TRANSAHARA. RAID & AFRICA

 

Después fuimos a saludar a "Grand Papá", un viejo electricista. Vivía en una antigua casa de dos pisos en los soportales de la plaza mayor. Cuando llegamos estaba bobinando un rotor. El mismo portal de casa le serbia de taller. Los saludos fueron efusivos y Antonio le entregó otro regalo que también traía para él. Mientras se abrazaban y se daban besos tuve tiempo de fijarme que en el mismo banco habia una segunda generación trabajando junto a él. Y la tercera merodeaba y enredaba por el suelo. ¡No habia dudas de que se trataba de un negocio familiar!. Uno de los niños alargó su mano y cogió una arandela. "Grand Papá" no abrió la boca y casi ni le miró pero le pegó con el mango del destornillador y el niño dejó la arandela. Sencillo. Terminamos nuestros saludos y prometimos volver a vernos.
Regresamos a Taghit antes del medio día. Eran otros 90 kilómetros de desierto nada mas; ¿que era eso en medio de estas inmensidades?. En ruta vimos tres camellos junto a la carretera que huyeron al ver nuestro coche. Uno era adulto y lustroso, los otros eran jóvenes y lanudos. Sobre la línea del horizonte habia otro que nos miraba tranquilo a la sombra de una acacia. Fue el único signo de vida con el que nos topamos en aquel desierto. No encontramos un solo vehículo.
Cuando llegamos de regreso al oasis el sol estaba en su cenit. Bajo la llanura pedregosa y gris por la que llegábamos se abría por sorpresa el palmeral verde de Taghit. Llegaba hasta unas inmensas dunas amarillas, al fondo. Sobre la tierra encendida destacaban manchas oscuras, descaradas, que nada restaban de luminosidad al paisaje. Eran el oasis, las palmeras, dos coches que subían por la carretera hacia nosotros, algún ganado... ¡El paraíso para un pintor!.
Todos los demás expedicionarios estaban reunidos en el vestíbulo del hotel, junto a la fuente. Almorzamos el menú habitual. El comedor estaba completamente vacío de otros clientes, como siempre, pero lleno de moscas. Retrocedieron ante una rociada de insecticida pero pronto volvieron a la carga.
Hacia mucho calor. Ya no podíamos saber cuánto porque el termómetro habia estallado, como era de esperar. Quizá fuera mejor así. Tras una sobremesa con algunas batallitas de anteriores viajes de Antonio la gente se fue a descansar al fresco de las habitaciones. A mi me pareció que habia que irse aclimatando así que salí a desafiar los elementos. Rafa se vino conmigo. Nos metimos en el pueblo buscando las sombras. Era un dédalo de callejuelas a veces cubiertas que se transformaban en túneles o de túneles que se transforman en callejuelas sin que fuera posible saber dónde terminaba una cosa y dónde empezaba la otra. Habia una entrañable mezquita con minarete de varios cuerpos superpuestos. Atisbamos por una ventana y vimos varios planos de arcos de herradura. Como en la mezquita de Córdoba, o la de Toledo. Como en las mejores mezquitas pero a escala mínima. Todas las antiguas construcciones del pueblo eran levantadas así. Se construían muros de carga cuando se trataba de hacer cerramientos o pilastras para espacios abiertos. Las pilastras en cuadro se cerraban con maderas a tope que hacían de capitel. Entre cada dos capiteles se tendían vigas de tronco de palmera cortados a lo largo. Se agrupaban varias de estas vigas para salvar cada vano. Entre vigas o muros se lanzaban pares también de madera separados entre sí. El cielorraso se formaba con unas piezas triangulares que no eran más que el arranque de las pencas de la palma. Hecho así el forjado se echaba el suelo, que era de barro. Si habia que subir un piso, casi nunca un segundo y nunca más, se hacia pilar sobre pilar o muro sobre muro. La cubierta de la casa no era más que el último de los forjados ya que aquí no llovía.
Al atardecer, después de merendar todos montamos en el coche y fuimos a ver unos grabados rupestres. Tiramos por un pequeño camino que seguía el cauce seco del "oued", una suave vaguada que nacía allí mismo, en el oasis, y que se perdía entre las dunas y las rocas del oeste. La vegetación era a veces verde y frondosa de palmeras o huertas y a veces escasa, raquítica cuando ya nos alejábamos.
Habíamos recorrido unos 20 kilómetros por tan coqueto camino cuando apareció una pequeña falla rocosa al final de una llanura de arena. Mas bien era un amontonamiento de pedruscos que se elevaba veinte metros y que se perdía a derecha e izquierda. El material era sedimentario. Algún empuje telúrico habia debido producir el destrozo montando un sedimento sobre otro. La acción del viento ayudado por la arena, que aquí no faltaba, habia ido suavizando las formas luego. En épocas prehistóricas la mano del hombre habia realizado su arte en este paraje. Eran imágenes de gacelas grabadas en la roca con un trazo firme y continuo, dibujos rítmicos una y otra vez repetidos. De no estar grabados en piedra diríase que se habían hecho rapidísimamente, con movimientos muy ampulosos de la mano. No cabría atribuirles grandes valores plásticos pero tenían una indiscutible autenticidad que no se podía confundir con un grotesco león que también habia por allí. ¡A despecho de la misma técnica ese era sólo el remedo de un falsificador!. Aunque bien pensado pudiera estimarse como parte de un diálogo entre falsificador y falsificado, como los que presenciamos cada día entre los diversos "ismos" de nuestros pintores...

