VIIº RAID TURISTICO A BURKINA FASO; Marruecos, Mauritania, Malí & Burkina Faso

aleros de una casa de Djenne, Malí un camión en el sur marroquí casa de un marabú en Segou, Malí mama y los niños van al mercado, Bamako ovejas de Mopti, Malí bajo un baoba de Segou, Malí detalle bajo el baoba, Malí
en la playa de Nouamghar, Mauritania en el desierto mauritano en la playa de Boujdour, Marruecos graneros dogon y baoba, Malí joven peul en la llanura dogon, Mali chicos de Gao, Mali poblado peul del delta del Bani, Mali

 

 

PREPARANDO EL VII RAID A BURKINA FASO DURANTE EL INVIERNO 2008 - 2009...


CARTEL DE PRESENTACION DEL VII RAID A BURKINA FASO, AGOSTO 2009.
VIIº RAID TURISTICO A BURKINA FASO; Marruecos, Mauritania, Malí & Burkina Faso
 
 
EN "AUTO VERDE 4X4" 01/2009,  ANUNCIANDO LA PRESENTACION DEL RAID EN "FITUR 09".
ANUNCIO EN AUTO-VERDE 4X4, ENERO 2009
 
 
EN "FITUR 09", FERIA DE TURISMO DE MADRID, PRESENTANDO EL RAID.
VIIº RAID TURISTICO A BURKINA FASO; Marruecos, Mauritania, Malí & Burkina Faso
 
 
EN EL PERIODICO "ABC",  29/03/2009,  PRESENTANDO EL RAID '09.
PRESENTANDO EL RAID 09 EN PRENSA...
 
 
FESTIVAL "AL AIRE TT" EN ALOVERA, GUADALAJARA,   07/03/2009,  PRESENTANDO EL RAID '09.
PRESENTANDO EL RAID 09 EN EL FESTIVAL ALAIRE TT DE ALOVERA, GUADALAJARA...
 
 
EN EL PERIODICO "DIARIO DE SEVILLA" DE SEVILLA, 6/07/2009.
EN EL PERIODICO DIARIO DE SEVILLA, DE SEVILLA, DIGO...

 

 

 

 

 

 

VIIº RAID TURISTICO A BURKINA FASO; Marruecos, Mauritania, Malí & Burkina Faso
 
  relato de  Antonio Ortega Viota    &    imagenes de  Jose Luis de la Cuadra.  

 

LOS PROTAGONISTAS "2009"...

 

- el Peugeot 505 de   "OAV".
- el subaru Outback de   "subiyama".
- el Seat Cordoba de   "burbujo".
- el Nissan GR de   "RRV".
- el Mercedes 300 D de   "aminata".
- el Ssangyong Kyron de   "rubenkiron".
- el Nissan GR de   "javesi".
- el Toyota 4Runner de   "comandirski".
- el Toyota kzj70 de   "vitaraToyotero".
- el Toyota Hilux de   "Jordi-manguito".
- el Nissan pick-up de   "ladrillo".
- el Discovery II de   "nachoraid".
- el Toyota HZJ 200 de   "carlost".
- el Toyota HZJ 105 de   "marla".
- la Mitsubishi L-200 de   "juan tomas"
- el Mitsubishi L200 Grand Raid de   "aitorerg".
- la Wolkswagen Transporter T4 de   "liona".
- el Toyota land Crussier de   "joseluis toyota".
- el Nissan Navara de   "telemaco".
- el Renault 11 de   "ana".

 

- el Renault Laguna de   "yak".
- el Suzuki Swift de   "chema".
- el Nissan Navara de   "RAM".
- el Citroen Dyane 6 de   "centauro".
- el Nissan Patrol de   "rafalin".
- el Nissan Terrano de   "omeya".
- el Hyundai Santa Fe de   "antonioCT".
- el Toyota HZJ 120 de   "Koino".
- la Mitsubishi L200 de   "xgrunge".
- el Toyota hdj 90 de   "suerte loca".
- el Discovery III de   "MIKAM".
- el Ssangyoung de   "kotu_4x4".
- la Suzuki V-Storm 650 de   "tarisia".
- la BMW 650 de   "gordopilo"
- la Honda 125 de   "raulriver"
- el Toyota HDJ 100 de   "jordi-tracks".
- el Toyota Land Cruiser 105 de "jesus-tracks".
- el Toyota KDJ de   "rafa resina".
  y otros compañeros mas
  que andaban "por ahí"...

 

        Madrid, 1 de agosto 2009. Primer dia del RAID:

        Un viaje a África Negra siempre es una película de aventuras, y la “bajada” desde España hasta Burkina Faso atravesando Marruecos, Mauritania y Malí conduciendo mi viejo Peugeot 505 durante el pasado mes de agosto 2009 no fue una excepción. Mi “road movie” particular empezó el uno de agosto 2009 bajo el aplastante sol que uno se puede imaginar cayendo habitualmente en la plaza de España de Madrid cualquier medio día de verano. Lo raro era la extraña caravana que salió de allí rumbo a la carretera de Extremadura a media mañana formada por el Ssangyong “Kiron” nuevo de Rubén y su mujer mejicana, el antiguo y muy bonito Citroën Dyane 6 año 1980 azul de los jovenes Jesús y Tomas, y mi también muy antiguo pero bien cuidado y preparado Peugeot 505 turbodiesel del 82; ¡que carácter y que personalidad tenían estos coches de los años 70, cada cual con una estética y unas características técnicas completamente diferentes a los demás!.

¡La suerte estaba echada y tomabamos el camino de “La Vía de La Plata” rumbo a Algeciras y el Estrecho de Gibraltar, por fin!. Los cinco llevábamos en la cabeza la ilusión del viaje al valle del río Níger, irnos hasta África Negra. La música de la radio que había instalado ayer sonaba estupendamente, tenia “mp3” y llevaba una tarjeta de memoria con una lista que me había “bajado” de la cyber-revista “Rolling Stone” con las mejores 500 canciones de la historia según ellos. “Aquí falta mas musica “reggee” para mi gusto”, pensé mientras subia el volumen y apretaba el acelerador. La luz del medio día era intensa y el trafico tambien, aunque lo suficientemente fluido como para permitirnos rodar a unos 120 kilometros por hora.

Recorridos unos doscientos y llegando a Trujillo nos encontramos en la cuneta de la autovia parado a un motorista con una BMW 650 llevando en el portaequipajes una bolsa de viaje grande, una tienda de campaña y un saco de dormir. Al verle pensé en Nacho, no sé porqué; saqué el móvil, le llamé y… ¡era él, efectivamente!, ¡que casualidad!. Paramos, le echamos una mano porque tenia un problema en el grifo de la gasolina, y quedamos en vernos un poco mas abajo, comiendo en la plaza Mayor de Trujillo; el mundo es un pañuelo cuando uno se pone a recorrerlo.

Por la tarde enfilamos rumbo sur por la nueva “Via de La Plata”, rápida y solitaria, circulando muy deprisa a través de la dehesa extremeña. Habíamos quedado con otros compañeros en un bar de Sevilla para hacer nuestra particular “Salida Oficial” al atardecer. Antes de llegar encontramos unas empinadas subidas y bajadas que salvaban la sierra Norte de Sevilla, forzamos el ritmo de marcha y el pobre Citroën se quedó atrás. ¡Pero no había que preocuparse, le volveriamos a encontrar mas al sur empecinándose en que no le dejásemos atrás!. ¡Y llegarían hasta la mismísima falla de Bandiagara de la Republica de Malí, en el profundo corazón de África Negra, al valle del rio Niger, a rueda y con éxito en ese empeño…!. Esto acababa de empezar.

Ademas de una canícula importante, en el bar de Sevilla nos encontramos con un montón de amigos; estaban los Toyota 4Runner de Jose Luís y el KJZ70 de Samuel, estaba la “pic-up” Nissan Navara de Juan, había un Nissan Terrano y un Nissan Patrol de unos amigos de Córdoba, y varios todo-terreno muy bien preparados todos, ¡y un Renault 11 absolutamente “de serie” pero con tres chicas guapísimas dentro, sonrientes y muy simpáticas!, ¡y un pequeño Suzuki "Shift" blanco antiguo pero bien cuidado, también!. En la terraza había un ambiente de jovialidad y relax muy agradable que hacia presagiar una buenas vacaciones. También habían venido a despedirnos Pedro, un sevillano muy simpático con muchas ganas de acompañarnos pero poco tiempo para hacerlo, y todos sus amigos del “Club Hispalis 4x4” de Sevilla.

La caída del sol fue la señal de salida de la caravana sevillana rumbo al Estrecho. Íbamos de novedad en novedad, “Estrenando autopistas”, pensé yo, y me gustó el nombre que le habían puesto a esta que nos llevó hasta

Algeciras; “La Ruta del Toro”. Luchaba contra el sueño y el cansancio cuando unos fogonazos de luz muy blancos, fuertes y rápidos, numerosos y todos a la vez, me espabilaron llamándome la atención desde lo alto: “¿Llegan los marcianos, por fin?”. No. Eran las balizas en altura de unos molinos de viento gigantes que no se veían en la oscuridad.

Del negro azabache, bravura y “sin tendencia de chiqueros” de “La Ruta del Toro” pasamos al traje de luces de la bahía de Algeciras, “er niño de Gibraltar”; tras superar el ultimo cambio de rasante de la sierra de Los Alcornocales apareció una espectacular bahía llena de luces, una autentica “Monumental”. Siendo ya la una de mañana como era, mas que una utilidad practica aquel derroche de energía parecía ser un querer deslumbrar a África, que se adivinaba al otro lado del mar, en la oscuridad, bajo la luz de la luna. Yo pensé que seria mejor no andar molestando...

Mientras conducía despacio por el pueblo buscando la entrada al Puerto mentalmente me quise poner en la piel de uno se esos Negros que llegaban a Europa en pateras clandestinas y veía todo esto; estas naves industriales y grandes almacenes, los escaparates de las tiendas, la refineria… todo luciendo excesivamente. "¡Seguro que yo seria uno de esos Negros saltando el Estrecho sin permiso para venir a intentar mejor suerte en este lado si viviera allí, si fuera uno de ellos!, ¡seguro que si!". La oscuridad que había al otro lado del Estrecho era impresionante, gritaba pidiendo ayuda, era como una película de miedo, y tuve un recuerdo para esa gente muriendo en el intento de salvarse. Pero fue corto. Y luego me sentí culpable, con cargo de conciencia y remordimientos por sus penurias. Para solucionarlo me prometí a mi mismo que en este viaje debería hacer algo por ellos, no podía volver a irme a África de vacaciones, a descnsar y disfrutar, y seguir sin hacer nada, luego. Realmente me estaba poniendo a la defensiva ya, antes de embarcar...

Cuando entramos en la Terminal del Puerto de Algeciras era muy tarde, mas allá de la una de noche. Estaba tan cansado que no tenia ganas ni de cenar, y decidí irme todo derecho a dormir a pesar de que se veía mucho “ambiente” en los tinglados; había una gran cola abarratoda, la de Tánger; “Seguro que los últimos llegados deberan esperar tres o cuatro rotaciones de barcos antes de poder embarcar, unas dos o tres horas de espera”, pense. Mejor ir a ponerse en la de Ceuta. Allí no había casi nadie. ¡Solamente una veintena de coches todo-terreno y turismos mas o menos “preparados” adornados con planchas de desatasco, bidones “jerry-can”, ruedas, palas y tiendas de campaña en los portaequipajes, ¡y adhesivos del “VII RAID A BURKINA FASO 2009” pegados en las puertas! ¡Eran los compañeros de viaje!. "Biennnnnn...". Entre los veinte que estaban allí y las dos docenas que veniamos de Sevilla nos juntamos una buena tropa, allí.

Habitualmente, todos los años por estas fechas yo dormía allí mismo, sobre mi cama de camping estirada en el suelo de cualquier rincón escondido del Puerto lejos de las luces, el barullo y el ruido de la Terminal principal. Pero esta vez aparqué en la misma cola que todos alineándome correctamente, “en primera fila” aunque sabia que no era buen sitio. “¿Dónde va Vicente?; donde va la gente”, me dije yo. Luego me pasé un buen rato saludando al personal. ¡Allí estaba todo el mundo!, unos cuarenta y cinco muy variados vehículos con sus muy pintorescos ocupantes. ¡Había de todo, allí!. Y de los que me habían dicho que iban a venir solo faltaban los trece Land Rover del equipo DISCOVERY TEAM de mi amigo Nacho el sevillano y los cinco Toyotas de Jordi, el catalán de AFRICA TRACKS. Incluso había venido Yakoroní, el senegalés, con su Renault Laguna de estricta serie; era uno de los mas animados porque se iba de vacaciones a casa, a Thies, a su la Republica de Senegal querida del alma. Me contagiaron la ilusión y los nervios, y me debieron dar las dos o las tres de la madrugada antes de poder cerrar los ojos allí mismo, tirado en el suelo junto al coche, en la cola de embarque.     "Mañana será otro dia", me dije...

( sigue... )


RUINAS ROMANAS DE LIXUS, CERCA DE LARACHE, MARRUECOS.


MUJERES CERCA DE LAS RUINAS DE LIXUS, LARACHE, MARRUECOS.


SALINAS DE LIXUS CERCA DE LARACHE, MARRUECOS.


VISTA PANORAMICA DE LARACHE DESDE LAS SALINAS DE LIXUS, MARRUECOS.

 

        Algeciras, 2 de agosto 2009. Segundo dia:

        Acababa de cerrar los ojos acurrucado en el suelo junto al coche como una gallina cuando un Oficial del Puerto me vino a despertar apremiándome a arrancar y subirme al barco; “Vamos, que nos vamos”, me dijo dando palmas muy andaluzas. Miré el reloj, me di media vuelta y seguí durmiendo; “Tenemos la “SALIDA” a las 05.30 h. ¡que ya está bien!, y no me pienso levantar antes; ¡si acabo de acostarme!”, me dije somnoliento. Los mas de cuarenta coches del RAID que estaban detrás mío hicieron lo mismo, y vi al hombre con el rabillo del ojo bastante desorientado; “¿Pero que es esto?, ¡que hace aquí toda esta gente, en la cola de embarque pero sin embarcar…! ”, debió extrañarse.

