a menos, un edificio macizo de cuatro plantas con fastuosa fachada de ladrillo rojo. Habia un desnivel de calles que ponía en juego sus distintos niveles. Las puertas y ventanas eran altas, austeras, y tenían dinteles en ángulo con ojivas un tanto frías. Las habitaciones eran espaciosas, antiguas, con aquellos cuartos de baño enormes. Lo más notable eran los salones, todo un derroche de imaginación con una filigrana de yeso bellísima en los techos. Antonio tenia decidido llevarnos a los mejores hoteles mientras lo hubiera, que para los peores ya habría tiempo, pero de cena todos preferimos unas brochetas en una terraza cercana al hotel, mas mundana.

dia 5 de julio, 1987.

El lunes cinco de julio de 1987 Tlencem amaneció nublado pero con calor. El cielo no estaba encapotado por nubes grises sino por una niebla marrón. Aquí denominaban "harmatan" a ese polvo, que en realidad era de arena en suspensión. Estaba vivo. Quemaba. Habíamos madrugado porque hoy queríamos recorrer 700 kilómetros rumbo sur hasta el oasis de Taghit. En el parking Antonio nos lanzó una sorprendente arenga prometiéndonos que esa noche dormiríamos entre las dunas doradas del Sahara. ¡Y reconozco que salimos todos ilusionados!.

La carretera empezó a subir desde las ultimas casas de Tlecem y enfiló directamente hacia las altas cumbres del Atlas. El terreno era de naturaleza sedimentaria. Creo que se trataba de arcillas. En unos 20 kilómetros llegamos arriba y nos pusimos a bajar por el otro lado. Al principio la vegetación fue un bosque de robles muy mediterráneo pero luego se fue pelando. Pasamos al otro lado de aquellas montañas y la orografía fue suavizándose. Se diría que rodábamos por una altiplanicie porque no bajamos lo que habíamos subido. El terreno se empezó a despejar y desembocamos en una larga llanura. De cuando en cuando pasábamos cerca de algunas casas aisladas, vacías, o de pequeños pueblos que siempre se veían desiertos.

Recorridos un centenar de kilómetros llegamos a El Aricha. Me dio la sensación de que era otro pueblo muerto pero Antonio habia dicho que tenia algo que hacer allí. Paramos en la gasolinera, repostamos y, cuando pagábamos el precio del carburante en güisqui y ropas usadas siguiendo esa nueva costumbre surgieron campesinos viniendo por todas partes. ¿A que venían?; ¡ellos también querían comprar!. Antonio empezó a sacar grandes bolsas repletas de ropa vieja y montamos un autentico tenderete. El pueblo se animo por sorpresa. Cuando me di cuenta del asunto decidí que yo también quería probar. Me dirigí a uno de los campesinos que debía tener mi edad y, enseñándole un traje usado que traía, le dije solamente un balbuceante "seiscientos", poco seguro de mi francés y de mi precio. ¡Recibí una contraoferta de trescientos en un francés mas balbuceante todavía!. Me dieron ganas de darle un abrazo. Sin embargo, pensando que era lo único que habia traído e imaginando que todo el monte era orégano, me permití desecharla. No me lo habia creído cuando Antonio me lo habia advertido en España, solo habia traído eso y quería sacarle partido. Entre tanto salió el sol. Era amarillo y muy fuerte. Nos hicimos con suficientes dinares y continuamos ruta.

El medio día se nos echó encima circulando por aquella llanura semidesértica. Ese paisaje recordaba los páramos de Castilla. Aunque no se veía un solo cultivo ni habia rastrojos sí crecían unas hiervas secas del mismo color. La arena fue apareciendo poco a poco. El color del paisaje se encendía de tonos cálidos. También se presentó un polvo fino como ectoplasma que invadía la carretera a trechos se levantaba y bailaba sobre el asfalto al paso de los coches. Cada vez habia mas arena y menos yerbas secas. ¡Ya estábamos en el desierto!. Era de color salmón. El paisaje tenia una luz rosada. La atmósfera estaba turbia. Unas colinas mas altas que las demás emergieron de la bruma hacia el sur. Primero se insinuaron y luego se concretaron. Eran suaves, onduladas y aparecían en muchos planos de diversas tintas. Nos estábamos acercando a Ain Sefra y la carretera cruzaba varias veces sobre una línea férrea que ahora corría en paralelo a la carretera. Vimos Ain Sefra pasado el medio día. Habíamos recorrido la mitad de nuestros 700 kilómetros de hoy y teníamos previsto parar a comer allí. Un termómetro redondo que habia en mi coche marcaba 40 grados pero no creo que fuera fiable. Debía estar atascado. Debíamos estar a mas. Las casas del pueblo estaban abrasadas por el sol. Eran sencillas, viejas, de una sola planta y muchas de ellas todavía construidas en adobe. La calle central era la única medio asfaltada. Habia una terraza de bar sobre una ancha acera defendida del sol por un toldo y unos pequeños árboles. Estaba muy concurrido pero solo por hombres. Tomaban refrescos de naranja y té escuchando malamente la música de un viejo radio-cassete. Nos detuvimos y aparcamos. Habia una mesa vacía y nos sentamos alrededor. Pedí té verde y me sirvieron un vaso totalmente lleno de hojas. Parecía un fragmento de selva tropical cautiva en un vaso. Me callé y succioné lo que pude. Los tres hermanos se fueron a buscar un aseo y, de paso, a ver si vendían algo para pagar la comida. Como la venta fue fructífera Antonio nos invitó a todos a comer en el hotel del pueblo. ¡Era hombre de gestos rumbosos, muy a la española!.