dia 7 de julio, 1987.

El miércoles, durante el desayuno, Pepe sacó un pañuelo rojo, se lo puso al cuello y cantó eso de "Uno de enero, dos de febrero....": Efectivamente; ¡hoy era siete de julio, San Fermín!. Aprovechamos el tiempo visitando el oasis de Beni Abbes, a 130 kilómetros mas al sur. Mañana recogeríamos los coches y pasaríamos por allí pero, como hoy habia tiempo, nos propusimos ir a visitarlo para no tener que detenernos al día siguiente.
Cuando volvimos ya era media tarde. Mi sobrino habia llamado a Nordín; ¡los coches estaban terminados!. Solo habia que dejarlos secar. El calor ambiente era muy favorable. Los últimos momentos de luz los aprovechamos en el parking quintando el termostato, cambiando el agua del radiador y fijando el ventilador al coche. Habia que volver a pensar en nuestro objetivo de atravesar el Sahara. Mientras trabajábamos a la sombra de unos cobertizos del parquing Antonio tenia mas batallitas curiosas que contar. Eran inagotables y del estilo de...:

    - "...Una vez me encontré por aquí a un holandés que viajaba hacia Gabón en una bicicleta llena de cachivaches. ¡Por ejemplo, llevaba una alarma antirrobo!. Esa loca idea solo se explica si os digo que el chaval tenia diecinueve años y nunca habia salido de su casa, en la verde y suave Holanda. En los Controles los gendarmes se resistían a dejarle seguir. ¡Pero él logró realizar la travesía, finalmente!. Era un chico con suerte ".

Nos contó también...;

    - "En cambio hay locuras que se pagan mas caras. Dos japoneses se propusieron cruzar el desierto con uno de esos carritos orientales empujados a mano. Uno se sentaba y el otro empujaba, relevándose. Los vi hace 3 o 4 años andando entre Adrar y Reggane, mas al sur. Luego se metieron en el desierto del Tanesrouf, desaparecieron y nadie ha vuelto a saber nada de ellos".

Continuó contando otras cosas...:

    - "...Una vez divisé algo raro a lo lejos, en la inmensa llanura del Tanesrouf, en pleno desierto. Era un extraño punto negro en medio de la luz. Al ir acercándome me terminé por dar cuenta de que era una persona. ¡Uno hombre tirado en el suelo, allí solito!. Paré, baje, le volví la cabeza y... ¡le conocía de Madrid!. ¡Era un tal Jose, un chatarrero de San Martín de la Vega al que yo tenia costumbre de comprar alguna cosa cada vez que iba por allí!. Siempre me preguntaba, muy interesado, y se conoce que se habia decidido por lanzarse a la aventura, finalmente. Aunque no habia estado nunca antes en Africa se habia venido él solo conduciendo una vieja furgoneta y sin decirle nada a nadie. Estaba en medio del Tanezrouf cuando tubo una pequeña avería mecánica, una sencilla correa del ventilador rota, y se encontró desconcertado. ¡Era su primer viaje sahariano y se había lanzado inconscientemente a realizarlo sin siquiera pensar en llevar repuestos!. ¡Ni una pobre correa de ventilador!. Aunque estaba en la pista principal, bien marcada y habitualmente transitada, el miedo le venció, le desorientó completamente y le hizo abandonar el coche al poco tiempo. ¡Supongo que pensó que lo mejor seria terminar la etapa a pié...!, je, je, je.... Mientras, ya se habia bebido los pocos litros de agua potable que llevaba... ¡y el agua del radiador!. ¡Incluso se habia bebido un frasco de colonia!. Me lo encontré tirado en el suelo a dos kilómetros de la furgoneta apestando a colonia y muerte. ¡Creí que me moría de la risa...!. ¡Jua, jua, jua...!. Es un compendio de todo aquello que no se debe hace en un viaje Transahariano! ", nos hizo notar a titulo de moraleja.