A las 06.30 h. aparecieron también los trece Land Rover del DISCOVERY TEAM de Nacho y los cinco Toyotas del equipo AFRICA TRACKS, que habían pernoctado en un hotel cerca de allí. Así que con ellos sumamos sesenta y dos vehículos en la SALIDA; tres motos, seis turismos 4x2 y cincuenta y tres 4x4 entre todo-terrenos puros y SUV’s. La SALIDA efectiva consistió en hacer una “porra” voluntaria de diez euros por vehiculo en la misma fila de embarque al ferry de Ceuta, “porra” que se deberían llevar el o los ganadores del VII RAID al llegar a Ouagadougou; “A ver quien es el que consigue pasar debidamente por mas “Controles de Paso” de los cuarenta que están establecidos en los horarios indicados”, le decía yo a todo el que cotizaba. Hubo gente que no quiso participar en la “porra”; eran los que querían ir pero desistían de participar en el VII RAID, “¡a África va todo el que quiera!”, o los que no pensaban realizarlo en su totalidad y darse la vuelta la primera semana, al llegar a Mauritania.

Un bonito amanecer en un puerto de mar es insuperable, mas bonito que en cualquier otra parte. En Algeciras teníamos el mar delante iluminándose poco a poco apareciendo como por arte de magia, el despertar de la ciudad y sus sonidos detrás, las montañas de Los Alcornocales mas allá, y las del Djebel Musa en el otro del Estrecho vislumbrándose poco a poco entre la bruma. Allí se podía disfrutar con los cinco sentidos, incluido el tacto cuando la humedad del mar te impregnaba la piel y la ropa. A los cerca de ciento cincuenta participantes se nos veía disfrutando ilusionados, se nos notaba a todos en la cara mientras embarcábamos muy contentos rumbo a África, viento en popa a toda vela.

Al atracar en Ceuta ya había llegado la mañana, también. El muelle al que atracamos enfrentaba un contramuelle que cerraba un pequeño puerto por el oeste. Tenia un faro sobre una torre de contrafuertes plantado en mitad del morro, que era bajo y estaba defendido por varios círculos de bloques. Parecía que los iban añadiendo cuando se hundían. El espadón era alto, de sillares hexagonales. La mañana temprana en Ceuta era agradable, silenciosa, la de una ciudad provinciana que invitaba a un grato vivir. Al bajar del barco y salir del puerto rumbo a la frontera de Marruecos pasé delante de la fortaleza, un amasijo de construcciones militares. Los muros tenían paramentos en talud, fosos y refuerzos de otros muros. Delante de la fortaleza y antes de llegar a la playa había una dársena repleta de embarcaciones de recreo. Unos guardias vigilaban y al pasar nos miraron con desconfianza.

A las 09.00 h. de la mañana yo ya estaba rodando por territorio marroquí, por la nueva autovia que bordeaba el Estrecho de Gibraltar entre Ceuta y Tánger, la que discurría arriba y abajo por delante del nuevo Puerto de “Tánger-Mediterráneo”. Iba feliz y contento. La travesía de la frontera de Ceuta había sido fácil, ya olvidado el penoso tramite que había que hacer antes en aquel “quiosco” tercermundista que las Autoridades alahuitas mantenían precariamente en épocas del pasado rey Hassan II, en los años 80. Me había colocado al azar en una de las varias filas de vehículos bien ordenadas que encontré al llegar, fui circulando fluidamente hasta llegar a las cabinas informatizadas de la Policía y pasé rápidamente delante de unos Aduaneros preocupados solamente con los vehículos que tuvieran pinta de venir a “hacer negocio” luego. Parecía ser que este nuevo Régimen había decidido despojarse de aquellos antiguos complejos post-coloniales y decidido “normalizar” este Paso fronterizo. Tal vez había pensado eso de… “Ceuta caerá como fruta madura”, me le imagino pronosticando como lo había hecho otro gobernante similar ochenta años antes en España y hablando de Gibraltar....

A pesar de que todavía quedaban muchos compañeros en el Puesto fronterizo, nada mas pasarlo yo había salido desbocado rumbo a Larache, hacia el “Control de Paso nº2 ” rodando solo. La autovia de “Tánger Mediterráneo” subía unas muy altas y empinadas pendientes rumbo a Tánger. Eran las altísimas estribaciones norte del macizo del Rif escalando hasta el puerto de montaña del Djebel Musa, todo eso muy escarpado y entre rastrojos, algo de bosque bajo y matorrales. Había “dairas” blancas de adobes encalados, las típicas casas de campo marroquíes, desperdigadas menudeando por las pendientes laderas. Se veían algunas mujeres andando cuesta arriba y abajo ataviadas con trajes largos, marrones o azules, y tocas blancas o gorros de colores. Llevaban bolsas de plástico, y las palmas de las manos pintadas de rojo oscuro, como sangre renegrida. Eran las diez de la mañana nada mas, pero un sol de justicia empezaba a hacerse notar.

Llegado arriba me detuve a tirar unas fotos de las magnificas vistas panorámicas que se divisaban del Estrecho de Gibraltar y de la península de Ceuta. África aquí y Europa allí, el cielo y el mar muy azules, el Estrecho surcados por pequeños navíos que dejaban una estela blanca a su paso. Entonces vi que subía Samuel conduciendo en solitario su antiguo pero muy bien cuidado Toyota KZJ70, muy bonito, muy rectangular estilo Land Rover 109. Llegado a mi altura paró, se bajo con los pelos de punta y me pregunto el porqué se había ido todo el mundo del Puesto fronterizo sin esperarle, muy preocupado:
- “No te preocupes, esto es así. Aquí cada cual va a su ritmo. Preocúpate solamente si te pasa algo y debes llamar por teléfono a algún compañero de RAID, o a los “coordinadores” que somos Jose Luís o yo. O que alguien te llame a ti para pedirte ayuda”, le respondí tranquilizándole.
- “Yo creo que no se ha debido leer la “pagina web” donde pone como se funciona en este RAID. Aquí solo nos vamos a reunir en los “Controles de Paso”, realmente…”, me dije a mi mismo.
- “Este es “el crimen perfecto”; viajar por África del Oeste solo, conduciendo tu coche con libertad y a tu propio ritmo, pero con un montón de compañeros “por la zona” dispuestos a ayudarte si te pasa algo: ¡Esto está bien pensado!”, me dije contento dándole un pisotón al acelerador del viejo Peugeot 505 para salir corriendo delante de la espesa nube de humo negro del diesel al mismo tiempo que subía el volumen de la música y miraba en el plano cuantos kilómetros había hasta Larache, donde pensaba comer.
- “Ciento cincuenta kilómetros. Vaaaamos allá”, me animé a mi mismo. Aunque no me hacia falta.

Llegué a Larache antes del medio día. Había que desviarse de la autopista unos kilómetros y pasar delante de unas salinas de extraordinarias fragancias y las muy antiguas ruinas romanas de Lixus, en la orilla derecha de la ría que desembocaba en Larache;
- “Un día de estos me voy a detener aquí y visitar estas ruinas a pie…”, me dije.
Pero hoy tampoco seria, porque estaban en lo alto de una colina y no tenia ganas de andar por allí cuesta arriba, haciendo el cabra, hoy. Seguí directo a buscar algún bar a la plaza del pueblo. El sol estaba en el cenit. Sobre la tierra encendida destacaban manchas oscuras, descaradas, que nada restaban de luminosidad al paisaje.

Eran la ría, algunas acacias, unos coches que venían por la carretera hacia mi, algún ganado... Para un fotógrafo debía ser algo más que un desafío. Yo no lo era pero tenia un deseo lacerante de sumergirme en el color, ¡me gustaría tanto saber hacer buenas fotos, guardarme para mi y para siempre esos instantes…!. No es transmisible en palabras esa sensación de hallarme ante el reto y el misterio de atrapar el hallazgo. Era el ansia de vislumbrar y no poder atrapar...

Larache se levantaba en el margen izquierdo de la desembocadura del río Loukos. Era una ciudad de casas bajas sobre las que sobresalían los minaretes de planta cuadrada adornados con azulejos verdes que relucían al sol. Llamó mi atención la ausencia de monumentos a pesar de su aspecto europeo, yo diría que mediterráneo. Lo que sí se veía eran banderas rojas marroquíes ondeando por todas partes, como si fuera el día de la Fiesta Nacional, aunque no lo era. El medio día se puso brumoso, el aire espeso y el calor agobiante. Me refugié bajo los soportales de la plaza Mayor, una plaza circular diseñada por los colonos españoles a principios del siglo XX lindando con la vieja medina árabe mucho mas abigarrada, sombría y fresca, seguramente del siglo VII u VIII. A mi me daba la sensación de que debía haber sido un coso taurino, la verdad. Me encontré a un montón de compañeros de RAID acurrucados también a la sombra de los soportales provistos de buena guarnición de coca-colas gigantes y cámaras de fotos encima de las mesas. Quiero ahorraros las presentaciones de los mas de treinta aventureras y aventureros allí presentes, cada cual hijo de su padre y de su madre, un grupo muy variado; “cuatreros”, gente con y sin experiencia en África, enterados y despistados, turistas, veraneantes y viajeros.... había de todo, “como en botica”… Los cinco Toyotas del equipo AFRICA TRACKS pasaron por delante y, aunque no se detuvieron, llamaron la atención de toda nuestra terraza por su bien cuidada preparación. Quedaron bautizado como “El Equipo de Los Helicópteros” allí mismo inmediatamente. Yo me limité a sentarme a la sombra, pedir otra coca-cola de medio litro también, reclinarme en la silla y escuchar, mirar, ver pasar a la gente, sencillamente, dejando las visitas a pie a la medina y a la playa para otro día, en otra ocasión…

A las cuatro de la tarde pusimos el “Control de Paso nº 2” en la plaza del pueblo como convenido. Algunos chicos jóvenes del lugar se acercaban a preguntar, los niños nos pedían “pins” y gorras de publicidad. Un camarero de una de las terrazas que había en los soportales se acercó a ofrecernos algo de bebida, le pedimos té verde y nos sirvió un vaso totalmente lleno de hojas, parecía un fragmento de selva tropical cautivo en un vaso. Varias familias marroquíes se quisieron hacer fotos con nosotros, y posamos todos muy sonrientes. Ni Jose Luís ni yo llevábamos reloj así que estuvimos un rato, “apuntamos” a todos los compañeros que vimos por allí, les entregamos unas hojas que llevábamos preparadas con información para llegar al siguiente “Control de Paso nº3 ” en el fuerte de los Oudayas de Rabat, recogimos “el chiringuito” y seguimos ruta hacia el sur.

Iba por autopista, el trafico era espeso, muchos de los vehículos eran de veraneantes con portaequipajes sobrecargados y matriculas europeas. Hacia calor e iba cayendo la tarde. Entré en Rabat siguiendo el cauce del río Bouragreb y me dirigí la desembocadura dominada por el fuerte de los Oudayas, piratas del siglo XV que vivían del asalto a los navíos portugueses y españoles que navegaban por la costa atlántica; les asaltaban, amarraban los barcos con cabos y los remolcaban hasta la ría, en la cual se dedicaban al saqueo tranquilamente. Si los oficiales o pasajeros se descubrían de familias pudientes quedaban prisioneros, y debían ser liberados a cambio del pago de un rescate, pago que se realizaba mediante la intermediación de los “oulemas” musulmanes de la plaza y la iglesia Católica del lugar del secuestrado.

En el fuerte de los Oudayas tuve tiempo para descansar otro buen rato. Como lo que me apetecía era sentarme a la sombra, me compré un helado y un periódico y me entretuve leyendo las noticias del día, a ver que era lo que movía la actualidad local. Y hubo una relativa al POLISARIO que me llamó la atención; bajo la sempiterna imagen del joven Mohamed VII recibiendo una visita en un salón del Palacio real de Tánger se hablaba de una ceremonia de pleitesía que acababa de rendir al rey un tal Ahmedou Ould Souilem. Leí mas despacio; por lo visto, este señor era hijo de un antiguo Diputado español de epocas de Franco designado por los territorios de la provincia del Sahara Occidental. ¡Mas atención!. Era el “cheikh” o “jefe de gran familia” de los Ouled Delim, una de las tribus mas importantes del Sahara Occidental, una elite social local con muchas e históricas relaciones de todo tipo con los “sultanes” marroquíes; comerciales, familiares, militares… había adherido al POLISARIO en 1975, poco después de su creación y en el momento de la muerte de Franco, cuando creyó llegado el momento de la independencia del Sahara Occidental. Dada su moderna educación ocupó importantes puesto directivos del Partido independentista representándolo en el extranjero; Teherán, Luanda, Bissau, Panamá… Luego había participado en la “Comisión de Identificación” organizada por la ONU para determinar el Censo Electoral que debía participar en el Referéndum de Independencia recomendado por el Consejo de Seguridad en 1993. Parecía ser que un conflicto personal con Mohammed Abdelaziz le había apartado de los puestos directivos del Partido el año pasado, y le había empujado a marcharse de los campamentos de refugiados de Tindouf. había estado refugiado en España. Y había acabado por engrosar todo aquel muy abundante mundo saharaui de exresponsables del POLISARIO pasados a Marruecos. Cuando terminé de leer la noticia pensé que estos debían estar contentos con los avances que estaban haciendo últimamente en su causa de recuperación de aquellos territorios que le habían sido arrancados a finales del siglo XIX en la “Conferencia de Berlín” por las Potencias coloniales de la época. Y que no había mejor cosa que hacer unos breves esfuerzos democratizadores en el mundo árabe para conseguir que la Comunidad Internacional cualquier cosa que se necesitase.
- “Ellos te lo quitaron y ellos te lo devuelven”, me dije…

Estaba acordado que ese “Control de Paso nº3” se pondría a las siete de la tarde allí, en la puerta principal del fuerte de los Oudayas. Fueron pasando casi todos los compañeros excepto los del equipo DISCOVERY y los del AFRICA TRACK, cosa que ya empezaba a parecerme habitual. Y a las siete y media yo ya estaba saliendo rumbo sur. Iba a toda velocidad porque todavía me quedaban mas de doscientos cincuenta kilómetros y debía estar en Marrakech a las once de la noche pasando por el “Control de Paso nº4”;
- “Va a ser difícil, esta muy lejos, esto está mal programado…”, maldije!. Pero no sabia a quien quejarme porque lo había programado yo.

Iba cayendo la tarde. El naciente había sido violeta esta mañana pero el poniente era azul ahora, justo al revés que por la mañana. Era la presencia de la humedad matinal de la costa y la ardiente sequía de la meseta en el camino vespertino de Marrakech ahora lo que hacia ambos crepúsculos distintos. La nueva autopista de peaje, estupenda, y la oscuridad creciente del crepúsculo que inutilizaba los radares manuales de la Gendarmería motorizada se convirtieron en inesperados aliados para permitirme rodar a 150 kms./hora y llegar en hora. ¡Lo que no pude hacer fue aparcar junto la plaza de Jma-el-Fna, y terminé presentándome en el “Control de Paso nº4” con veinte minutos de retraso!. Maldición. ¡Vaya cara de escepticismo pusieron los compañeros que me encontré allí, por no decir de otra cosa…!. Menos mal que no nos conocíamos bien y que se guardaban las formas, todavía, je, je, je...