El hotel "Mekther" era un 3 estrellas delicioso pero estaba completamente vacío. Mi sobrino dijo que siempre estaba así; absolutamente vacío. Tenia el color rojo salmón del desierto y era bonito, situado en una zona arbolada a las afueras del pueblo protegido por una colina rocosa. En el festón de la falda habia una enorme duna amarilla con unos eucaliptos gigantes que la ensartaban como cosiéndola al terreno. Además crecían una docena de soberbios cipreses. No habíamos terminado de aparcar cuando volvimos a vernos rodeados por varios campesinos. Como los de la gasolinera de esta mañana, estos también eran compradores. Me asombré pero me iba acostumbrando y, casi avariciosamente, me ocupé en sacar rápidamente mi viejo traje. Nuevamente pedí seiscientos dinares y de nuevo recibí la contraoferta de trescientos. Como yo intentaba regatear en mi pésimo francés cuando creí que habia cerrado el trato en quinientos resultó que lo habia hecho en trescientos cincuenta. Pasamos la sobremesa a la sombra y volvimos a la carretera al atardecer. ¡Pero la precaución fue vana!; la tormenta de sol seguía castigando.

Paramos en la gasolinera de Beni Ounif, ciento cincuenta kilómetros mas allá. Al salir del pueblo nos encontramos con otro control de Policía. Antonio explicó que en Beni Ounif habia un puesto fronterizo con Marruecos pero que era "un autentico tinglado" y que él siempre lo evitaba; ¡imaginé como debía ser aquello!. También dijo que ese control de la carretera estaba allí para controlar el control de la frontera.

- "C'est l'Afrique", apostilló.

Mientras nos estuvieron tomando nota de nuestros pasaportes mi sobrino nos entretuvo explicando las relaciones entre Marruecos, Argelia, los tuareg de la República de Níger, el POLISARIO del abandonado Sahara Occidental y otras fuerzas regionales de las que yo nunca hubiera imaginado la existencia; pan-arabistas libios, inmigrantes ilegales subsaharianos, grandes comerciantes transaharianos, contrabandistas de Nigeria, etcétera. Eran relaciones complejas y las explicaciones, concisas. Cuando le dije que habia notado que toda la frontera con Marruecos se veía flanqueada por alambre de espino me dio muy resumidamente los detalles de todo un enredo que parecía existir entre argelinos y marroquíes. Parece ser que todo este terreno fue ocupado en 1965 por Mohamed V de Marruecos aprovechando el momento de la independencia argelina. Los argelinos nunca habían aceptado esa situación y las espadas seguían en alto desde entonces. Él mismo se daba cuenta de lo conciso de la explicación;

- "La gente no viene por aquí a que yo la aburra con clases de historia. El que quiera historia que se vaya a la Universidad ". Como yo le miraba escéptico terminó la conversación diciéndome: "...¡venimos de vacaciones! ".