    - "...Excepto lo de ser de Madrid... ¡ Jose lo habia hecho todo mal !. je, je, je... ", terminó la broma.

Todos quedamos en silencio. A mi me dejó pensativo considerando lo poco que habia de la tragedia al ridículo. Seguimos así charlando mientras el trabajo de quitar los termostatos adelantaba.

dia 8 de julio, 1987.

El 8 de julio de 1987 dejamos Taghit a las seis de la mañana, antes de amanecer. ¡Sin contar la calderilla de los 180 para subir y bajar a Bechar, teníamos por delante 500 kilómetros hasta Timmimoun!. De todas formas Antonio quería cubrir la etapa antes del medio día. La verdad es que en el "Nordin" habían hecho un buen "camouflage" con los Peugeot y, a esas horas de la mañana, amaneciendo y todavía con poca luz, los coches parecían como nuevos. A todos nos hizo mucha ilusión. Saltamos dentro y arrancamos rumbo sur.
Aquel día circulamos durante horas a través de un desierto inmenso cortado en canal de arriba a abajo por nuestra estrecha y rectilínea carretera solitaria. No encontramos a nadie absolutamente. Para un neófito como yo la circulación por el solitario sur argelino fue otra experiencia nueva. Algo impresionante. Aquello era sobrecogedor. Yo diría que acongojante. A las nueve de la mañana todavía no hacia excesivo calor. Si se sacaba el brazo por la ventanilla se podía saber cuándo rebasábamos los 37 grados. A las once de la mañana sacar el brazo equivalía a quemarse!. A medida que el sol subía nosotros bajábamos y el paisaje se iba haciendo más arenoso. Ello me proporcionaba una ración extra de placer. Paladeaba el color de aquellas dunas con deleite, sin formas ni anécdotas que me distrajeran de él.
Llegamos a Timmimoun a medio día. Se entraba a través de un fascinante arco de adobe con grandes frases en francés y árabe anunciando la ciudad como "El Oasis Rojo". Dentro todo estaba lleno de formas audaces, fantásticas. Parecía el decorado de una opereta. El camino se me hizo largo hasta que llegamos al hotel "Gaourara". En aquel oasis la arquitectura era de un furor nacionalista como yo no habia visto nunca antes. Lo más antiguo era de barro y lo moderno se construía en cemento pero respetando las formas que el barro exigía; suaves y redondeadas, con largos contrafuertes y muros desplomados. Lo moderno no desentonaba nada construido entre lo antiguo. Ahora entendía porqué llamaban a Timmimoun "el Oasis Rojo". Aquí, salvo las palmeras verdes, todo era rojo.
Iba cayendo la tarde y el calor no amainaba pero decidí dar un paseo a pie hasta la entrada del oasis. Quería volver a ver aquel arco. Empezó a anochecer y todo se llenó de una dulcísima paz; ¡el sol nos daba un respiro!. Algunos árabes con vestiduras blancas o azules paseaban y se sentaban en el suelo rojo. Supuse que iban a ver si pasaba algún vehículo, pero por allí no pasaba nadie. Disfrutaban de la tarde, sencillamente. Formaban grupos de tres o cuatro y charlaban con mesura. En un grupo uno se habia quitado el turbante y otro le afeitaba la cabeza a su lado. En otro hacían tertulia unos chicos jóvenes. Uno de ellos estaba comentando un periódico. Estaba encabezado con la fecha del día, pero también con la feche correspondiente de la era musulmana; 1509. Yo percibía la fragancia de un mundo islámico que no conocía. No olvidaré este crepúsculo. Solo la noche termino por hacerme regresar al hotel.

dia 9 de julio, 1987.

Que el viernes 9 de julio amaneciera radiante en Timmimoun no me sorprendió. Sí lo hicieron las vistas panorámicas que descubrí en la terraza. Estaba orientada hacia la "sehbka", un antiguo lago salado, una inmensa depresión blanca, y desde ella se divisaba un panorama deslumbrador. La "sehbka" era la principal razón de ser del hotel, y no la de albergar a unos viajeros que también brillaban... ¡pero por su ausencia!. Por el vestíbulo pululaba un joven guía local. Hablamos con él, lo contratamos y salimos en dos coches a visitar aquello.

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