( sigue... )


"CONTROL DE PASO 02" EN LA PLAZA DE LARACHE, MARRUECOS.


PLAZA DE LARCHE, MARRUECOS.


PLAZA DE LARCHE, MARRUECOS.


PLAZA DE LARCHE, MARRUECOS.


"CONTROL DE PASO 03" EN LA PUERTA DEL FUERTE DE LOS OUADAYA, RABAT, MARRUECOS

 

        Marrakech, 3 de agosto 2009. Tercer dia:

        ¡Por fin una noche dormida como Dios manda, la disfrutada en el modesto hotel 2* “Laila” de Marrakech!. Hacía varias que no gozaba de ese placer, las ultimas en Madrid habían sido puro nervio porque, siendo Jose Luís de la Cuadra y yo quienes habíamos liado a todo ese mundo, cada vez que abría Internet y veía que la lista de participantes se hacia mas grande mi tranquilidad se hacia mas pequeña. ¡Pero la suerte ya estaba echada ahora, y yo disfrutaba de mis vacaciones, por fin!. ¡”La cosa” no tenia remedio, así que ya solo me quedaba relajarme y disfrutar lo que se pudiera!. Y podía por ahora.

El tres de agosto amaneció despejado. Madrugué para poder hacer los doscientos cincuenta kilómetros que había hasta Agadir por la mañana y poder pasar la tarde tirado en la playa. Pronto me encontré en ruta. Recorrí unos primeros setenta caóticos kilómetros de carretera regional en la que había que ir atento esquivando todo tipo de vehículos circulando de cualquier manera; ¡se acabó la autopista, tocaba enfrentarse a la cruda realidad!.

En Chichaoua un accidente nos cerraba el paso; no había sido gran cosa pero la Gendarmería estaba haciendo el atestado, habían pintado en el suelo la silueta de los dos vehículos con tiza como si fuera el cadáver de una película del inspector Colombo, y estaban tomando medidas con una pequeña cinta métrica de costura mientras todo el mundo se quedaba quieto mirando. Allí me desvié y enfilé rumbo sur hacia Agadir para atravesar la cordillera del Atlas por una pequeña carretera comarcal absolutamente desbordada por el trafico.

El terreno era de naturaleza sedimentaria. Creo que se trataba de arcillas. Llegados a Imintanouté la carretera se incrustó con bravío en un desfiladero verde plantado de palmeras de pronto, y empezó a subir con valentía; ¡por allí se atravesaba aquella cordillera!. Nos adentramos en un bosque de robles muy mediterráneo primero. Luego circulamos por una zona de matorral y bosque bajo. De cuando en cuando atravesábamos alguna población. En la subida empecé a encontrar a compañeros de aventura, y alcancé el Renault 11 de “La Chicas de Oro”, tres muy simpáticas que me tenían enamorado y desorientado; “¿A donde querrán ir?. ¿Intentaran llegar hasta Ouagadougou con ese coche?. ¡Que aventureras!. Me gustaría que pudiesen llagar…”, me decía yo escéptico cuando no las conocía todavía; ¡fueron uno de los dos únicos coches que llegarían al Golfo de Guinea, luego!. También alcancé el Ssangyong de Alejandro y el Toyota Land Crussier de Jose Luís y les adelanté. A mi me gustaba rodar bastante rápido y no eternizarme recorriendo unas distancias que siempre eran enormes en África. Un poco mas allá adelanté a un camión que rodaba tan despacio que solo le quedaba meter la marcha atrás, pero fue pisando la línea continua y justo delante de una pareja de la Gendarmería Motorizada; me pararon y me pidieron 400 dirham de multa, les expliqué que ese era mi presupuesto para pasar una semana de vacaciones por Marruecos, se apiadaron de mi y me dejaron seguir gratis.

Seguimos subiendo y bajando la cordillera requemada por el sol. Me recordaba los páramos de Castilla pero cuesta arriba y abajo. Aunque aquí no había rastrojos si crecía una hierva seca del mismo color. En las depresiones subsistían charcos de agua. Se veía que estaban contrayendo una autopista como la dejada atrás en Marrakech, pero con las pronunciadas pendientes que había por todos lados aquello parecía una obra de titanes.

Llevaba unas tres horas conduciendo cuando llegue a un pueblo con una gasolinera, e hice un alto. Estiré las piernas dando un paseo por las calles con la excusa de comprar agua mineral. También di rienda suelta a las otras, que se venían haciendo notar desde hacia un rato. El termómetro marcaba cuarenta grados. Las casas eran sencillas, de una sola planta. Era un dédalo de callejuelas, a veces cubiertas, que se transformaban en túneles a veces; ¡o de túneles que se transforman en callejuelas sin que fuera posible saber dónde terminaba una cosa y dónde empezaba otra!. En una acera defendida del sol por un toldo había una terraza de bar. Estaba muy concurrida por jóvenes, sólo varones, que tomaban refrescos de naranja. Sonaba música estruendosa. Les saludé; “Bonjour”. Me respondieron “Salam”. “Seguramente hablan de chicas, o de la mili”, me imaginé yo. “Son muy jóvenes para estar casados, o licenciados, si no hablarían de fútbol…”, seguí pensando solo, peligros de irse de viaje solo al desierto… había una coqueta mezquita en un rincón recoleto con minarete de varios cuerpos superpuestos.

Miré por una ventana y vi varios planos de arcos de herradura. “¡Que bonita. Como en la mezquita de Córdoba, o la de Toledo!”. Era como en las mejores mezquitas pero a escala pequeña. La forma de construir era la típica de esta zona del Atlas marroquí; todas las casas se veían iguales: La fábrica se hacia con piedras del tamaño de adoquines. Estaban embebidas en barro, no era mampostería piedra sobre piedra. Era barro que contenía piedras. La resistencia de la fábrica era la del barro por esa razón. Se construían muros de carga cuando se trataba de hacer cerramientos o pilastras para espacios abiertos. Las pilastras tenían sesenta centímetros en cuadro y se remataban con maderas a tope, que hacían de capitel. Entre cada dos capiteles se tendían vigas de tronco de palmera, rectas y largas, cortadas a lo largo y apiladas, como nuestras vigas laminadas. Se agrupaban varias de estas vigas para salvar cada vano. Entre vigas o muros, se lanzaban pares también de madera separados entre sí unos setenta centímetros, una palma. El cielorraso se formaba con unas piezas triangulares que no eran más que el arranque de las pencas de la palma. Alguna viga que cedía por vieja se apuntalaba con un tronco de palmera. Hecho así el forjado luego se echaba el suelo, que era de barro. Si había que subir un piso o dos, nunca más, se hacia pilar sobre pilar o muro sobre muro. La cubierta de aguas no era más que el último de los forjados, y dejaba una terraza por tejado. “Aquí llueve y nieva mucho en invierno; ¡si se cae, mala suerte!, deben pensar”, me dije. “Se empieza de nuevo con el mismo barro, y ya está. Es lo que nos recomienda Alá El Todopoderoso; ¿será la experiencia o la miseria la que daba esta fórmula de mínimos costes...?”, me pregunté. Las puertas tenían un metro y medio de altura, la de uno de ellos, que eran todos bastante enclenques por lo que se veía por allí. Las ventanas eran pocas o ninguna. Las viviendas en pié no miraban por encima del hombro a las ruinas tal como los éxitos podrían mirar a los fracasos. Aquí se codeaban en paz vivos y muertos, las moscas, las piedras como adoquines, el barro, despojos de palmera y respeto a la naturaleza. Aquí bien pudieron vivir a sus anchas Simbad “El Marino”, Aladino o Ali Babá. “¡Que guapo, que africano, que bonito, que autentico…!”, me exclamaba yo en plan “giri” total, y me olvidaba de tirar fotos, labor primordial de cualquier turista que se aprecie… Antes de arrancar llegaron dos coches de otros participantes. Pararon un momento, me saludaron y siguieron su ruta tomándome la delantera. Eran catalanes y todavía no los conocía. Luego llegaríamos a intimar.

Al llegar a Agadir tiré todo derecho hacia el Puerto. Delante acababa de construirse una Marina moderna y una pequeña urbanización de apartamentos playeros que todavía no se habían abierto. “No se a qué esperan, están estupendos”, pensé con envidia. Para llegar a ella había un pequeño Paseo Marítimo de unos quinientos metros, y las terrazas de varios restaurantes. Como acordado, entré en el primero y pedí permiso al Jefe para colocar la pancarta del “Control de Paso nº 5”. El “mufti” no entendía nada, pero cuando le dije que esperaba a mas de cien participantes y que todos se tomarían algo en su cafetería me dio permiso enseguida. Era un buen comerciante. También le pedí una hamburguesa doble con queso, para comidas mas exóticas ya habría tiempo mas abajo. Se me había echo tarde y tuve que dejar lo del baño en la playa para luego, después de apuntar a todos los coches que fueron llegando. El mini paseo Marítimo se quedó pequeño. Vino un guardia de la Gendarmería Motorizada para poner orden en las dobles filas, pero cuando Jose Luís le hechó imaginación a la cosa y le dijo que “estábamos esperando a las cámaras de Televisión” se conformó y se puso a tocar el silbato allí para colaborar y hacer circular a los vehículos marroquíes que iban pasando despacio, curiosos, mirándonos.

Al anochecer decidimos recoger la pancarta y seguir camino hasta Tiznit, una hora de carretera mas al sur, donde habíamos quedado para poner el ultimo “Control de Paso” del día y pernoctar. La idea era no hacerlo en Agadir, donde los alojamientos eran todos mucho mas caros por la playa, magnifica. Seguíamos sin reloj los dos auto designados “controladores”, pero todos los participantes cooperaban lo suficiente para no tener que poner reloj; ¡quien quería “fichaba” y quien no quería, no “fichaba”. Sencillo.

Pernoctar en Tiznit fue mucho mas barato: Unos se alojaron en el 4* “Idou Anfa” a 60 euros, otros en el 2* “Le Paris” a 20 euros, y otros nos alejamos unos kilómetros del pueblo y levantamos nuestro propio campamento de campaña al aire libre con las tiendas de campaña en medio de una era, gratis. Ya digo; ¡sencillo!.

( sigue... )


"CONTROL DE PASO" EN LA PRIMERA TERRAZA DEL PASEO MARITIMO DE AGADIR.


PERNOCTANDO EN EL CAMPO CERCA DE TIZNIT, MARRUECOS.


ACAMPADA AL SUR DE TIZNIT, MARRUECOS.

 

        Tiznit, 4 de agosto 2009. Cuarto dia:

        Hoy teníamos delante pocos kilómetros por recorrer relativamente, pero si muchas novedades. Dábamos por terminada la travesía de las llanuras verdes del norte de Marruecos y de las escarpadas montañas del Atlas, y descendíamos hacia las planicies desérticas del Sahara, todo un mundo nuevo por descubrir.

Al salir del campo donde nos detubimos anoche varios coches se volvieron a Tiznit; “¿Dónde iran?, ¿me estaré perdiendo algo?”. Resultó que anoche llegaron tarde y hoy querían volver a visitar el pueblo. Era interesante porque toda la antigua medina, un barrio muy amplio, estaba protegido por una larga, ancha y alta muralla de adobe. Parecía ser que todos estos antiguos pueblos al sur de las montañas del Sahara, aglomeraciones importantes desde el siglo IX, cuando se empezó a popularizar el comercio transahariano, estaban bien protegidos contra los ataques de bandoleros del desierto. “...O soldados de otras ciudades vecinas con ganas de pelea”, pensé. "Los "hooligang" de la epoca cuando habia "torneo" debian ser la releche, por ejemplo...", je, je.

Otros coches, los todo-terreno 4x4, prefirieron ir hacia el sur por la pequeña carretera de la costa, la que llevaba hasta Sidi Ifni. Permitía acercarse al mar y visitar las largas playas de arena que caracterizaban esta parte de la costa atlántica. Anoche me habian dicho que se iban a visitar Playa Blanca. El nombre le venia del color de su arena, que en realidad era de restos óseos de moluscos marinos. Era muy poco compacta, atrapaba a los vehiculos que se aventuraban en ella y no los soltaba. Yo preferí evitar esas complicaciones y dejar las aventuras fuera del asfalto para latitudes mas tropicales; “Sidi Ifni. Donde “El Desastre”... ”, me dije. Y preferí no volver por allí, no fuera a ser que me pasase a mí también algo igual, otro desastre...

Enfilando hacia el sur superamos las ultimas estribaciones de la cordillera del Atlas, el Antiatlas. Y luego… ¡el Gran Regalo!. ¡¡El Sahara!!.

¡¡Como me gustaba el desierto!!. Por la mañana temprano se dibujaban lomas y montañas de piedras grises escarchadas de arena rojo salmón. El color era precioso. El desierto, como el mar, nunca era monótono. Multitud de cosas triviales cobraban gran protagonismo y el viajero quedaba continuamente abastecido de sensaciones: A la derecha un remolino de arena giraba como una peonza arrastrando su vértice por la llanura. No era otra cosa que una pequeña tromba de aire fresco movido por el calor, pero era mágico, a la vez. Aparecieron tres camellos en medio de la llanura que huyeron al ver nuestros coches. Uno era adulto y musculoso, los otros mas jóvenes y lanudos. Sobre la línea del horizonte, a la sombra de una acacia, había otro camello que corría por la llanura.

Llegue al oasis de Tan Tan antes del medio día. La caravana de vehículos que habíamos salido juntos de Tiznit se había disgregado y estaba solo, asi que decidí quedarme allí a descansar, esperarlos y comer. El pueblo crecía cada año, se adornaba de modernidad. Pero el auténtico oasis de Tan Tan construido en las riberas del Drâa seguía siendo siempre un bosque de palmeras que corría de norte a sur por el cauce de la vaguada en un valle alargado sobre el que se levantaban unas casas de adobe intemporales. Detrás había otras colinas de piedra roja que se adentraban en el desierto. El oasis podía tener trescientas hectáreas y, a ojo de buen cubero, unos tres mil habitantes. El valle estaba recorrido en toda su longitud por una calle, una sirga, que era la carretera que venia del norte y llegaba al oasis. A ambos lados de esta calle-carretera había edificios. Como el valle era alargado lo que quedaba entre la calle y el cauce del “oued” incluía una nueva mezquita con su minarete y su inevitable altavoz este año, y varios edificios oficiales nuevos construidos con buen gusto. Después del barrio moderno venia el antiguo. En el centro se había levantado el hotel “Sables d’Or”, donde me detuve a comer. Luego se atravesaba la vaguada con un badén y se llegaba al cementerio musulmán, que se llevaba la mejor tajada de la cornisa cercado por una alambrada. En él se enterraba a los creyentes mirando a la Meca, los hombres con dos piedras en la cabeza y una en los pies, las mujeres con dos en los pies y una en la cabeza. En el extremo sur del valle había un Palacio rodeado de un jardin de palmeras y protegido de nuestras miradas por una valla y una guarnicióna, un generador de electricidad, un depósito de agua y un garaje. Supuse que seria de algún Gobernador.