La caravana reanudó la marcha. Al atardecer llegamos a Bechar. Era la ciudad mas moderna que habíamos visto desde nuestra salida de Tlencem esta mañana, hace 600 kilómetros. Nos dirigimos al taller de chapa y pintura "Nordín". El jefe tenia unos cuarenta años, un mostacho de grandes guías, una saludable barriga y risa atronadora que hacia vibrar aquélla como si fuese gelatina. Antonio también reía con él mientras negociaban las condiciones del trabajo. Se trataba de pintar los coches para que tuvieran mejor venta en Malí. En medio de la pintoresca conversación yo oía repetir muchas veces la palabra "camouflage"; debía tratarse de un pintado muy "particular"... Finalmente se acordó que quedarían allí cuatro de los cinco Peugeot para que hicieran el trabajo en dos días, entre mañana y pasado mañana. Nosotros continuaríamos otros 90 kilómetros mas hacia el sur hasta el oasis de Taghit viajando en un solo vehículo. Antonio insistió en que le gustaba ese oasis, que era "punto ineludible" y el lugar ideal para pasar aquellos dos días. Sobre todo insistía en la palabra "oasis". Reconozco que me tenia muy intrigado. Salimos de nuevo hacia el sur a la puesta de sol y cuando llegamos a Taghit ya era de noche cerrada, desgraciadamente. ¡Me tendría que aguantar hasta mañana la curiosidad por conocer personalmente la belleza prometida!. Llegamos al parquing del hotel "Thagit", cogimos el equipaje y entramos en la Recepcion sin preocuparnos por la falta de habitaciones, en la explanada no habia ni un solo vehiculo, pero allí no se veía a nadie tampoco. Hacía 10 minutos que habían cerrado el comedor del hotel y no quisieron darnos de cenar. A mi me parecía que era lo suyo pero a Antonio le sulfuraban semejantes exactitudes y montó un escándalo en Recepción preguntando por el Director. El Recepcionista escuchaba pero la cosa le entraba por un oído y le salía por el otro. Finalmente tuvimos que cenar de nuestras provisiones en un bar que habia en el pueblo. Yo creo que fue mejor porque así paseamos un rato tranquilamente y pude notar que, efectivamente, estábamos rodeados por las dunas de arena prometidas esta mañana. La luna apareció por encima de ellas, la noche se iluminó y no tuve por menos que reconocer que el esfuerzo habia merecido la pena. ¡Ya esperaba el alba, expectante!.

dia 6 de julio, 1987.

Aquel martes amaneció un día luminoso con el cielo mas azul que nunca. Antonio dijo que íbamos a descansar allí todo el día mientras el garaje "NORDIN" pintaba los coches, pero que él se volvía a Bechar a controlar el trabajo. Pidió un voluntario y yo me ofrecí para acompañarle porque quería volver a ver Bechar con mas tranquilidad. Ayer habíamos estado solo de pasada. Fuimos al taller directamente. Aunque era temprano ya estaban trabajando sobre los coches. Resultó que ayer no se habia negociado el precio sino la admisión del trabajo, solamente. Habíamos conseguido que se pusieran con nuestros coches dejando todo lo demás de lado pero ahora habia que negociar los precios. Se hizo larga, larguísimamente, mientras los operarios trabajaban en silencio. De vez en cuando el uno o el otro se dirigía a mí como para que no me aburriera.En realidad era tiempo muerto que se tomaban para recuperar fuerzas. La esgrima era colorista e imaginativa. Ambos deberían estar orgullosos. Se cambiaba de terreno con agilidad y no se rozaba nunca lo personal. Finalmente la cosa quedó en 7.500 dinares por los cuatro coches, unos 600 euros pagaderos en moneda y en especies, principalmente botellas de burbon "Four Roses", radio-cassetes usados de coche y un viejo magnetoscopio. E inmediatamente se pasó a hablar de fútbol; el señor Nordín parecía estar muy enterado de la liga española y tenia una foto del Real Madrid, por supuesto. Los cinco nativos Negros jóvenes y flacos que habia a su servicio trabajaban lijando los coches en silencio en todo momento, sin levantar cabeza, sin prisa pero sin pausa. Para pasado mañana tendrían el trabajo terminado.

Resuelto el asunto de pagar fuimos a visitar a Mustafá, que tenia una mercería en una plaza céntrica de la ciudad. Antonio me lo presentó como a un viejo amigo antes de entregarle un grueso paquete que traía bajo el brazo. Mustafá lo abrió y apreció la mercancía; ¡bragas y sujetadores explosivamente sexis llegados directamente de Europa!.

- "En todas partes cuecen habas...", dijo guiñándome un ojo.

Mustafá nos pagó y añadió un desodorante de regalo demostrando su conformidad. Terminada la entrega Antonio le invitó a un café en una terraza próxima vigilando la puerta.

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ERA "EL DIA DE LA INDEPENDENCIA" Y HABIA DESFILE POPULAR.

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A MEDIO DIA PARAMOS A COMER EN LA PISCINA DEL HTL. "EL MEKHTER" DE AIN SEFRA.

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EL 6 DE JULIO LLEVAMOS LOS COCHES A PINTAR AL GARAJE "NORDIN" DE BECHAR.

 

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