Al sur de este había otro barrio, pero mucho más moderno y disperso. Yo diria que era un arrabal sin encanto si no fuese por el fascinante juego de colores que los habitantes habían dado al cemento de las fachadas. En él se adivinaba una manera de vivir completamente distinta, allí no había calles que se hicieran túneles ni mezquita ni fresca sombra. Ese barrio era más caluroso y menos íntimo. Yo lo calificaría de huraño. Se veían socavones por todos lados, pero no sabría decir si eran intentos de fabricar un alcantarillado muy artesanal o vanos esfuerzos por intentaba sacar agua del cauce del Draa mediante un sistema de filtros, algo muy sahariano. Pensé que ese sistema debía ser poco eficaz comparado con un pozo moderno que vi en el lado norte. Me acerque a ver si se veia el agua y si abastecia a alguna red de acequias, cosa muy importante en un oasis, pense.

Estaba protegido por una caseta azul equipada con electricidad y un transformador. Me asomé a una ventana, fuertemente enrejada, protegida como la de un banco, y vi una bomba que embocaba en una tubería por la que el agua se elevaban hasta el depósito que había en el techo. ¡Pero de exoticas acequias arabes, nada de nada!. Me volví a la sombra de la terraza decepcionado.

Por la tarde me quedaba otro trecho de unos doscientos kilómetros mas de carretera para llegar a Tarfaya. Pero me daba igual; me había juntado con Jose Luís y su Toyota 4Runner, con el Citroën Dyane 6 de Jesús y Tomas, con la moto Suzuki “Storm” de Julio y con algunos otros coches, y nos entretuvimos siguiéndonos los unos a los otros mientras recorriamos aquel solitario hilo de asfalto penetrando en el desierto. Llegados a Sidi Akhfenir no paramos a visitar el agujero formado por el mar muy adentro de tierra firme, y llegados a Lailä no entramos a ver al mar atlántico penetrando el desierto suavemente, dulcemente, con tranquilidad, tampoco. ¡Me estaba abandonando!, ¡me dejaba llevar por el dulce no hacer nada de las vacaciones!. Ni siquiera visitaba los encantos del Sahara, ¡que vergüenza de turista!. Solo pensaba en descansar tumbado en cualquier sitio y no hacer nada. Conducía mirando a la nada del desierto, escuchaba música, sujetaba el volante con dos dedos y solo me preocupaba de que el suave circular de mi Peugeot 505 se mantuviera dentro del asfalto. Cuando llegué al cruce de Tafarit por fin casi me dí un disgusto; “Ya hemos llegado. Voy a entrar al pueblo. Debo poner el puto “Control de Paso” junto al monumento a Saint Exupery, en el puerto antiguo. ¡Vaya trabajo...”, me dije. Hay que entender que estaba de vacaciones, y a veces me apetecía hacer ese trabajo y reencontrar a los compañeros... ¡y a veces no!, sencillamente.

Pero luego paré junto a la playa, estiré las piernas y me desperecé con la brisa del mar. Estaba atardeciendo. Y disfruté con lo que se veia; unos viejos cuartelones que habian sido de Los Tercios Regulares españoles a principios del siglo XX y que se habian abandonado a los franceses luego, y que estaban ocupados por el Ejercito Real ahora, dominaban el paraje. Enfrente del mar habia lo que podriamos llamar la rada de un puerto de mar imaginario, dibujado sobre la arena de una playa que habia ocupado el lugar del agua. Al fondo y balizando el espigon habia la ruina de una casa de piedras absolutamente inapropiada, extemporanea. ¡Era la que habia construido una Compañía Naviera inglesa a principios de siglo XX sin permiso de nadie y sin ningun derecho como Puesto de Abituayamiento para sus barcos haciendo la ruta regular hacia sus territorios de “La Costa de Los Esclavos”, en la actual Republica de Liberia!; decididamente, el ser humano puede desafiar cualquier logica, cualquier circunstancia, aunque hubiera sido el mismisimo Dios quien hubiera dicho que allí no debia haber ni puerto de mar, ni Puesto de abituayamiento ni cuarteles militares. Nada. Solamente el desierto. Y el desierto iba recuperando poco a poco su sitio, despacio, con tiempo infinito. ¿Quién terminaria por ganar esa batalla?, ¿el tiempo o el ser humano?. Luego pensé que “el tiempo” era el mejor “general” de Dios.

Nos juntamos dos docenas de vehiculos, al final, y nos fuimos todos a dormir en la playa frente al ferry de "ARMAS" encallado hace un par de años, el que hacia la linea regular con las islas Canarias. Lo pasamos bien esa noche, tambien.

( sigue... )


COSTA ATLANTICA AL SUR DE TAN TAN, MARRUECOS.


LUGAR DE ACAMPADA EN TARFAYA, MARRUECOS...


...¡Y SACANDO LOS VEHICULOS DEL LUGAR DE ACAMPADA EN TARFAYA, MARRUECOS!.


ANOCHECE EN TARFAYA, MARRUECOS.

 

        Tarfaya, 5 de agosto 2009. Quinto dia:

        Estaba tan a gusto acostado en mi cama de camping bajo el toldo en la playa de Tarfaya que me perdí el amanecer: ¡Ya se que no debería haber pasado!, que cuando uno se va a África, al desierto del Sahara, lo ultimo que se debe perder es la salida del sol sobre las dunas… Pero yo me lo perdí. Estaba durmiendo como un tronco; ¡que bien se dormía allí!.

Habíamos quedado a las nueve de la mañana para meternos en la playa de Ladam con los coches todos juntos y recorrer el centenar de kilómetros que tenia desde allí hasta El Marsa, mas al sur de El Ayoum. ¡En mala hora se me ocurrió reunirlos allí a todos!; había mas de cuarenta coches y mas de cien veraneantes expectantes por ver como me metía yo el primero en la playa con mi Peugeot 505, arranque, engrané la primera, aceleré, solté el embrague… ¡y me quedé enganchado en la arena a los pocos metros de la cuneta!!. “Me cago ennnn...”, maldije mientras buscaba las planchas y la pala en el maletero y oía decenas de “clicks” de cámaras de foto inmortalizando el desgraciado acontecimiento. “¡Treinta años conduciendo por las pistas mas apartadas del Sahara, todo un prestigio “conductorero” creado kilómetro a kilómetro de aventuras desérticas con esfuerzo, sudor y penas,¡y todo mi prestigio y solera echado a perder ahora, aquí, en esta puta playa dominguera, mecagoenla, agggg…!”, volví a maldecir para mis adentros. Tubo que ser Jose Luís, con su Toyota Land Cruiser, el que se apiadara de mi, me enganchara con una eslinga y me sacara de aquel agujero del infierno rápidamente con un despectivo tirón.

Pero luego me consolé rápidamente en la playa; aquellos de Ladam fueron unos cien kilómetros maravillosos, cada uno de los vehículos flotando sobre la arena húmeda entre el mar y las dunas del desierto, en solitario. Fue un acontecimiento que superó el tiempo transcurrido y se convirtió en eterno. Nos ocurrió, nuestras mentes lo asimilaron y lo convirtieron en recuerdo para siempre. El mío es el de una mañana luminosa, relajada, gratificante, exótica, llena de novedades… “¡Vivan las vacaciones, viva África, viva esta locura!”.

En un momento determinado el coche de Rubén se dejó atrapar por la serpiente maligna de la playa, una bestia de arena blanda que enganchaba las ruedas de nuestros coches y a la que todos temíamos. Jose Ángel con su Nissan Patrol cargado de bicicletas y yo con mi pobre Peugeot 505 paramos para echar una mano metiendo planchas y gato, tirando de pala y arrastrando con la eslinga. El peligro era que la cosa se complicase, subiese la marea y pasase lo peor, que el mar se llevase el coche. Ya había pasado otras veces; ¡a Jose Maria, el del Suzuki “Swift”, el mar le había quitado un Mitsubishi Montero en esa misma zona hacia cuatro años …!. Nos entretuvimos sacando el coche, jugando con las palas, la arena, y se nos hizo tarde. Subió la marea.

Las olas empezaron a recuperar la pequeña franja de arena húmeda y firme por la que avanzábamos. Debimos pararnos en “tierra firme” a esperar a que subiese, pasase y volviera a bajar finalmente, a medio día. Sacamos un toldo, sillas y mesas, y comimos algunas latas, nada de alta cocina porque hacia mucho viento. Yo intenté bañarme pero me sorprendió lo fría que estaba el agua, y me salí. Entonces me entretuve volando mi cometa, pero se me rompió con un golpe de viento, ya digo que pegaba fuerte, y la recogí. Después de comer el mar empezó a retirarse poco a poco dándome tiempo para pasear un poco, y me quemé con el sol. “¡Que dura es la vida del turista!”, pensé. Pero me dio tiempo a reflexionar sobre la enganchada de esta mañana; “¡Claro!, ¡ya se porqué me he quedado en la arena con tanta facilidad aquí, donde nunca me había pasado!. ¡Llevo puestas las ruedas de delante colocadas detrás, y viceversa!”, me di cuenta. Y es que yo solía colocar unos neumáticos con código “C”, de “carga”, los que usan las furgonetas, duros, de perfil alto, estrechos y con poco apoyo, en las ruedas delanteras resistiendo los golpes que le daba a las piedras cuando rodaba deprisa con mi vehiculo de tracción trasera para no engancharme en la arena de las pistas.

Y unos de código “AT” blandos, anchos y de pronunciado dibujo en las ruedas traseras para mejorar la tracción. El Peugeot 505 era un coche de tracción trasera. Pero los llevaba colocados al contrario desde Madrid porque los de código “C” eran mas duros y aguantaban mejor el desgaste de los primeros dos mil kilómetros de carreteras saharianas con asfalto muy abrasivo en el eje trasero. En otros viajes me había pasado que llegaba al desierto mauritano con los neumáticos traseros muy degradados. Y había querido evitar ese problema cambiando el orden de las ruedas, poniendo las duras detrás primero. Pero me había olvidado del detalle, y no las había colocado cada una en su sitio. Errores así se pagaban caro en el desierto… “¡Mi prestigio de conductor avezado en el Sahara por los suelos delante de todos los compañeros!. ¡Y lo que es peor todavía, el de mi Peugeot 505 también!, agggg…”, me dolía en el alma.

Por la tarde volvimos a salir de la playa hasta el asfalto a traves de unos huertos que habia a las afueras de El Marsa, por un sitio donde un cartel señalaba “Found el Oued”. Eso era la desembocadura en el mar del “oued” o vaguada Hamra, o “Saquia al Hamra”, un rio seco en cuyas riberas se encontraba levantada El Ayoum unos kilometros mas arriba. Y seguimos juntos hasta Boujdour.

Desafortunadamente aquellos ciento ochenta kilómetros nos ocuparon hasta el anochecer. Cuando llegamos ya era de noche. Una pena, porque pasear por la nueva “calle principal” de Boujdour, la que bajaba desde la gran avenida de la carretera atravesando el pueblo hasta el nuevo “paseo marítimo” recientemente construido en la playa era una cosa que siempre me había gustado mucho, desde que la habían urbanizado en el 2004. Aquella calle tenia algo de “far west”. Todos éramos extranjeros, todos de paso, descansando un rato en nuestro viaje hacia el sur; marroquíes y turistas europeos. Los vaqueros de las películas conquistaban El Oeste y nosotros conquistábamos “The Far South”, lo que los franceses llamaban “Le Grand Sud”, los territorios de la antigua provincia colonial española del Sahara Occidental. Había muchos marroquíes que habían “bajado” desde el norte para instalar nuevos negocios atraídos por los incentivos fiscales y la facilidad de crédito que encontraba allí, en los territorios recuperados a los españoles tras la colonización. Aquello era “Un Nuevo Comienzo”, la posibilidad de una nueva vida, un trabajo mas prospero. El nuevo desarrollo social del país y la emigración se estaba realizando con dirección sur dentro de Marruecos, sin marcharse al extranjero actualmente.

Como ya era tarde no paramos ni a cenar siquiera, seguimos el gran boulevard en el que se convertía la carretera “N-1” para atravesar la localidad, salimos por su extremo sur y continuamos directamente hasta “Playa Malí”, una bonita playa situada a unos veinte kilómetros mas al sur. Allí teníamos programado el “Control de Paso nº 12” a las 23.00 hora española, las nueve de la noche hora local. Y allí nos reencontramos con Jose Luís de la Cuadra, el encargado de “controlar” lo incontrolable, a mas de sesenta vehículos de “veraneantes” esparcidos a sus anchas por toda la costa del Sahara Occidental, relajadamente.

Bajamos a la playa por un camino asfaltado de unos quinientos metros y plantamos las tiendas de campaña en la arena haciendo diversos grupos según las afinidades que ya se iban definiendo tras estos cuatro primeros días de RAID. Cesó el viento y pudimos cenar y dormir perfectamente.
- “¡Otra buena noche!, ¡que bien me lo estoy pasando, todo perfecto por ahora, me alegro de haber montado el tinglado este...!”, me dije a mi mismo al meterme en el saco para dormir. Era muy tarde, mas allá de media noche, y hacia frio: Como ya os he comentado hubo sus momentos de “subidon” y de “bajón”…   "Mañana será otro dia", me dije.

( sigue... )


AMANECE EL DIA 5 DE AGOSTO EN LA PLAYA DE TARFAYA, MARRUECOS.


ENTRANDO CON LOS COCHES EN LA PLAYA DE TARFAYA PARA IR HASTA EL MARSA, MARRUECOS.


PARADA PARA COMER EN LA PLAYA ENTRE TARFAYA Y EL MARSA, MARRUECOS.


LA PLAYA ENTRE TARFAYA Y EL MARSA, MARRUECOS.


LA PLAYA ENTRE TARFAYA Y EL MARSA, MARRUECOS.


RODANDO POR LA PISTA DEL INTERIOR ENTRE EL MARSA Y BOJADOR, MARRUECOS.

 

        Bojador, 6 de agosto 2009. Sexto dia:

        El amanecer nos devolvió el viento que se había llevado la noche. Cuando el rugido creciente del mar me despertó vi el Toyota Land Crussier azul de Jose Luís subiendo la rampa asfaltada que salía de la playa hasta la carretera. Era tan temprano que parecía una fuga furtiva. A Jose Luís le gustaba madrugar, como a mi; el típico defecto de la gente mayor. Me noté en forma; ¡llevábamos seis de viaje y cada día me encontraba mas descansado, mejor!. “Está claro que lo mas difícil es preparar el viaje. En ruta se descansa, no al revés”, pensé. “¡Yo seria capaz de tirarme un año entero viajando por África sin parar!”.

Como ya era de día desayuné rápidamente, recogí la cama de camping, la mesa y la silla, y me puse en marcha. Era habitual que yo fuera uno de los primeros en salir porque no montaba la tienda de campaña sino que dormía en la cama de camping al aire libre, mirando las estrellas; ¡como me gustaba eso!. Hoy teníamos un “Control de Paso” en Dakhla, en el restaurante “Samarkanda” a medio día. Hice mis cálculos; “Dakhla está a 340 kms., unas cuatro horas parando a descansar en la cafetería de Echtoucan a media mañana, a medio camino”. En esa zona los kilómetros se hacían con facilidad y rapidez a través de una carretera recta, horizontal, larga y sin trafico. El único inconveniente eran los Controles de la Gendarmería en algunos cruces de caminos. Rodando frente al mar la ruta no era nunca monótona a pesar de las enormes distancias. Como viajaba en sentido sur variando de latitud rápidamente el aspecto del desierto cambiaba al cabo de cada jornada. Noté que el paisaje se tornaba amarillo a partir de Bojador. La carretera era gris al amanecer, pero a media mañana se veía violeta en fuerte contraste con la arena. Y a medida que iba pasando el día se enrojecía. Bajo el fuerte sol del mediodía llegó a tornarse azul, incluso. Cada color llamaba a su complementario ante una luz del sol tan fuerte como aquella.

Pasé por una zona de arena con pequeñas dunas en miniatura que querían invadir la carretera como si estuvieran jugando, pero había una maquina escavadora conducida por un operario solitario en medio del desierto que las mantenía a raya. Aunque todo era posible, me parecía un esfuerzo sobrehumano. Mientras hubiera ganas y escavadoras, siempre seria posible ganarle la partida al Sahara.

La carretera saltó varias veces sobre unas rías poco caudalosas que venían del desierto y se iban al mar. La corriente formaba unos bonitos bancales de arena en las desembocaduras. Y el viento del Sahara los adornaba con grandes dunas de arena, después. Por allí se veían flamencos rosas, con lo que supuse que el agua debía ser salubre. La Gendarmería aprovechaba esos accidentes del terreno para colocar sus Controles en los puentes; encontré media docena, pero los pasé con rapidez entregándoles las fotocopias de una ficha que llevaba preparada con todos mis datos personales, y los del vehiculo.

Unos kilómetros antes de llegar al desvió de Dakhla pasé delante de N’Tirift. Hacia tres meses que había leído en un “foro” de Internet que se habían desarrollado unas importantes peleas entre pescadores autóctonos y extranjeros, del norte. Entre los primeros había habido dos muertos linchados por los segundos. Tenia curiosidad y decidí entrar al pueblo, a ver que había allí que mereciese tanto la pena. Era un poblado un poco mas moderno que todo lo visto hasta allí. había una cala recogida, unos tinglados con aspecto moderno por las ventanas acristaladas, unas sencillas casas de cemento, techo de Uralita y pequeños ventanucos, mas allá un montón de chavolas construidas con maderas, plásticos negros y basuras El pueblo estaba electrificado, había arquetas de distribución de agua viniendo desde las afueras, desde un pozo moderno con un gran deposito encima. Junto a la cala y subidas sobre la tierra firme, no en la playa sino mas adentro, había mas de un centenar de pateras de madera azules, grandes, sin motor ni velamen pero con la instalación dispuesta para engancharles motores fueraborda. Se veía poca gente, tal vez porque era casi medio día. Paré en la playa junto a unos pescadores. Les pregunté que había pasado, directamente, y me contestaron que cosas suyas, entre ellos, cosas de pescadores. Insistí y uno me dijo que “les evenements” no habían sido cosa de ellos; “Nosotros somos todos hermanos y nos llevamos bien. Hemos dejado a las familias en casa y venimos aquí a ganarnos la vida, solamente. Hay trabajo". Otro compañero suyo tambien habló: "Pero vinieron unos políticos de Dakhla que calentaron los ánimos, organizaron una manifestación y produjeron disturbios”; este era uno joven, enjuto y delgado hablando un francés impecable con acento marroquí. No tenia pinta de ser ningún paleto palurdo. “Yo soy un turista. Vengo de vacaciones, a descansar”, les conté. Cuando salí del poblado iba pensando que aquel universo prometedor pero pequeño, estrecho y duro era como una metáfora de todo el gran universo mundial, pero a escala reducida...

Cuando les dije que solo iba a entrar a Dakhla para comer y que seguiría camino de Barbas por la tarde, en el cruce de Dakhla no se tomaron la molestia ni de tomar nota de mi Documentación. Los Gendarmes marroquíes me hicieron una seña para que siguiera mi camino. Los cuarenta kilómetros que hubo desde ese cruce hasta la ciudad fueron otro de los buenos momentos del viaje. Las vistas panorámicas de la bahía de Dakhla eran magnificas. Era lo que os marinos portugueses del siglo XIV llamaron “Río de Oro”, yo supuse que por la abundancia de pesca y abrigo que debieron encontrar allí. Justo al fondo de la bahía, en el extremo norte y en la parte mas abrigada, había una pequeña cala muy protegida con unas cavernas hechas por el mar en los acantilados. Se llamaba Puerto Rico. Yo creo que ese nombre le venia como anillo al dedo.

Toda la bahía era un autentico paraíso natural. En el extremo sur del cabo estaba la ciudad. Los portugueses la llamaron Villacisneros en honor del comandante Cisneros, quien construyó el primer Puesto a finales del siglo XII. Era un fuerte militar que abituallaba a los barcos y se defendía del ataque de piratas bereber. El fuerte fue portugueses hasta el siglo XIX, cuando pasó a manos de varias Compañías de Navegación levantando diferentes banderas. En el Tratado de Berlín se asigno a España. Y así quedó hasta que, a la muerte del general Franco, en el 1975, pasó a manos de Marruecos. Desde entonces se habían esforzado por urbanizar el cabo y hacer desaparecer todo vestigio de su pasado colonial europeo. Ya no quedaba ningún rastro del antiguo fuerte colonial portugués. Las ultimas piedras se las habían llevado los marroquies hacía un par de años. En su lugar habían plantado un parque ajardinado ahora. Alrededor encontré una ciudad modesta pero moderna, con casas muy sencillas de una o dos plantas como mucho, de ladrillo cementado, enyesado y encalado, con ventanas de madera pintadas decolores tono pastel y terrazas por tejado. Las calles tenían alcantarillado y asfalto en la calzada, con semáforos y alumbrado publico. Cuando llegué era medio día y el sol caía a plomo sobre las aceras. No se veía un alma. Las tiendas estaban cerradas con persianas metálicas pintadas de colores azul y marrón. A la entrada, a la izquierda, había carteles anunciando un nuevo hotel 4* construido en la playa de la bahía; “¡Una pena, espero que no se dediquen a construir hoteles aquí!” me dije para mi inocentemente…: ¡Claro que se construirán!. Un montón, ya lo veréis; el sitio lo promete y solo hace falta dejar correr el tiempo un poco.

Enfilé un boulevard adornado de palmeras datileras, llegué a un semáforo, una rotonda, pasé delante del parque donde estaba el fuerte portugués antes, seguí todo derecho y me topé con la rivera de la bahía otra vez. Tenia un color azul turquesa muy intenso que hacia reverberar la luz del sol; ¡era preciosa, la bahía!. Pase una línea de pequeños almacenes construidos entre la calle y la bahía. Y encontré la terraza del restaurante “Samarkanda”, por fin. Eran las dos de la tarde en España pero las cuatro allí, y me costó convencer al “maître” de que no cerrara el comedor. Le dije que mas de cien clientes venían detrás y llegarían en breve, se le pusieron los pelos de punta y se fue corriendo a la cocina a ver si le quedaba comida en las neveras. Tuvimos suerte, porque esperaban un banquete de bodas para esa misma noche y tenían las despensas llenas. Pudimos comer todos copiosa y sabrosamente, cada uno a la carta. ¡Fue una estupenda comida en grupo!. Nos lo pasamos bien. Se presentaron la mayoría de los participantes porque nos acercábamos a la frontera con Mauritania. Salí a la calle a ver cuantos coches éramos, y vi mas de cuarenta vehículos. Solo faltaban los trece Land Rover Discovery del equipo “DISCOVERY TEAM” de Nacho el sevillano, los Nissan Patrol de Jose Manuel y Tamara, y el Ssangyong Kiron de Ruben. ¡Estábamos todos los demás!. ¡¡Bien!!. Incluido el Toyota Land Cruiser de Manuel López con su mujer y su hijo, que habían salido una semana antes y se incorporaban allí.

Lo que parecía un mero tramite vespertino, ir desde Dakhla hasta Barbas, unos trescientos veinte kilómetros, el ultimo pueblo marroquí antes de llegar a la frontera mauritana de mañana, se convirtió en una animada tarde. ¿Qué eran trescientos veinte kilómetros en medio de aquellas inmensidades?; nada. Regresamos al cruce de la carretera N-1 y enfilamos hacia el sur deteniéndonos en un gran panel indicativo en el que aparecían todas las distancias kilométricas hasta Dakar. Paramos a hacernos una foto delante como los pescadores se la hacen presentando una captura memorable; “¡Que optimismo!”, pensé yo. Eso era “vender la piel del oso antes de cazarlo” y no quise hacerme esa fotografía; no por superstición, pero no quería tentar a la mala suerte. Luego pasamos por El Argoub, un puñado de edificios de mala muerte, una aldehuela que bastante tenia con no disolverse en el desierto. Pasó un rato y vi un cartel: Imlili. Pasó otro rato. Llegamos a un lugar en el que se veía un pequeño cartel blanco con letras azules en la cuneta derecha; era el que señalaba el Trópico de Cáncer, y nos hicimos mas fotos.

Después cambió el panorama, que era de piedras y arbustos pequeños como rastrojos. Ahora la arena era blanca. Cuando el sol se estaba poniendo por el horizonte, a la derecha de nuestra carretera y sobre el mar, llegamos al golfo de Cintra. Era una bahía gigante. Disfrutamos un rato de las espectaculares vistas de la playa infinita del golfo de Cintra, y algunos compañeros se aventuraron por el desierto para llegar a la playa. Ese era un canto de sirena ineludible, yo me hubiera metido también… ¡si no me pesase tanto la responsabilidad de llegar hasta el final del RAID con todos los compañeros!. No quise arriesgarme a romper algo del coche.

A través del polvo en suspensión y la bruma marina podía mirarse la puesta del sol cara a cara, y la inmensidad del mar perdiéndose por el oeste. Eran las nueve de la noche. En medio de la bruma apareció el antiguo Puesto de abituallamiento de Barbas como un buque saliendo de la niebla. Había rocas un poco mas grandes y casas que acumulaba la arena a sus pies. Olía a mar pero solo se veía desierto por todos lados. Nos detuvimos en la segunda gasolinera, la original, la que ya estaba allí cuando yo pasé por primera vez en 1992, cuando solo estaba ella, una fabrica de hielo y un viejo pozo de agua allí. Ahora había un pueblo moderno construido últimamente con una alcaldía, un Dispensario, una mezquita, un Parque Infantil… ¡todo completamente vacío!. Se había construido en prevision del regreso de los exiliados saharauis, la poblacion original antes de la descolonizacion española. Pero allí no vivía nadie; ninguno habia querido volver todavia... Solamente un puñado de pescadores eventuales marroquies que no tenían pinta de propietarios.

Cenamos unos guisos de carne con huevos fritos presentados en unas fuentes de barro cocido en el restaurante, regateamos unas habitaciones que estaban sin terminar de construir por cinco euros cada una, hubo tertulia… ¡Estuvo bien esa jornada!. Otra mas que celebrar. La cosa iba bien, yo me estaba “pegando” unas buenas vacaciones...

( sigue... )


EL DESIERTO SE ENCUENTRA CON EL MAR EN LA BAHIA DE DAKHLA, MARRUECOS.


PLAYA EN LA BAHIA DE DAKHLA, MARRUECOS.


ATRAVESANDO LA LATITUD DEL TROPICO DE CANCER AL SUR DE MARRUECOS.


"CONTROL DE PASO" EN EL GOLFO DE CINTRA, MARRUECOS.


EL GOLFO DE CINTRA, MARRUECOS.

 

        café Barbas, 7 de agosto 2009. Septimo dia:

        En el cuarto de baño común y mixto que tenia el futuro hotel Barbas al fondo del pasillo del primer piso, digo “futuro hotel” porque estaba en construcción, me encontré a una mulata guapísima, una chica preciosa de unos veinte años. Me llamó la atención su belleza.

No había podido seguir durmiendo. Me había levantado antes del amanecer y había decidido montar, arrancar e irme a desayunar a “Bir Gandouz”, que era como se llamaba el Puesto fronterizo con Mauritania situado en Guergarat. Los sesenta kilómetros los había recorrido siendo de noche cerrada todavía. Estaba alineado en la fila con las primeras luces del alba. Y seguía nervioso. Era el nerviosismo de las grandes ocasiones. Uno no atravesaba esa frontera impunemente. Mas que un cambio de país aquello era un autentico cambio de dimensión; se pasaba de la nuestra a otra diferente, extraña. Al entrar en Mauritania se dejaban atrás las habituales carreteras, las indicaciones de trafico, las gasolineras y talleres, las tiendas de alimentación, o de repuestos por ejemplo, y uno se sumergía en un universo nuevo muy diferente. A partir de allí faltaban las referencias; se circulaba por pistas de tierra con mil bifurcaciones, las gasolineras pasaban a ser almacenes sucios con bidones de carburante opacos, los talleres eran como desguaces, las tiendas eran todas iguales, unas abacerías repletas de mil cosas todas juntas con precios indefinidos amontonadas sin orden ni concierto en habitaciones sucias, oscuras, sofocantes, polvorientas, los hoteles parecían burdeles sin prostitutas...

Ni siquiera el desierto era igual. A pesar de verse dibujada sobre mi plano “Michelín 741”con una línea recta y horizontal, yo hubiera jurado que arbitraria antes de conocerla personalmente, esa frontera era la de dos mundos diferentes. Superarla suponía un cambio completo de paisaje, también. Al saltar al otro lado se dejaba atrás el duro desierto marroquí intransitable sembrado de piedras, volátil arena blanca y matojos, y se entraba en unas acogedoras llanuras de arena amarilla compacta o tapizada de gravilla, un desierto acogedor en el que aparecían de repente coquetas acacias espinosas, los “ethels”, y diseminadas algunas solitarias dunas separadas unas de otras como abriendo paréntesis en la parsimonia del paisaje, animándolo. El marroquí era un desierto inhóspito, el mauritano te invitaban a aventurarte por el. ¡Que agradable y suave era conducir por allí, podías recorrer quinientos kilómetros de desierto en un día y no romper absolutamente nada en el coche!. ¡Que gusto!.

En Guergarat, en la larga fila de acceso al Puesto de “Bir Gandouz”, nos juntamos los cuarenta y nueve vehículos del “VII RAID TURISTICO A BURKINA FASO 2009”. Era una caravana variopinta; había muchos buenos vehículos todo-terreno bien preparados y equipados, Toyota, Mitsubishi y Nissan, varios de ellos “pic-up” muy bonitos, pero también otros de estricta serie. Y había varios SUV tipo Hyundai “Santa Fe” o Subaru “Outback”. Los cinco viejos coches que habíamos tomado la salida habíamos conseguido llegar hasta allí; el Citroën “Dyane 6” del 80 de Jesús y Tomas, el Renault 11 de las tres chicas, el Suzuki “Swift” años 90 “siniestro total” de Chema y su mujer, el antiguo Renault “Laguna” verde de Yakoroni el senegalés y mi antiguo Peugeot 505 del 82. También habían conseguido llegar las tres motos, la BMW 650 de Nacho, la Suzuki “Storm” 650 de Julio y la antigua Honda “XL” 125 de Javier. Los únicos que no habían llegado eran los trece Land Rover “Discovery III” del equipo DISCOVERY TEAM de Nacho el sevillano, pero eso era cosa prevista antes de salir; viajaban con muchos niños y preferían quedarse en Marruecos, no arriesgar; nada mas.

La frontera se habría a las nueve y hubo tiempo para descansar antes de la batalla. Cuando paseaba arriba y abajo las manos en los bolsillos silbando relajadamente volví a ver a la mulata guapísima. Estaba en la fila dentro de una furgoneta con matriculas alemanas, así que me lancé a saludarla decididamente… ¡cuando vi a Juan Dobler!. Fue él quien se presentó: “¿Tu no eres Antonio Ortega, el español que trabajaba en Abidján, en “Nouvelles Frontieres”…?”, me preguntó. En ese momento le reconocí. La mulata resulto ser la hija de Juan, el Director alemán del la Agencia de Viajes “Nomade” de Bamako. Le recordé: Juan trabajaba en Bamako a principios de los 80, igual que yo; él había abierto “Nomade Voyages” y yo trabajaba en la “Mandingue Voyages”. Como él vendía en Alemania y yo en España mas que una competencia lo que se estableció entre nosotros fue una buena colaboración. Viajamos juntos muchas veces. A finales de los 80 el Ejercito argelino había abortado la victoria del FIS en las Elecciones Generales provocando la respuesta del GIA, un grupo terrorista salafista, integrista, que atacaba a cualquier extranjero que apareciese por Argelia, y a partir de entonces viajamos en grupo juntos por allí muchas veces escoltados de la Policía Militar. Luego, a principios de los 90 se produjo la revuelta Tuareg del FLAA en el Sahel, el norte de Níger y Malí, y ambos seguimos organizando visitas turísticas conjuntas entre Agadez, Ayorou, Gao, Tombouctu y Nema, por todo el Sahel. Nos juntabamos e ibamos en caravana protegidos por escoltas de las respectivas Gendarmerías para repartir ese gasto. A mediados de los 90 le perdí la pista porque me marché a trabajar a Abidján. ¡Y ahora le reencontraba!. Fue una grata sorpresa. Me quedé con su tarjeta y prometí que pasaría a verle a su casa cuando llegase a Bamako.

“Bir Gandouz” era como una nave espacial aterrizada en medio del “Mar de la Calma” lunar, una isla de modernidad, burocracia e irracionalidad en la tranquilidad de un desierto normal, muy lógico. ¿Tenia sentido aquella barrera de acceso en medio del Sahara?. La levantaron antes de hora. Había unos Guardias Militares que la subían y la bajaban cuando les apetecía sin darse cuenta de la trascendencia del asunto; tenían en sus relajadas manos el control de toda la comunicación terrestre existente entre Europa y África Negra, dos Continentes con una única carretera como conexión desde el Mar Rojo hasta el Atlántico.

Entramos en un cercado con diferentes aceras y medianas en construcción donde era fácil meter la rueda en un hoyo o dejarse una buena porción de carrocería en un bordillo. Rellenamos dos fichas de Policía por persona y las entregamos en la ventanilla correspondiente sin la precaución de hacerlo en grupo… y eso supuso que algunos los recuperaran a las diez y otros nos retrasásemos hasta las doce. Luego pasamos por la Gendarmería. Y por la Aduana, después; empezaron revisando los coches y de los equipajes, y terminaron consultándose entre sí para llegar a la conclusión final de que éramos turistas. Y parecieron satisfechos. “Se conoce que hay que ser turista para salir airoso de Marruecos…”, me dije. Se quedaron con una de las dos copias de “la hoja verde” que nos habían dado a la entrada y nos devolvieron la otra sellada como prueba de que habíamos salido del país con el coche. “Adiós”, “Aurevoire”.

¡Y luego vino “El Gran Atasco”!; había un cuarto y ultimo “Control” del Ejercito que retrasó el paso fronterizo no se si dos o tres horas!. El día se puso brumoso, el aire espeso y el calor agobiante. Un cabo de las FAR escribía la reseña de los pasaportes con un bolígrafo Bic en uno de esos antiguos libros de contabilidad de pastas gruesas, negras y rojas sentado tranquilamente detrás de una ventana. Tenia un montón ya completos apartados en una esquina, polvorientos. Mas de cien viajeros estábamos esperando al sol, todos “muy contentos”. Nos dio la hora de comer. Pasar tanto tiempo allí surtió el efecto de permitirnos tomar confianza; sacamos las sombrillas, las mesas, sillas, neveras y cajas de comida poniéndonos a comer tranquilamente. Ocurrió la casualidad de que coincidimos con un teniente-coronel en inspección rutinaria y se me ocurrió acercarme a saludarle y a hacérselo notar. Él joven militar lleno de estrellitas me miró educada pero despectivamente, se dio media vuelta y siguió a lo suyo. Ni se ofendió ni se interesó. Ni siquiera me hizo caso el capitán que estaba a su lado destacado en Guergarat. Seguimos comiendo y esperando.

Recibimos el “¡visto bueno!” y “¡adelante!” militar pasado el medio día. Al otro lado había una barrera entre dos torretas almenadas de opereta. Producían una sensación de hostilidad; pero si uno se fijaba bien lo que se percibía no era hostilidad al viajero, era hostilidad al desierto que se abría hacia el sur, hacia el Puesto fronterizo Mauritano. Al otro lado de aquella barrera se bajaba a una hondonada, se atravesaban dos o tres vaguadas, se debía optar por seguir varias pistas de arena amarilla que discurrían en paralelo a través de unas piedras blancas, se cruzaba una antigua carretera asfaltada muy estrecha de épocas de la colonización española, y se podía ir hasta el Puesto fronterizo de entrada en Mauritania. Eran aquellas construcciones blancas que se veían en lo alto de una colina a unos tres kilómetros mas al sur.

Nos dirigimos hacia allí como buenamente pudimos. Rodábamos muy despacio porque el suelo era de pura roca arenisca. A la derecha se veían algunos coches atascados en unos charcos de arena, turistas metiendo planchas debajo de las ruedas para sacarlos y algunos jóvenes mauritanos “ayudando” apoyados sobre los maleteros. Me dirigí hacia la izquierda. Me seguían varios compañeros, media docena de coches. Finalmente llegamos a la barrera de entrada a “Kandahar”, que era como jocosamente se llamaba a aquel Puesto miserable abandonado de Dios en medio del desierto rodeado por antiguas trincheras y vallas de alambres de espino. Al contrario que en Marruecos, allí no se distinguió lo que fueron saludos y bienvenidas de lo que fueron los trámites.

En la Policía y la Gendarmería habían cambiado las impresentables chavolas y tiendas de campaña militares de antaño por un par de edificios sencillos, de una sola planta con doble techo este ultimo año. Ofrecían cierto margen a la habitabilidad. Primero nos hicieron entrar en la Oficina de la Policía para tomar nota de nuestros datos en un ordenador de teclado con caracteres árabes y proponernos amablemente nuestra colaboración en la capitalización de su Caja particular con diez euros. No dijeron si era voluntario u obligatorio. Yo ya me lo sabia del año pasado, y les dije que mi mujer me lo tenia prohibido. No se rieron, se quedaron con cara de poker, me dijeron que saliera y llamase al siguiente. Después aparqué delante de la Gendarmería. Creo que quedaron un poco desilusionados al ver que traía hecho mi visado desde la Embajada de Mauritania en Madrid. Me hubieran cobrado cien euros alegremente, cincuenta por entrada y yo necesitaba dos, ida y vuelta. En Madrid fueron sesenta y cinco. Volví a adelantar el coche hasta la Aduana. Allí hubo el susto de uno de los compañeros al que le desapareció toda la carpeta de Documentación que había dejado sobre la mesa para escribir la “Declaración de Divisas”. Luego le vino un joven del pueblo, un mauritano de allí, diciendo que “le había encontrado la carpeta”; llegó muy sonriente y esperando su propina, pero recibió unas miradas asesinas y la desagradable sospecha general. Mientras los últimos hicimos nuestros tramites los primeros aprovecharon para hacerse el Seguro Obligatorio del coche. Allí era mas caro que en el interior del país, en cualquier ciudad del recorrido, pero había un tiempo muerto y lo remataron así. Yo llegue luego; a todos los compañeros les estuvo cobrando treinta euros por un Seguro de dos semanas, pero a mi me quiso cobrar veinte. Sospeché que debía ser algún tipo de comisión encubierta, pero lo dejé correr, no tenia ganas de discutir para pagar mas ni quería andar negociando por toda la numerosa compañía. Luego reflexioné que tal vez se debía a que yo iba con un turismo Peugeot 505 y ellos con grandes y potentes todo-terreno...

Finalmente salimos del Puesto fronterizo al atardecer. Los compañeros que lo habían hecho mas deprisa ya se habían marchado hacia el sur: Me pareció lógico; ¿para que iban a estar esperando allí?. Fuimos una docena de vehículos los que nos pusimos en marcha, en caravana por el desierto mauritano. La tarde había caído y el calor amainado. había unos diez kilómetros hasta el cruce de la nueva carretera asfaltada “Nouadhibou – Nouakchott”. Dejamos la visita de Nouahibou para otra ocasión, para la subida, y la enfilamos hacia la izquierda rumbo al Parque Nacional del Banco de Arguin. Fuimos recorriendo unos cuarenta kilómetros de buena carretera, nueva, en paralelo a las vías del tren de mercancías que se ocupaba de traer el mineral de hierro desde las minas de Zeroualt, ciento cincuenta kilómetros al interior del desierto. Es las cunetas había una continua sucesión de cabañas de madera y jaimas precarias, artesanales, pequeñas. Eran la mínima expresión de lo que se podría considerar una casa. Supuse que sus habitantes debían estar habituados a lo mínimo, justo lo necesario, nada mas. Me impresionó la sencillez de las casas. Parecía que no querían incomodar al desierto, implorando para que las soportase. Se levantaban de una forma diferente a las europeas. Eran como terrones que se podían deshacer en cualquier momento, pero seguro que habría mucho espíritu abrigado en ellas, mucha humanidad que no tenia, me imagino, dónde ir. No se veía un alma. Se mascaba el panteísmo y la biosfera theillardiana...

Pasamos un par de “Controles” que no se tomaron la molestia de detenernos. Luego pasamos por otro en el que no había ningún funcionario, siquiera. Después la carretera tomó un neto rumbo sur y nos llevó hasta unas llanuras inmensas. Perdí las referencias al cabo de un rato y no sabría decir si mi tamaño permaneció constante mientras intentaba recorrer un centenar de kilómetros para llegar al p.k. 195, donde habíamos acordado reunirnos todos, o me fui haciendo pequeño cada vez mas. Desapareció hasta el último vestigio de personas, animales o plantas. El cielo se tornó brumoso. El sol, como una bola blanca, pudo mirarse cara a cara. había una luz vacilante, como la de un eclipse. Sobrecogía. La parte irracional que había en mí se espantó; si yo hubiera sido un perro habría roto a aullar, si un caballo escapado galopando...

En el punto kilométrico 195 desde Nouadhibou había una larga fila de coches y motos esperando en el Arceo. habíamos quedado allí a las seis de la tarde para meternos en el desierto del Parque Nacional e ir hasta el cabo Tafarit a pasar la noche. había dos docenas de vehículos Toyotas Land Cruiser, Nissan GR, Mitsubishi, Mercedes G, los Renault 11 y “Laguna”, una furgotena Volkswagen, dos motos grandes y una pequeña, etcétera… Pensé que los que faltaba ya debían haberse metido en el desierto sin esperarnos. “¡No quiero saber nada!. ¡Me meto al desierto por aquí mismo como prometido… y que sea lo que Dios quiera!”, me dije.

Allí mismo, sin contemplaciones y prácticamente sin aminorar la marcha, giré el volante y me lancé el primero hacia el desierto rumbo oeste. Luego vi por el retrovisor como la gente se montaba en los coches corriendo y se lanzaban detrás mío, ellos también sin pensárselo mucho. Y todos nos sumergimos en una sensación nueva, de extraña libertad, rodando en paralelo por la llanura desértica. Era levemente ondulada con algunas colinas huérfanas desperdigadas por allí, solitarias, que sorteábamos por la derecha o izquierda alternativamente, según se nos ocurría. Al sur se veía el terraplén de subida a una meseta rocosa que se alargaba extendiéndose hacia el oeste también, en nuestra dirección.

Se rodaba bien, en tercera velocidad a unos 80 kms./hora… ¡hasta que pasamos a sotavento de una de aquellas colinas y empezamos a notar que la arena estaba menos compacta allí!. Nos intentamos alejar antes de que nos atrapara pero fue inútil; varios de los coches de una sola tracción se quedaron enganchados en el desierto, la barriga apoyada sobre el suelo y las ruedas girando libremente lanzando arena por detrás. Los que pudimos escapar paramos un poco mas allá y miramos desolados el espectáculo, la llanura plagada de una furgoneta Volkswagen, dos coches Renault, una moto, un Suzuki… Incluso algún todo-terreno se quedó también enganchado por aminorar la marcha o parar para ayudar a los turismos. Hubo cuatro o cinco todo-terreno que pararon, vieron que éramos muchos y siguieron ellos solos rumbo al cabo Tafarit. ¡Curiosamente el Citroën Dyane 6, el vehiculo mas antiguo y menos potente de todos, no se engancho!; salió fuera de la zona blanda, nos pidió nuestra autorización para seguir antes de que se hiciera de noche, llevaba un par de pequeñas luces que no alumbraban nada, y desapareció despacio rumbo oeste él solo. “Ese es el secreto. Ir descargado”, pensé. “Cualquier vehiculo descargado y con las ruedas deshinchadas puede circular por aquí perfectamente”. “Bueno, ¡y despacito, claro, con cuidado!”.

Se nos echó la noche encima porque nos costó bastante desatascar uno a uno cada vehiculo. Fueron saliendo de la zona mala, unos volviendo hacia atrás, hacia la carretera y otros hacia nosotros, que estábamos mas al oeste. Cuando empezaron a aparecer las estrellas y a oscurecerse el mar de arena decidimos dar por terminada la jornada y pasar la noche allí. No tenia sentido seguir hasta cabo Tafarit de noche y no ver aquel paisaje espectacular. “Mañana será otro día”, nos dijimos. Y plantamos nuestro campamento allí mismo. Hacia viento y frío, pero hubo tiendas de campaña, fabada Litoral ¡y hasta una queimada invocando a las lejanas meigas del norte!.

( sigue... )


EL DIA 6 DE AGOSTO EN LA FRONTERA DE MARRUECOS CON MAURITANIA.


ENTRANDO AL PARQUE NAC.DEL BANCO DE ARGUIN, MAURITANIA.


EN EL PARQUE NAC.DEL BANCO DE ARGUIN, MAURITANIA.


EN EL PARQUE NAC.DEL BANCO DE ARGUIN, MAURITANIA.


EN EL PARQUE NAC.DEL BANCO DE ARGUIN, MAURITANIA.

 

    Par.Nac. Banco de Arguin, 8 de agosto. Octavo dia:

        Amaneció de repente, en unos pocos minutos, y en cuanto el sol empezó a despuntar la llanura se inundó de luz. En aquel campamento de fortuna levantado improvisada y rápidamente anoche, cuando todos estábamos cansados, cada uno se levantó a su ritmo hoy. Nadie crea que este era unitario, uniforme; allí no había ni orden ni concierto, cada cual iba según su inspiración del momento. Pero todos nos pusimos en marcha pronto porque sabíamos que teníamos un “Control de Paso” a las nueve de la mañana en cabo Tafarit, cincuenta kilómetros de desierto mas allá, y había ganas de recuperar el ritmo perdido con los atascos de anoche.

Rodamos por una llanura inmensa desplegándonos sin temor a lanzarnos a toda velocidad. Íbamos a unos metros los unos de los otros alejándonos y aproximándonos; ¡aquello era una carga del “Séptimo de Caballería” a la conquista del horizonte!. Gozábamos de espacio y libertad. Hasta que volvimos a concentrarnos deteniéndonos todos en lo alto de una leve loma al cabo de un rato. Al disiparse el polvo vimos que faltaba la moto de Julio. Me enteré que la Suzuki “Storm” había tenido problemas de tracción unos kilómetros mas atrás, llevaba un neumático mixto, que su rueda trasera se hundía en la arena escarbando al acelerar y que Julio había decidido darse la vuelta. La verdad es que me encontré con esa decisión tomada como hecho consumado acontecido varios kilómetros mas atrás, pero me sonó raro; “¿Vamos a dejar a Julio allí para que se dé la vuelta y regrese a la carretera solo?”, me pregunte a mi mismo. No me gustó, la verdad. Pero pensé que íbamos a volver por el mismo camino dentro de tres horas, luego, y que le reencontraríamos allí si tenia algún problema. Acabábamos de dejar unas huellas muy bien marcadas, frescas, que serian fáciles de seguir para cualquiera de nosotros...

¡Gran error!: Por muchos viajes transaharianos que uno hubiera hecho, y yo debo haber realizado mas de doscientos ya, siempre era poco. “Nadie ha aprendido lo suficiente ya, aquí”, pensé para mi, luego. Pequeños errores que serian anodinos en cualquier otra parte se tornaban tremendos en el Sahara. ¡Que poco había entre el descuido y la tragedia en aquel desierto!. “Al Sahara hay que temerle como a un Dios porque era todopoderoso”. Y fue mi error, mi responsabilidad, porque yo era el único del grupo que sabia donde estábamos, qué hacíamos y como. Y no debí haber dejado a Julio solo. Debí olvidar las prisas y dar la vuelta para buscarle acordando quien le acompañaría, luego. Pero los errores eran fáciles y las confianzas se pagaban caro en el Sahara. ¿Qué le ocurrió?; fue una mala experiencia: Al darse la vuelta en solitario decidió extremar las precauciones e ir mas despacio. La moto no andaba bien por el “rag”, aquella pista de tierra, gravilla y arena, y se hundía. Avanzó a duras penas, malamente, “remando” con los dos pies y empujando la moto. Pero la rueda escarbaba en el suelo, se hundía y no avanzaba. La mañana si, el sol subía y pegaba con mas fuerza cada vez reblandeciendo la arena al evaporar la humedad nocturna. En un momento dado la rueda se hundió definitivamente y la moto se quedó clavada, finalmente. Julio sabia que la carretera estaba a unos kilómetros mas al este así que decidió ir a pié hasta el asfalto para pedir ayuda. La dejó allí, se puso a andar y tardo mas de una hora en llegar, ero era un hombre joven, fuerte y en buena forma física. Paró a un taxi ínter comunitario en la carretera, uno de los típicos Renault “21” familiares que se usaban para el transporte publico interurbano entre Nouadhibou y Nouakchott, y le pidió ayuda. Pero el taxista no podía hacer otra cosa que trasladarle hasta la gasolinera mas cercana, la de Chami, a unos veinte kilómetros mas al sur. En Chami contrató los servicios de un viejo Land Rover de tres paisanos mauritanos que habían parado a descansar, volvió a recuperar la moto y se la llevó de regreso al asfalto. Gracias a Dios la aventura termino bien. Únicamente quedó en su memoria el mal trago sufrido por la inevitable angustia del percance, el calentón del medio día y el disgusto de que, cuando estaba en la cuneta de la carretera, vio pasar a dos vehículos españoles, que no participaban en nuestro “VII RAID A BURKINA”, ¡y no quisieron detenerse a ayudarle!: Por lo visto se los encontró detenidos en la gasolinera de Chami luego y se lo reprochó convenientemente...

Ojos que no ven corazón que no siente”, como nosotros no sabíamos lo que se estaba cociendo a nuestras espaldas seguimos rumbo a cabo Tafarit “tranquilamente”. Lo de “tranquilamente” era relativo porque, siendo verdad que por allí podía ir casi cualquier vehiculo minimamente equipado de ruedas apropiadas y poco peso encima, atravesamos medio centenar de kilómetros de puro desierto. Las trazas que había no eran una pista exactamente hablando sino que seguíamos una dirección rodando en paralelo a una falla del terreno, un terraplén de tierra corriendo a nuestra izquierda. En aquel “rag”, una llanura de gravilla por la que era fácil circular, había pequeños charcos de arena que superábamos con cuidado pero sin aminorar mucho la marcha para que no nos engancharan. Cuando había alguno mas grande que los demás, de unos cincuenta metros, lo contornábamos, sencillamente. En uno muy largo, que tal vez llegaba a los ochenta metros, estuve a punto de atrancarme; al final salí por los pelos, ¡y estoy seguro que a cualquier otro coche con menos motor que el mío, un dos mil quinientos diesel con poderosos “bajos”, le hubiera tocado echar mano de la pala y las planchas allí...!.

Tras una hora rodando pudimos divisar en el horizonte la imponente peña blanca y amarilla del cabo Tafarit. Era el único accidente geográfico propiamente hablando en aquel terreno eminentemente horizontal. Debía tener unos cincuenta metros de altura y una gran antena culminándola en lo alto, no sé si de radio, teléfono o para los barcos. Cuando nos acercamos a la peña ya era las diez de la mañana. Gracias a Dios el amigo Jose Luís, que había llegado anoche y se había ocupado de abrir el “Control de Paso” a las nueve de esta mañana , no lo cerró hasta que nos vio llegar. “Fichamos”, lo cerró inmediatamente, arrancó y salió pitando rumbo sur acompañado por una docena de coches lanzándose con ganas a través de las preciosas pistas del Parque Nacional de Arguin, como ayer. Me dio la sensación de que semejaba a una de esas personas que tiene una necesidad fisiológica y ve que le han dejado libre el cuarto de baño… Igual que él, por allí se fueron corriendo los cuatro Toyotas del Equipo “África Track” (a) “los helicópteros”, los preciosos Nissan del Equipo “Cruz del Sur”, los viejos todo-terreno del Equipo “Toro Camper”, el Mitsubishi “racing” del “Blacksand Raid Team” y algunos 4x4 mas.

¡Y me costó mucho trabajo convencer a Jesús y Tomas para que no se fueran detrás de ellos acelerando en su viejo Dyane 6!. Les explique que los fáciles cincuenta kilómetros que habían hecho ayer para legar aquí no tenían nada que ver con los difíciles trescientos que había para seguir rumbo sur hasta Tioulit a través del Parque Arguin. ¡Pero estaban borrachos de ilusión, embriagados con esa sensación única de la que uno suele contagiarse en el desierto del Sahara y que podríamos llamar “libertad”!: Querían seguir desfrutando recorriendo el desierto al volante del Citroën conduciendo por donde les parecía bien en cada momento, eligiendo la trazada, superando pequeñas dificultades triunfalmente, descubriendo nuevos panoramas a cada instante, disfrutando del color cambiante del terreno divisado tras cada loma o cada duna, a cada hora diferente, enfilando a toda velocidad los senderos entre dunas sintiendo flotar su vehiculo mientras se abrían paso entre unas y otras, esquivándolas, jugando con ellas… ¡Aquello le gustaba a cualquiera!. ¡Era magnifico!. Y a mi me tocó quitárselo de la cabeza: ¿Cómo recomendar a alguien que evitara una cosa que yo mismo ardía en deseos de hacer?.

Lo hice mostrándoles crudamente la dura realidad de las dificultades que se iban a encontrar. Eran muchas y su aventura rumbo a Burkina Faso podría terminar allí, para su desgracia. Les expliqué que deberían salir del cabo Tafarit en dirección este oblicuamente a la costa hasta alejarse lo suficiente del mar, primero. Recorrer unos cuarenta kilómetros de pista de tierra dura hasta las proximidades de Iwik después no equivocándose en el cruce que había allí para poder seguir rumbo sur correctamente. A continuación recorrer otros cuarenta kilómetros de pista con “charcos” de arena hasta las dunas del Azzefal; allí empezaba lo mas difícil, superar tres cordones de dunas de arena bajos pero muy largos durante otros ochenta kilómetros. ¡Tal vez su Citroën, que ayer dio pruebas de rodar bien por el “rag”, no tuviera motor suficiente para rodar por el “erg”, zona de dunas y arena blanda…!. Si fuese así podrían tener un grave problema, perder el coche incluso, porque la zona era muy larga y solamente un camión todo-terreno querría remolcarles para salir. Y los camiones 4x4 que solían pasar antiguamente comprando pescado entre Tafarit e Iwik ya no se metían por allí ahora prefiriendo la nueva carretera asfaltada. Tras superar las dunas del Azzefal llegarían a Nouamghar atravesando la bahía de Saint Michel, fácil, unos ochenta kilómetros… ¡Pero en Nouamghar debían meterse en la playa y recorrer algo mas de setenta kilómetros hasta Tioulit!. En esta había que tener un máximo de cuidado y rodar con la marea baja. Ello no debía suponer ningún problema, teóricamente… ¡pero yo había visto coches hundidos hasta los ejes aunque fuera marea baja porque se habían detenido sobre algún agujero involuntariamente, o porque se habían enredado con alguna vieja soga marinera o una red abandonada, o por haber roto una rueda al tropezar con el casco de alguna tortuga muerta, o los huesos de un delfín putrefacto…!. Había mil posibilidades imprevisibles, todas avocando a quedarse sin su coche porque la marea subía al cabo de seis horas indefectiblemente llevándose todo lo que encontraba en la playa. Para terminar la aventura les explique que los vehículos sin tracción total, los viejos turismos como el suyo o el mío, habitualmente necesitaban ayuda para salir de la zona de arena dura mojada hasta la zona seca de la costa saltando sobre los diez y veinte metros muy difíciles de arena blanda de la playa. Finalmente quedaron convencidos, nos dimos un baño juntos y regresamos a la carretera por el mismo camino fácil de ayer.

Hubo algún atasco del SEAT “Córdoba” de Pepe, que perdió todo el parachoques posterior. También pudimos ver las huellas de los compañeros del Equipo “The Drink Team”, que se habían salido de la dirección correcta y habían “cortado” a través de una difícil zona de dunas. Pero pudimos llegar a la carretera y a la gasolinera de Achami tranquilamente, al final, a medio día.

Teníamos un “Control de Paso” a las nueve de la noche en el Restaurante “Pizza Lina” de Nouakchott, y todos queríamos llegar con tiempo para coger la habitación del hotel, lavarnos y cambiarnos antes de cenar. A eso de las cinco de la tarde yo me instalé en el modesto dos estrellas “EL AMANE”, sencillo pero suficientemente limpio para mi, me cambié y me marche a una gasolinera a limpiar mi coche de la arena del desierto, también; a partir de allí enfilábamos la carretera de “La Ruta de La Esperanza” por el Sahel verde, húmedo y frondoso, pensé, y podíamos dar por acabada nuestra relación con aquella arena empeñada en meterse por todos nuestros sitios ensuciándonoslo absolutamente todo. Estaba sentado en la Estación que había junto al Estadio Olímpico, cerca del restaurante “Pizza Lina”, esperando a que me lo terminaran de secar cuando… “¡¡¡Boouummm!!!”; se produjo una explosión tremenda y una columna de humo blanco levantándose a unos quinientos metros de mí en dirección a la Embajada de Francia, allí cerca. Inmediatamente vi gente corriendo en esa dirección primero, y coches de Policía con las sirenas aullando después, detrás. Todos estiramos el cuello a ver si podíamos ver lo que pasaba desde la gasolinera. Se empezaron a oír chillidos entre las sirenas de policía y de Ambulancias. Al cabo de unos minutos las carreras fueron en sentido contrario, la gente delante y los policías detrás dispersándolos con botes de gas lacrimógeno. Entonces en Jefe de la Estación hizo unas llamadas por teléfono para enterarse, y me dio la noticia; “¡Ha habido un atentado suicida en la puerta de la Embajada de Francia: Solamente ha muerto el suicida que ha hecho explotar los explosivos adosados, “al hamdoul al Ala y” !”, me contó mientras tiraba su esterilla de oración al suelo y se arrodillaba para rezar.

Fue el momento en el que les dije a los limpiadores que recogieran todo dentro del coche, pagué, arranqué y me fui a toda velocidad al hotel Mercure “Marhaba”, donde teníamos a muchos compañeros alojados y donde habíamos quedado para salir rumbo este a la mañana siguiente. Se empezaban a desplegar muchos coches de Policía, Gendarmería y Ejercito por las calles, y se veían cada vez menos transeúntes. Llamé por teléfono a todos los participantes que pude encontrar desde la Recepción, les conté lo que había pasado, les propuse que llamaran a sus casas para tranquilizarles, y les insistí en que debían estar en el “Control de Paso” nº 18 a las 10.00 de la mañana hora española del día siguiente puntualmente para salir de allí todos juntos en “caravana neutralizada” escoltados por la Policía por la “Ruta de La Esperanza” hacia la frontera de la Republica de Malí.

Muchos me preguntaron si yo iba a salir a cenar al “Pizza Lina” como previsto, y les contesté que si; me imaginé que habría gente ilocalizable en esos momentos y que, tal vez, estuvieran en el restaurante como estaba previsto inicialmente. Después volví a saltar a mi viejo Peugeot y salí corriendo hacia el Cuartel de la Policía, al Departamento de “Seguridad del Estado”, que eran con los que yo había contactado previamente desde España a través de una Agencia de Viajes en el mes de junio para pedirles que se ocupasen de organizarnos una escolta de seguridad en nuestro transito por su “Ruta de La Esperanza”; lo había hecho así porque el Cónsul de España en Nouadhibou nos había advertido de la inestabilidad social del país en esos momentos de nuestro viaje a través de un “foro” de aficionados al 4x4 de Toyota… Anochecía. Cuando llegué al cuartel tardaron mas de una hora en localizar al Responsable de nuestro asunto, pero me dieron su numero del teléfono portátil finalmente. Hablé con él; no estaba en el Cuartel en esos momentos pero me aseguró que él estaría en el hotel Mercure “Marhaba” mañana por la mañana a la hora prevista. Me insistió en que él estaría allí con un “reten” para acompañarnos.

Se presentaron unos cuarenta compañeros en el restaurante a la hora prevista, y la verdad es que cenamos bien. En un momento dado, a mitad de cena, salí a estirar las piernas y vi un Toyota de la Policía apostado en frente con cuatro Agentes descansando relajadamente alrededor “kalashnikov” en bandolera. Como es habitual en África, el “cliente” debía tener en cuenta los esfuerzos de los Agentes, y les envié dos pizzas y una botella de agua mineral con el camarero; “C’est l’Afrique” y allí las cosas se hacían así...

Después, esa noche, en los tres o cuatro hoteles de diferentes categorías por los que nos habíamos repartido todos los aproximadamente ciento cincuenta participantes del “VII RAID TURISTICO A BURKINA” en la ciudad se apostaron vehículos de la Policía también. Eran unos Toyota Land Cruiser “cabina-caja” blancos en cuyas puertas negras se leía en grandes letras la palabra POLICIA. En el mío, en el hotel “El Amane” había dos porque había otro establecimiento mas sencillo enfrente en el que se habían instalado los catalanes del Equipo “AL ATAQUER”. No sé como les fue a los compañeros, pero la verdad es que yo dormí tranquilamente.

( sigue... )


LLEGANDO AL "CAMPEMENT" DEL CABO TAFARIT, MAURITANIA.


AMANECE EN EL "CAMPEMENT" DEL CABO TAFARIT, EN EL PARQUE ARGUIN, MAURITANIA.


POR LAS PISTAS DEL PARQUE EN RUTA HACIA NOUAKCHOTT, MAURITANIA.


POR LAS PISTAS DEL PARQUE EN RUTA HACIA NOUAKCHOTT, MAURITANIA.


POR LAS PISTAS DEL PARQUE EN RUTA HACIA NOUAKCHOTT, MAURITANIA.


EN EL PARQUE EN RUTA HACIA NOUAKCHOTT, MAURITANIA.


EN EL PARQUE EN RUTA HACIA NOUAKCHOTT, MAURITANIA.


LA PLAYA EN RUTA HACIA NOUAKCHOTT, MAURITANIA.


VENDIENDO PULPO LA PLAYA DE NOUAKCHOTT, MAURITANIA.


LA PLAYA EN RUTA HACIA NOUAKCHOTT, MAURITANIA.


NOUAKCHOTT, MAURITANIA.


NOUAKCHOTT, MAURITANIA.

 

    Nouakchott, 9 de agosto. Noveno dia:

        En cuanto me levanté, lo primero que hice fue bajar a la calle. Quería ver si los policías habían pasado la noche enfrente, si seguían allí todavía… Estaba amaneciendo, la calle inusitadamente tranquila, la temperatura fresca y el Toyota blanco con las puertas negras rotuladas con el cartel de POLICIA apostado frente al hotel. En cuanto me acerqué aparecieron cuatro policías de cuatro esquinas diferentes. Eran delgados, no muy altos, enjutos y secos, vestían un espeso y basto uniforme caqui, se cubrían por una gorra de plato dominada por un escudo y llevaban una pistola al cinto que les quedaba grande. También cargaban al hombro viejos fusiles ametralladores AK-47. Eran autenticos hombres del desierto. Sentí una sensación rara por lo irracional de la situación: Aquellos señores estaban en su sitio, en el desierto del Sahara; la que estaba mal ubicada era la ciudad, invadiendo su territorio…

Justo antes de las diez de la mañana, hora española, la puerta del otro hotel, el mas lujoso htl. 4* “Marhaba”, era una cosa completamente diferente: Allí nos habíamos juntado los cuarenta vehículos sobrevivientes en el RAID, y habíamos colapsado la calle. Porque al mismo tiempo que los compañeros se acercaban a saludar, a apuntarse en el “Control de Paso” improvisado sobre el capot de mi Peugeot, a hacerse fotos junto al cartel, a desayunar en la terraza o a recolocar otra ultima vez definitiva los equipajes en el maletero de sus coches, un enjambre de vendedores de artesanía, vociferantes taxistas ofreciéndose, niños curioseando extasiados y pidiendo “cadeaux”, vendedores de bebidas y otras cosas, estorbaban a los coches que querían pasar por la calle ralentizando para mirarnos y a los policías que intentaban poner orden en todo aquel desbarajuste a golpe de silbato.

Arrancamos a las 10.00 h. Yo iba delante de la larguisima fila de coches. Éramos tantos que me fue imposible controlar quien se quedaba atrás o no mientras callejeaba camino de la salida de la ciudad y la “Ruta de La Esperanza”. Así que lo único que pude hacer fue ir despacio. Salimos de la aglomeración urbana y reencontramos el desierto suspirando de alivio. Inmediatamente y sin lugar para arrabales… ¡nos encontramos en medio de un mar de dunas de arena!. Fue de repente. Era el “erg” de Trarza, que debíamos atravesar circulando por un delgado hilo de asfalto de unos 160 kilómetros. Así empezaban los primeros de “La Ruta de La Esperanza”, construida en los años 80 para intentar llegar con mas facilidad a los territorios interiores del este y a la frontera de Malí.

Fuimos subiendo y bajando dunas de unos cincuenta metros de alto continuamente a través del “erg”. Vistas panorámicas maravillosas se sucedían entre peligrosos cambios de rasante en lo alto de cada cordón, cada uno o dos kilómetros. Abajo, en las vaguadas, solía haber poblados de casas de adobe y grandes jaimas de lona blanca estirándose en las cunetas de la carretera. Los animales estaban por todas partes, ¡incluido sobre nuestro asfalto!, paciendo tranquilamente en las leves pelusas verde que las lluvias del verano estaban haciendo crecer sobre la arena. Había camellos, burritos grises, cabras, muchos cebús de lustrosas jorobas bien rellenas y atontadas ovejas que no se asustaban a nuestro paso. A medida que íbamos recorriendo kilómetros rumbo sur-este, subiendo y bajando dunas como en un Parque de Atracciones, las ligeras hierbecillas iban espesando. Llegamos a unas cada vez mas tupidas praderas de color esmeralda muy brillante. Se notaba que era hierba joven, recién crecida. Había animales por todas partes devorándola con frenesí.

Era poco mas tarde de media mañana cuando, al superar uno mas de aquellos altos cambios de rasante, apareció por sorpresa el bonito oasis de Boutilimit: ¡A mi me pareció bonito, por lo menos, aunque debo reconocer que era una aglomeración de miserables chozas de adobe mal ordenadas entre una maraña de sucios callejones!. Pero el color que guardaba era sublime, con unas policromías que iban desde el claro al oscuro pasando por toda una serie de tonos pastel aproximadamente marrones, amarillos y naranjas. Arriba de la duna, antes de bajar para entrar en la ciudad y dominando el panorama, había un Control de la Gendarmería: Era como en las películas del Oeste; el “sheriff” los ponía a la entrada y salida de “su” pueblo para saber quien había dentro…

En cuanto bajé al oasis y paré delante del htl. 1* “Complexe Touristique”, muy básico pero el único sitio para detenerse tranquilamente a comer, dos vehículos de la Gendarmería local se me pusieron enfrente. Se bajó un cabo alto, rechoncho y sonriente con un uniforme que le apretaba ostensiblemente por todos lado, y me vino a saludar con un listado apuntado en una fotocopia. Para mi sorpresa me preguntó por dos vehículos concretos; el Santa Fe de Jordi y Rosa, y la moto BMW de Nacho. Me afirmó muy serio: "Estos no estan entre los presentes", como reprochándomelo. Agradecido, yo le respondí: "No se preocupe, ambos se han quedado en Nouakchott; uno con una avería en el embrague y el otro con un problema de salud leve. Muchas gracias".

Por la tarde, después de comer, hacia un calor espectacular. El sol del Sahara nos quería pisar la cabeza como a cucarachas. Nos defendimos montando en los coches y poniendo el aire acondicionado a tope. Medio centenar de kilómetros mas allá nos bajamos de los toboganes de las dunas y desembocamos en una inmensa llanura completamente pelada. Era un “rag”, una inacabable planicie gris oscura y violeta sembrada de piedras. El horizonte reverberaba con el calor. La carretera circulaba horizontal, recta y larga. Primero al frente y luego por la izquierda aparecieron unas altísimas mesetas de rocas marrones, naranjas y violetas cayendo a pico desde lo alto de sus cumbres planas. Rodamos durante un par de horas a buen ritmo, a mas de ciento veinte, solo interrumpido de vez en cuando por vadeos de vaguadas secas que había que salvar frenando contundentemente; ¡si no lo hacías, volabas unos metros y clavabas el morro contra la pendiente ascendente de la otra orilla!. Había algunas bastante pronunciadas, otras escondían la sorpresa de profundos baches, el asfalto roto, o montones de arena, tierra y piedras en lo profundo de sus vientres.

Cuando el sol empezó a bajar, al atardecer, noté que la carretera se acercaba mucho a las laderas altas y muy verticales de las colinas que íbamos viendo continuamente a izquierdas. En un momento dado las enfilamos directamente y, entre dos paredes, apareció un valle que corneaba el paisaje entrando a matarlo contundentemente. En la brecha surgió un palmeral de hojas verdes oscuras y espesas como la sangre. Era el paso de Djouk. Contra todo pronostico dentro hacia mucho calor a pesar de la sombra. ¡Era un horno!. Pero bonito, así que nos decidimos a parar allí para pasar la noche. Sacamos las tiendas de campaña, las latas y las linternas, y montamos el campamento.

Al poco de estar allí parados apareció un Gendarme andando tranquilamente. ¡Venia sin fusil ni radio ni nada!. Venia con las manos en los bolsillos. Entendí que debía haber llegado en taxi desde el ultimo pueblo. Se acercó, pregunto quien hablaba francés, se dirigió a mi y me dijo: “Ustedes no se preocupen por nada. Aquí están seguros. Pueden pasar la noche perfectamente. Yo mismo me voy a quedar aquí vigilando toooda la noche”. La verdad es que me quedé mucho mas intranquilo que antes…

A media noche la luna se nubló tras espesos nubarrones negros. Me desperté inquieto asustado por el silencio absoluto bajo el que quedó cubierto el paso de Djouk. Estaba desorientado. Me levanté, fui “al servicio”, miré lo que pasaba… ¡y solo tuve unos segundos para recoger la cama de camping, el saco de dormir y la maleta, meterlo todo dentro del coche corriendo, entrar yo mismo reclinando el respaldo del asiento, y cerrar la puerta!. En esos escasos segundos una nube de polvo movida por una ola de aire espeso se nos vino encima a todos. Calló desde lo alto del paso como una riada. El aire venia cargado con arena, hojas de acacias y palmeras, ramas de rastrojos y pequeñas piedras, incluso. Era una tormenta de arena, una ola de lluvia llegada desde el Golfo de Guinea, desde el sur-este, con una violencia sin igual en la naturaleza. Venia empujada por una bolsa de aire caliente que la apretaba contra el suelo desde lo mas alto de la atmósfera. Aquel fenómeno seguía avanzando por el Sahel con toda la furia de los cuatro jinetes del Apocalipsis rumbo norte a pesar de haber recorrido ya unos dos mil kilómetros. Nos pasó por encima pisoteándonos despiadadamente, dejando nuestro campamento de tiendas de campaña destrozado. Cuando cesó, a los pocos minutos, bajé la ventanilla y vi que todo estaba arrancado, esparcido por el palmeral. Pero enseguida empezó a llover, así que cerré la ventana, me recliné en el asiento, ajusté el almohadón y cerré los ojos con fuerza: “No quiero saber nada. Que sea lo que Dios quiera. Estoy cansado. Mañana será otro día…”. Y seguí durmiendo.

( sigue... )


"CONTROL DE PASO" EN EL HTL. "MARHABA" DE NOUAKCHOTT, MAURITANIA.


RUMBO AL ESTE, CARRETERA HACIA EL INTERIOR, EN "LA RUTA DE LA ESPERANZA", MAURITANIA.


EN "LA RUTA DE LA ESPERANZA", MAURITANIA.


EN "LA RUTA DE LA ESPERANZA", MAURITANIA.


EN "LA RUTA DE LA ESPERANZA", MAURITANIA.


EN "LA RUTA DE LA ESPERANZA", MAURITANIA.


EN "LA RUTA DE LA ESPERANZA", MAURITANIA.


EN "LA RUTA DE LA ESPERANZA", MAURITANIA.


PERNOCTANDO EN EL PASO DE DJOUK, EN "LA RUTA DE LA ESPERANZA", MAURITANIA.


PERNOCTANDO EN EL PASO DE DJOUK, EN "LA RUTA DE LA ESPERANZA", MAURITANIA.

 

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